“Pienso que a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha colocado en el último lugar, como condenados a muerte; somos un espectáculo divertido para el mundo, para los ángeles y para los hombres. Nosotros somos necios por seguir a Cristo, ustedes, sabios en Cristo. Nosotros somos débiles y ustedes fuertes. Ustedes son gente respetable y nosotros despreciados. Hasta el presente pasamos hambre, sed, frio; somos abofeteados y andamos errantes. Nos cansamos trabajando con nuestras manos. Si nos insultan, bendecimos; nos persiguen y lo soportamos todo. Nos calumnian y confortamos a los demás. Yo no somos sino la basura del mundo, el desecho de todos” (1 Cor 4, 9-13).

Amplias, numerosas y profundas son las reflexiones que pueden realizarse en torno a la persona de San Pablo. Sin embargo, a lo largo de estos párrafos se me gustaría exponer el “concepto” de Apóstol, desde la perspectiva del mismo San Pablo.

Es común que cuando se escucha la palabra “Apóstoles”, se haga una relación inmediata a nombres como Pedro, Juan, Santiago, Mateo, incluso Judas; personas que se sabe estuvieron con Jesús, caminaron junto con él, vivieron y aprendieron directamente de él. Es evidente que la experiencia de estos hombres es inigualable, y de ninguna manera se pretende “menospreciar” dicha vivencia. Sin embargo, para Pablo el atributo de “Apóstol” no es exclusivo del grupo de los doce, sino que su concepción de apostolado rebasa ese vínculo. Se atreve a llamarse a sí mismo apóstol y considerarse tal en sentido estricto. Es necesario que no se confunda esta visión, pues es el mismo Pablo quien se encarga de realizar una distinción muy clara cuando habla acerca de “los que eran apóstoles antes que él” (cf. Gal 1,17), reconociendo de esta manera el lugar que tienen dentro de la Iglesia. En la Primera Carta a los Corintios se hace llamar el “último de los apóstoles”, como signo de su humildad y disponibilidad para el servicio, al grado de considerarse un aborto, ya que, en palabras de él, no merece ser llamado apóstol (cf. 1 Cor 15, 8-10).

Por lo tanto, ¿Qué hace a una persona ser apóstol? Desde las cartas de Pablo se distinguen tres características, no únicas, sino principales.

1.    “¿No soy yo acaso libre? ¿No soy yo un apóstol? ¿No he visto a Jesús, nuestro Señor, y no son ustedes mi obra en el Señor? (1 Cor 9,1). Es necesario “mirar” a Jesús. El apóstol proclama aquello de lo cual ha sido testigo, de lo que en carne propia ha experimentado. Es un mentiroso aquél que anuncia lo que no conoce.

2.    “Haber sido enviado”. San Pablo se define como “apóstol de Jesucristo” (1 Cor 1,1; 2 Cor 1,1), es decir, “apóstol que pertenece a alguien”, que no trabaja por cuenta propia, sino que una persona concreta lo ha enviado con un objetivo específico. La misión, que libremente se ha optado por cumplir, no se hace a nombre propio, sino del que la ha iniciado, en este caso, es Jesús. De hecho, la palabra griega apóstolos tiene como significado “enviado, mandado”; por lo tanto, el apóstol es sólo el portavoz de algo que se le ha confiado.

3.    “Anunciar el Evangelio”. Esta tarea involucra toda la existencia de quien la realiza. El ser apóstol de ninguna manera es un título honorífico, incluso apetecible a los ojos del mundo, ya que es comprometedor. Se es “colaborador de Dios” (1 Cor 3,9).

El apóstol no se hace a sí mismo, sino que es iniciativa de Dios, es “por vocación” (cf. Rm1, 1). Al ser vocación, es un llamado el cual es necesario responder libremente. San Pablo es testimonio de cómo dar una respuesta radical, pues su vida fue así, radical. Vivió sus experiencias de fe (judía y cristiana) con fidelidad y entrega total. Siempre será motivo de atención y, más aún, de admiración, aquellas personas que viven con radicalidad aquello que profesan.

Fuente de apoyo: Benedicto XVI, Audiencia General, 10 de Septiembre de 2008.

Alan Barrio

Filosofía III

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