El padre que jamás deja a sus hijos espirituales.

En alguna ocasión (mes de octubre para ser exactos), conocí a un sacerdote poco peculiar. Me parecía un tanto extraño. Era como el típico hombre sabio que aparece en las películas. Tenía estatura media, con su corporeidad un poco rechoncha; su cabello largo y blanco y un poco despeinado; sus barbas también blancas y largas que le cubrían el pecho. Lo encontré en una misa y no creí que fuera sacerdote, de hecho, mi primera impresión fue que era un vagabundo con sus ojos cerrados dentro de una Iglesia. Pero cuál fue mi sorpresa que al iniciar la misa, estaba ahí, concelebrando con otros padres, revestido con su alba y una estola blanca y larga hasta las rodillas que bien hacían juego con todo su aspecto.

Después, en otra ocasión, coincidimos en una comida y casualmente (digo casualmente pero en realidad busque acomodar todo con esa intención) estaba compartiendo los alimentos con él.

-Buenas tardes- le dije mientras me sentaba en la silla.

-Buenas tardes- contestó mientras se colocaba el pañuelo en sus piernas.

 

Sin más, al rato y después de unos cuantos bocados, nos encontrábamos platicando con un poco de dificultad por el ruido de la música, aparte de que su español no era muy claro ya que él era italiano. Hablábamos de muchas cosas. Y comenzó la gran historia:

-¿Usted ha escuchado hablar del padre Pio de Pietrelcina?... él también era italiano- pregunté esperando recibir un “no” por respuesta, pero después de un silencio abrumador, decidió contestar:

-Él es el culpable de que yo esté aquí-.

 

Fue tan sorprendente esa respuesta que aún recuerdo haberlo volteado a ver con los ojos más grandes que en mi vida había podido haber abierto. Y es que yo tenía tan poco tiempo de haberme encontrado por primera vez con el padre Pio, cuando al comprar el misal mensual de Septiembre venia en la portada y lo recorte admirado de verle con guantes y también el leer la reseña de su vida de oración y sacrificio. Y lo guarde en mi pequeño baúl de cosas de valor.

-Fui su monaguillo- platicó con una sonrisa pícara en su rostro y prosiguió.

 – Y, al terminar una misa me dijo: “si eres fiel a Dios, algún día serás sacerdote”, y desde ahí, jamás me dejó en paz. Ya joven cuando me ordené Diácono en la orden de San Benito, empecé a experimentar dudas en si en realidad esa era mi vocación o si solo había hecho caso a Padre Pio.  Y siguiendo con estas dudas, un día, mientras estaba en mi celda, me recliné en la cama apoyando la cabeza en la pared. De repente, en la oscuridad de la noche, vi a alguien atravesar la puerta de la celda y era  Padre Pio que se acercaba a mi (cabe señalar que padre pio ya había fallecido). Lo vi solo de la cintura para arriba y me reprendió: “necesitas ordenarte sacerdote para rescatar a todas esas ovejas que se encuentran perdidas como tú ahora”. En ese momento perdí cualquier duda y me ordene sacerdote. Padre Pio jamás abandona a sus hijos espirituales.- y la charla continuó.

 

Yo me quede con la boca abierta, sin poder decir siquiera una palabra. En verdad era cierto lo que había leído de este Fraile Capuchino: un hombre de profunda oración, tocado por la mano de Dios desde su infancia; un hombre que sufrió verdaderamente las heridas de Cristo en sus manos, pies, costado y hombro. Los dones como el de bilocación (estar en dos lugares a la vez), ser un padre de misericordia y muchos más.

Pero el trabajo más sorprendente, al menos para mí, y en el que me gustaría hacer más énfasis, fue en el de pasar (aproximadamente) 18 horas en el confesionario. El hecho de estar ahí sentado escuchandoel dolor, sufrimiento y, sobre todo, el arrepentimiento de los Cristianos, que como el Hijo Prodigo, reconociendo sus pecados, regresan a la casa del Padre para ser regenerados en su dignidad como personas y ante todo ser revestidos de la gracia de Dios. Ser un ministro de la misericordia de Dios y administrarla a los hermanos,sí que es algo sobrenatural.

He querido contar esta pequeña anécdota porque es Jesucristo el rostro de la Iglesia que ahora pide que sus Hijos vuelvan a ella. Y aunque su amor misericordioso se manifiesta constantemente, me parece espectacular la inspiración del Espíritu Santo para proclamar el “año de la Misericordia”. Un año en el que se pretende lograr llegar a Las periferias (en palabras del papa Francisco) más lejanas, llevando la misericordia de Dios, recordándole a las gentes que  siempre está latentey no es exclusiva de este año que se aproxima. Es importante reconocer la labor tan importante que tienen en ello los sacerdotes como administradores de esta misericordia, particularmente en el sacramento de la confesión.

Y qué mejor que para inaugurar este año de la misericordia, la presencia de tres Franciscos: el Papa francisco que proclama el año de la misericordia siguiendo el ejemplo de Jesus. El testimonio de Francisco de Asís, de donde se inspira el Papa para tomar su nombre como sucesor de Pedro,como el Santo que da ejemplo en la vida de misericordia sobre todo para con los más pobres, y la gran amistad que hace con Francesco Forgione (Padre Pio) a invitarlo para formar parte de su orden de frailes menores.

Aunado a esto, es de gran relevancia que el cuerpo de padre pio se encuentre presente en el vaticano. Un cuerpo incorrupto que habla por sí mismo de la santidad del hombre que entregó gran parte de su ministerio sacerdotal, a llevar una vida de esfuerzos para poder hacer palpable la misericordia de Dios con sus hermanos.

Bendito sea Dios por este gran acontecimiento en el que esperamos todos que el Señor siga fijando su rostro sobre nosotros, y que tal como lo dice la acción de gracias de Padre Pio después de comulgar, podamos decir con él: “¡Quédate, Señor, conmigo! A Ti solo busco: tu amor, tu gracia, tu voluntad, tu corazón, tu espíritu, porque te amo y no quiero otra recompensa que amar. Y que se puedan, así, seguir escribiendo historias como esta, que dan testimonio de que la misericordia de Dios está siempre cerca y no abandona.

Jesus Heber

Telogía III

 

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