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San Gregorio Magno, Papa, Doctor de la Iglesia (604 P.C)

La oportunidad de poder compartir un poco de la historia de un hombre que con su estrega y renuncia personal ha inspirado la vida de muchas personas que al igual que él han decidido optar por el servicio del único Maestro, que en su llamado, exige una entrega total por amor, me resulta un tanto emocionante y fuente de inspiración, que me llevan a continuar por este camino vocacional.

Gregorio, es un nombre de feliz memoria para todos los cristianos por ser un ejemplo de vida y perseverancia en el servicio a sus hermanos. Un llamado que quizá para muchos podría ser tardío, pero que sin duda alguna, ha dejado gran huella en la historia de nuestra Iglesia. Y que podemos ver en él, Papa y uno de los cuatro Padres de la Iglesia Latina.

San Gregorio, un hombre culto y lleno de energía, cumplía fiel y honrosamente un cargo civil de gran importancia dentro de la sociedad: el de prefecto de Roma, cargo con el cual ganó la estimación y respeto de los romanos. Desarrollando su aprecio por el orden en la administración de los negocios. Pero esto no le era suficiente pues hacia ya tiempo que sentía un llamado a una vocación superior, y dejándose guiar por el Espíritu decide dejarlo todo con sus mas de treinta años. Decide abandonarlo todo pues era uno de los hombres más ricos en Roma, y opta por recluirse en su casa del distrito de Clivius Scauri, convirtiéndola en monasterio bajo el patrocinio de San Andrés y poniéndola a cargo de un monje llamado Valentius, a quien Gregorio en sus escritos califica como el superior de mi monasterio, y de mí mismo.

Sin duda su ejemplo de abandono de si mismo y de humildad han enriquecido grandemente a la Iglesia demostrando que cuando la persona toma como opción vivir el Evangelio, grandes frutos brotan, frutos que quedan al servicio de los demás para ayudarlos a dirigir su mirada en un horizonte vertical, que resplandece fuertemente con la Luz de Cristo.

San Gregorio nos sigue enseñando a ser dóciles y generosos, pero sobre todo a estar siempre en oración, como lo hizo aquel día de la peste en Roma, pues mientras caían las personas muertas, el les animaba a cantar el Kyrie eleison, mientras con amor les hablaba y suplicaba que no dejaran de orar a Dios en ningún momento, logrando que la fe de la comunidad aumentara y de esa manera la plaga disminuyera hasta desaparecer.

Eduardo Ramirez

Filosofía III

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