HACE casi nueve meses, el 18 de diciembre de 2015, el Vaticano hizo el anuncio oficial sobre la canonización de una mujer que nos sigue hablando. Cerrando magistralmente las puertas de un siglo que no pocos habían augurado, en sus inicios, como el siglo de la descreencia, y además abriendo, con todo vigor,  las ventanas del tercer milenio, esta religiosa excepcional cerró los ojos para que nosotros los abriéramos. Hoy quiero hablar de ese extraordinario corazón. Deseo hacerlo, precisamente, con los ojos bien abiertos. Sobre todo, como pienso que a ella le hubiera gustado aún más, anhelo hacerlo con otros ojos, y  todavía más abiertos: los ojos del alma.

Si nuestros viejos calendarios han registrado el 5 de septiembre de 1997 como la fecha en que su espíritu dejó el mundo, hoy podemos asegurarle a los nuevos, sin temor alguno a la exageración, que su presencia nunca se había sentido tan viva. De hecho, tan viva se siente, que estos ojos del alma empiezan a entenderlo: no sólo quiero aprovechar este espacio para hablar de ella. ¿Qué tantopodría yo realmente agregar sobre la fascinante bondad de una religiosa que seguramente muchos, muchos que la conocieron de cerca, muchos que estuvieron a su lado en los momentos más críticos o inolvidables, muchos con un largo camino siguiéndole las huellas, podrían relatar con mayor agudeza, autoridad y profundidad? La respuesta está clara. Y, sin embargo, la tarea de ninguna forma sale sobrando o resulta inútil, pues más claro aún nos queda para qué primordialmente nos sirve, entonces, este espacio. Nos sirve para escucharla.

Hoy quiero invitarte a eso, apreciado lector: no a que me escuches a mí, sino a que la escuchemos juntos, la escuchemos a ella, a aquella misma que si voz tiene para presentarnos el 04 de septiembre de 2016 como el día en que subió a los altares, voz tiene para presentársenos nuevamente bajo tantos nombres. Se llama amiga de los pobres, amiga del corazón infatigablemente misericordioso, amiga de las más recónditas periferias, amiga de la incansable oración, amiga de Jesús, amiga que deseamos tú y yo,  amiga residente del Cielo o, como mejor le llamamos a la ciudadanía celestial aquí, en la Tierra, se llama santa. Se llama Santa Teresa de Calcuta.

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Creo que estamos de acuerdo. Sí que vale la pena, ¡sí que vale la vida!, escucharla.

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Nacida por vez primera como Agnes Gonxha Bojaxhiu, nuestra amiga conoció el mundo el 26 de agosto de 1910 en Macedonia. Nacida por vez segunda como Teresa, enhonor de Santa Teresa de Lisieux, la patrona de los misioneros, nuestra santa conoció su vocación en 1928 cuando ya, con tan sólo diecisiete años, se había unido a las Hermanas de Loreto. Y, finalmente, nacida por vez tercera como Madre Teresa de Calcuta, nuestra maravillosa monja descubrió su vocación definitiva, su “llamada dentro de la llamada”, como ella misma lo ha expresado, cuando enviada a Calcuta a enseñar en una escuela secundaria, fue testigo de primera mano de la extrema miseria que imperaba en la ciudad india. Sucedió lo inevitable: se dio cuenta que Dios le pedía más. A partir de ahí, como sucede con cualquier persona inundada de Jesucristo, nacería una y otra vez –esa especie de nuevo nacimiento que las hondas experiencias de Dios siempre nos brindan, moviéndonos la existencia entera-  en todos los enfermos, pobres y marginados de la sociedad en que volcó su persona. Los misterios de estos nacimientos, son los misterios de los designios divinos, de su gracia operante. La Santa Madre Teresa de Calcuta nos ha dado su primera gran lección: hacer caso a la voz de Dios nos hace campos fecundos, fuentes rebosantes de vida, para nosotros y para los demás.

Sus actos de tan amorosa y radical entrega nos hacen partícipes de una pregunta ineludible: ¿nos dejamos mover por Dios? Es una interrogante curiosa pues es realizada en nuestro aquí y ahora, un aquí y ahora distinguido, precisamente, porque como nunca antes en la historia, abunda el movimiento. Nuestra época es la época del trajín. No es ninguna novedad expresarlo: en cuanto a contenidos audiovisuales, usos de los dispositivos tecnológicos, comunicación e información, es indudable que los devenires y las fluctuaciones no dejan de verse.  ¡Y ojalá siguieran haciéndolo así! Ojalá siguieran, nos dicen los corazones que laten al ritmo del de la Madre Teresa, ojalá si al menos esos movimientos fueran en concordancia con los movimientos de Dios. Y la movida esencial, de Dios para el ser humano, no es otra que la misericordia; existir y moverse en Dios, es existir y moverse en la misericordia. No en vano el Papa Francisco ha decidido canonizar a nuestra Teresa en el Año que celebra este rasgo esencial del amoroso Padre que compartimos. Si alguna frase breve tuviéramos que dedicar a nuestro inabarcable Dios, decir que es un misterio de misericordia, decirlo con el corazón encendido, con el corazón en acción, bastaría para que fuéramos la sal de la tierra, la luz entre las gentes o, expresado en otras palabras, los Teresos de Calcuta, que su Palabra nos pide.

Por desgracia, lo sabemos, los movimientos que a nuestro mundo atrapan son,  más veces de las que nos gustaría, los movimientos del ruido. ¿Cómoserá ese ruido de fuerte si, siguiendo a C.S. Lewis al proclamar que “Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para despertar a un mundo sordo”, nos damos cuenta que ni ese megáfono, en reiteradas y significativas ocasiones, nos lleva al movimiento que gobierna en el corazón divino? La cátedra en caridad de la Madre Teresa desafía directa y fuertemente uno de los elementos más negativos de nuestra llamada cultura posmoderna: el imperio del hedonismo. Los engaños de nuestro mundo consumista, esos engaños que nos dicen cómo todo marcha bien, que quieren que no nos salgamos de un sistema donde las leyes las marca el mercado, adormecen la exigente pero maravillosa tarea de implicarnos genuinamente con nuestro prójimo, sobre todo con el que más lo necesita.  Escuchar a la Madre Teresa de Calcuta es, sobre todo, escuchar la preciosa sinfonía de la relacionalidad, ésa única que nos hace personas.

La Madre Teresa sabía del lenguaje en que habla Dios encarnado, conocía el idioma en que Cristo cantó su amor sublime a todos los hombres. La extraordinaria dedicación en su forma de amar, revelan la lengua en que era experta: la lengua del misticismo. Si en su tocaya -la grande, la de Ávila- hay escritos  que dejan manifiesto a todo el mundo la sensibilidad mística que la envolvía, lo que más deja manifiesta la poesía de nuestra Teresa de Calcuta está en sus manos, está en su actuar. Santa Teresa de Calcuta es la santa de los actos concretos, de la bondad puesta en acto. Al mundo de las grandes desigualdades sociales, de la inmovilidad que nos causan las comodidades individualistas, la Madre Teresa le imparte su segunda gran lección: el amor real, aquel que no teme a la incomodidad y se lanza con los brazos extendidos a la aventura de dejarnos tocar por los demás, es la solución absoluta y tajante para cortar, de raíz, las grandes soledades que amenazan la cabal integridad del hombre contemporáneo.

Yendo a las profundidades mismas de ese conjunto de soledades, la belleza en el infatigable quehacer de la Madre Teresa nos vuelve a colocar en el centro de numerosas preguntas. ¿Qué sentía la Madre ante el contacto con tanta miseria? ¿No sentía su alma, acaso, la tentación continua a dejarse desfallecer? ¿Cómo soporta un corazón tanto peso de sufrimiento?  ¿Cómo le era posible amar aún a aquellos que le parecían más antipáticos, repugnantes o descaradamente desagradecidos? ¿Cómo sobrevivir a tanto dolor con semblante animado y sereno? ¿Cómo continuar en un camino arduo que muy fácilmente podría sólo abandonarse? Si muchas son las interrogantes, pudiendo este listado alargarse inmensamente, la respuesta es, en cambio, una sola: de pies a cabeza, la Madre Teresa era una mística. Remitiéndonos al teólogo Karl Rahner cuando postulaba que el cristiano de nuestros días sería místico o no sería, con toda rotundez podemos declarar a la Madre Teresa de Calcuta como un fabuloso ejemplo de cristiana para nuestro tiempo. Habrá que expresarlo con contundencia: los críticos desafíos que nuestra actualidad nos muestra, sólo pueden responderse desde una espiritualidad honda y decididamente mística.

¡De qué forma tan admirable nos da imagen de esto, la Madre Teresa! La personamística, aquella que ha tenido la experiencia de saberse amada por Dios, ensancha a grado tal el cofre de su interior, que permite el acceso más sanador y edificante a todo tipo de personas. La oración y la Eucaristía,  parte esencial de la santa, tenían firmemente asentado aDios en lo más íntimo de sí, pese a las oscuridades con las que ella misma luchaba. A partir del famoso desierto espiritual que por décadas la asoló, la cualidad mística que condecora a nuestra santa, adquiere otro matiz: además de misticismo, su persona toda se envuelve en la heroicidad. Una tercera lección que la escucha atenta a la Madre Teresa nos proporciona, es tan sacudidora y  confrontante como la Cruz misma que nuestra religiosa ayudó a cargar a su Señor: la fidelidad inconmoviblemente comprometida con Dios, aquella que sobrepasa el límite de lamás prolongada y dolorosa sequedad,  aquella que implica una pasión férrea aún en medio de pertinaces neblinas y sobrecogedoras tinieblas, ésa y sólo ésa, es, al final, la realmente distintiva bandera del discípulo de Jesús.

El maridaje destructor que constituyen las tentaciones del pesimismo y la desolación, ese par de ruindad que de una u otra forma se presenta en toda vida es, en el caso de la Madre Teresa, vencido con ejemplaridad.  En la santa habita la fuerza de quien si en un punto específico nos demuestra cómo su ser estaba ya orientado todo a su Salvador, ese punto es su paso firme, la inquebrantable apertura en sumirar a la compasión. Sobre todo, lo es porque esta firmeza al caminar y esta apertura al mirar, se mantenían con luz en la densa negritud de un túnel que, según ella misma nos lo ha hecho saber por sus famosas cartas, recorrió durante cincuenta años.  La grandeza de nuestra Teresa ya no sólo es su adhesión a Dios-Misericordia, o su perpetuación del Dios- Encarnación, es su configuración misma con Aquel que desvanece cualquier objeción que pudiéramos poner al Amor que se da hasta el extremo: Dios-Crucifixión.

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Y así, nuestra santa nos conduce a la parte donde realmente he de callar.

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¡Qué fáciles y banales pueden ser las palabras en el acto donde el sacrificio por excelencia admite ya solo al silencio! Si los santos son los reflejos que nos llevan a luz mayor que en Jesús anida, el lugar donde ese reflejo se vuelve más potente es proporcional al lugar donde los límites del lenguaje más terminan tambaleándose. Ese lugar no es sino el silencio de la Cruz. ¡Y cómo lo conoció nuestra madre que, más allá de ayudar a los pobres, se hizo pobre a su lado! ¿Escuchamos más música en éste, su gran silencio? La orquesta de  inefabilidad que rodea a los encuentros y entregas cruciales que un ser humano tiene con Dios se escuchan mejor, a fin de cuentas, cuando los mismos oídos que embelesados se unen con su Creador, se traducen en actuante amor. ¿Escuchamos una preciosa melodía desde el centro de desierto en que se encontró la Madre Teresa? Hagamos el mayor homenaje, entonces, que podríamos hacerle a la santa cuyos ecos se dejan escuchar desde la eterna bienaventuranza: encarnar con más fuerza el ideal cristiano. Escuchar a la Madre Teresa es querer arroparse, descubriendo por fin lo único que nos salva en los fríos crudos de este lado del Cielo, de la cobija del Amor, ésa cobija tan infinita que nos lleva a cubrir a tantos otros que siguen tiritando.

Hoy quiero envolver mis deseos por expandir semejante cobija en el espacio que cabe entre mis dos manos; ese espacio en que se unen mis diez dedos, como se unen mis palabras en la confección de una plegaria. Hoy quiero invitarte a decirle a nuestra amiga de Calcuta que seguimos escuchándola. Hagámoslo mientras, allá en la Gloria Imperecedera, nos dirigimos a Aquel que fue siempre el aliento vital detrás de la respiración que mantenía viva a la venerable mujer –grandiosa y nuevamente, junto a la Grande y a la de Liseux- nombrada Teresa.

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Te pedimos, Jesús amigo, por intercesión de la Santa Madre Teresa de Calcuta, un corazón que sepa siempre estar atento a las necesidades de nuestros hermanos. Te pedimos tu Gracia para saber cargar tu Cruz, construyendo bajo tu nombre la Civilización del Amor, la Justicia y la Paz. Danos tu Santo Espíritu para que podamos, en todo momento, dejarnos interpelar por la escucha preciosa que habita en la santidad. Inflama, Señor, como lo hiciste con la venerable Madre Teresa, nuestra misericordia, nuestro abandono a ti. Amén.

Seminarista Pablo Aarón Martínez

 

 

 

 

 

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