El 30 de agosto del 2014 se inauguró el edificio san José del Seminario Arquidiocesano de Chihuahua, con una eucaristía por el Sr. Obispo Don Constancio Miranda Weckmann; coincidiendo con la apertura del curso 2014-2015 o misa del Espíritu Santo como tradicionalmente se le conoce.

A principios de ese mismo año de retomó con mayor fuerza la necesidad de apartar el Curso Introductorio, sugerido por la experiencia de los Seminarios de México, y por la experiencia del propio Seminario, a la vez. Este tema estaba presente en el Equipo Formador por lo menos desde el 2010. Desde aquel tiempo se había pensado en la posibilidad de construir un edificio al lado de los talleres del Notidiócesis, se consideró también el noviciado de las Siervas de los Pobres y la Escuela Vicente Guerrero. Al volverse a plantear el tema, se pensó en un primer momento sacarlo a Delicias o a Camargo. Se tomó muy en serio lo de separarlo de las otras dos etapas. Finalmente se decidió que fuera aquí mismo en Chihuahua, para no romper demasiado la unidad de la comunidad de formandos, del equipo formador y del proceso formativo. Así fue como se eligió la escuela Vicente Guerrero, la cual se acondicionó en lo indispensable para que favoreciera un ambiente formativo adecuado para los que recién ingresan al Seminario.

Estas son algunas de las palabras con el que el rector Pbro. Luis Martín Barraza Beltrán justificaba la creación de un nuevo edificio para el Introductorio:

Un nuevo edificio para la etapa de Introductorio, significa tomar responsabilidad frente al don de una vocación que comienza y que necesita ser cuidada con gratitud. Representa la oportunidad de reproducir más vivamente el camino formativo de Jesús con sus discípulos para aquellos que comienzan. Si en todo el proceso formativo, el seminarista, está llamado a revivir la experiencia de los apóstoles reunidos en torno a Jesús Resucitado, esto deberá ser cierto  de modo especial en esta etapa, verdaderamente situarse frente a la persona de Jesús y no meramente frente a inercias o poses. Se deberá tener cuidado de no  echar vino nuevo en odres viejos.  Cuidar de no someter la vocación recién nacida a movimientos calculados y fríos, simplemente para dar una buena imagen. Que resplandezca la verdad sobre Jesucristo. Es un gran desafío el mantener viva y joven la vocación. El itinerario formativo, del Introductorio,  depende mucho de la relación interpersonal con Dios, con los formadores y con los demás compañeros. El modelo formativo de Jesús es “Vengan y lo verán”(Jn. 1, 39) o aquel otro de “Los llamó para que estuvieran con él”(Mc. 3, 14). La inquietud que mueve a los jóvenes a entrar por este camino de la formación sacerdotal no podrá ser otra que la de aquellos primeros discípulos: “¿Maestro dónde vives?”(Jn. 1, 38), después de haber sido confrontados por Jesús: “¿Qué buscan?”(Jn. 1, 38).  El interés es por la persona de Jesús, ¿dónde está la fuente de su alegría y de su libertad?. La persona es misterio, vida, palabra, afecto, movimiento. De ella sólo se puede dar razón con el testimonio de la propia vida, no se puede enseñar. Este nuevo edificio para Introductorio cumplirá su objetivo si se convierte en signo de las palabras de Jesús: “Vengan y lo verán”.  Todo el Seminario deberá ser un eco de estas palabras, pero es necesario que se puedan apreciar con más claridad en el inicio de este camino. Para los discípulos que menciona san Juan en su Evangelio, esta experiencia inicial marcó toda su vida: “eran como las cuatro de la tarde”. Claro que es mucho pedir a un edificio que nos resuelva el problema de la formación, esto es asunto de personas, de docilidad, de decisión, de humildad. Este edificio simplemente quiere ser signo del Seminario de Jesús. Inculcar el espíritu de toda la formación será la tarea en este lugar. Dicho espíritu está en el Espíritu de Jesucristo.  Enseñar a trabajar desde el interior. “Hay que ocuparse mucho más de lo interior que de lo exterior; dar mucha más importancia a lo interior que a lo exterior, lo exterior seguirá a lo interior, lo contrario no sucede siempre. Comenzar por lo exterior es construir en el aire, sin cimientos, es hacer máquinas. Ante todo es poner la fe, el amor de Dios, la savia interior: “El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve para nada”(Jn 6, 63). Esto no quiere decir que se descuide lo exterior. No. Hace falta orden y disciplina, pero es necesario poner como fundamento principal lo interior, la savia espiritual, que ha de dar vida a lo exterior. De lo contrario no se hace nada sólido, verdadero, durable. “Esto deberían de hacer sin omitir lo otro”, dice Jesús a los fariseos refiriéndose  a lo interior y exterior. Para lograr esto deberemos estudiar con el corazón a nuestro Señor Jesucristo, escuchar sus palabras, examinar sus acciones, a fin de configurarnos  con él y llenarnos del Espíritu Santo.  Puesto que todo lo que Jesucristo ha dicho, todo lo que ha hecho está dictado por el Espíritu Santo.  Hay, pues, que estudiar-amar sus palabras y sus acciones, y conformar nuestra vida y palabras a lo que él ha dicho, a lo que ha hecho. Tenemos aquí una regla segura y cierta para llenarnos del Espíritu Santo y actuar y pensar según él. Sígueme, nos dice Jesús, yo soy tu reglamento, haz como yo; no te pido cosas más difíciles de lo que yo hago. Sígueme, este es el gran reglamento. Este es el principal trabajo de todo discípulo de Jesucristo, para cultivar su interior. En esta etapa predomina lo vivencial-kerigmático en cuanto a lo espiritual, el asomarse a la doctrina de la fe, lo familiar en las relaciones comunitarias y el acompañamiento muy cercano de los formadores. De este modo queremos dar cumplimiento al objetivo de esta etapa de la formación, que consiste en “proporcionar a los aspirantes al sacerdocio ministerial, una intensa formación humana y espiritual centrada en el misterio de Cristo y de la Iglesia…”(NBFSM 241)