15 de junio de 1892 - 11 de febrero de 1937

San Agustín dice que para conocer a una persona, no basta con preguntarle qué es lo que piensa, sino más bien, por aquello que ama. En efecto, las acciones que realiza el ser humano son motivadas por el amor que le genera hacerlas. Sin embargo, no en todos los casos, el amor es el que rige la conducta y convicciones del hombre, pues ¿qué hay con aquellos que trabajan no por amor, sino por la remuneración económica que reciben aunque el trabajo sea indigno y, muchas de las veces, inhumano? ¿Qué se puede decir de quienes se encuentran sometidos, sobre todo mujeres, a la prostitución; familias esclavizadas; niños reclutados para la guerra o el narcotráfico; o bien, jóvenes condicionados y manipulados en su conciencia por la tendencia cultural? Aunque ninguna condición, personal o social, determina las decisiones de la persona humana, es evidente que éstas se ven condicionadas por dicha realidad.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver esta elemental introducción con el santo chihuahuense, San Pedro Maldonado? Hay tres elementos en el párrafo introductorio que vale la pena resaltar y vincularlos a la vida del santo: amor, condición y libertad.

Desde el martirio del Padre Maldonado se ha visto oportuno, sobre todo por iniciativa de los fieles, dar a conocer semejante testimonio. Según la época en que se vive se hace uso de elementos que suscitan el conocimiento de la vida del Padre. Sin embargo, dicho conocimiento se limita a la lectura de algún tríptico que narra su biografía, ver algún documental en Youtube, buscar fotos, contemplar las reliquias, e ir a lugares como Santa Isabel, San Francisco de Borja, el Cañón de Namúrachi, y encontrar alguna persona mayor que dice haber conocido al Padre en persona. Estos elementos, por mencionar sólo algunos, hacen pensar que se conoce realmente a Maldonado.

Retomando la afirmación de San Agustín, ¿qué amó el santo para que su vida tuviera como culmen el martirio? Aunque es importante, no basta con tener expuestas sus reliquias, rezarle la novena, conocer al pie de la letra los datos de su nacimiento, fecha de ordenación, y demás números biográficos. Todo eso sólo adquiere sentido cuando en oración se pregunta al mismo Maldonado, no lo que hizo, sino por Quién lo hizo. Y no sólo por Quién, sino maravillarse y contemplar la magnitud del amor que emanaba de su persona hacia esa Persona.

No le preguntes lo que piensa o lo que hace, sino lo que ama; así entenderás el por qué de sus acciones. ¿A quién amaste, Pedro Maldonado, que el sufrimiento y la persecución que caracterizó tu vida parecían no perturbar tu trabajo y tu persona? La respuesta es evidente: Jesús de Nazaret. Y de tal manera lo amó, que quien veía al santo, veía la santidad de Jesucristo.

Segundo elemento: las condiciones. El ser humano por naturaleza es un ser en relación. En la medida en       que se relaciona adquiere identidad y perfección. No solo relaciones entre iguales, sino con su entorno en general. Si bien es cierto que ninguna relación lo determina, pero sí lo condiciona.

El Padre Maldonado no estuvo exento de esta particularidad, sobre todo en referencia a la realidad socio-política que limitaba casi en su totalidad el desempeño de su ministerio sacerdotal. Condicionado, pero nunca determinado; condicionado, pero jamás esclavizado. Ante esta postura del padre, no veo otra imagen sacerdotal que la de Jesucristo ante Herodes, cuando algunos fariseos le advirtieron que éste quería asesinarlo: “Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso demonios y realizo curaciones…” (Lc 13, 32). Maldonado y Jesucristo son personas libres, motivadas por amor. Incluso existe cierta polémica por su aparente desobediencia a la jerarquía eclesial. Así son los santos, así es Jesucristo: incomprendidos por su visión profética.

El tercer elemento es la libertad. Hay fotografías sobre el Padre Maldonado cuando agonizaba en el hospital, evidentemente triturado a golpes. Es la misma imagen de Jesús en la Cruz. Ambos humillados de manera injusta por sus verdugos, expuestos como criminales y rebeldes ante quien tenía el poder terrenal. ¿Fracasaron? No. Ambos salieron victoriosos, pues su vida no les fue arrebatada. Más bien, en la libertad, fue entregada.

Cada acción, por el contexto en el que la llevaron a cabo, era una firma al martirio evidente que les esperaba. Eran conscientes de las posibles consecuencias que su estilo de vida traería consigo. Uno crucificado, otro en la cama de un hospital, ¿qué ves en ellos? Yo miro libertad. Vivieron como hombres libres.

La fe cristiana nos anima a creer en la vida eterna, creemos que Jesús de Nazaret es el Mesías. Por lo tanto, San Pedro Maldonado sigue “desobedeciendo” a quienes pretenden, mediante la imposición, crear y fomentar en las conciencias un mundo sin esperanza ni sentido de trascendencia. Desobedece a quienes tienen como criterio de vida el dinero y el deseo de poder enfermizo. A aquellos que como en su época, pretender limitar la expansión del Evangelio.

Que su testimonio sea motivo de reflexión y de santidad. ¡Hagan lío! Dice el Papa Francisco a los jóvenes. Pero no un lío ingenuo y sin rumbo. Un lío como el de Jesucristo y Maldonado, que tenía fundamento en el amor desinteresado, que tenía como prioridad a los marginados. Esa es la santidad de Jesucristo a la cual está llamada la Iglesia.

Alan Barrio

Teología II

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