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Santa Josefina Bakhita: Amor con amor se paga

Dicen por ahí que “amor con amor se paga” y ¿no es este acaso el ideal cristiano? ¿no podríamos
resumir así la enseñanza de Jesús?
Desde el continente africano se alza una voz que responde nuestras inquietudes, y es la santa
que hoy festejamos: Bakhita por gracia, Josefina por el bautismo, Santa de Sudán y miembro de la
congregación de las Hermanas Canossianas.
Aunque no se tiene datos precisos de su vida los testimonios y sus escritos son realmente
sorprendentes, pues habiendo abrazado la fe en una edad ya madura, el conocer el evangelio de
Jesucristo implicó para ella un giro total en su vida, una entrega de sí misma por la construcción
del Reino.
Pienso que no fue casualidad que habiendo vivido una vida de esclava en su niñez y
adolescencia, el Señor le fuera mostrando en esas situaciones su voluntad; no es también
casualidad que, habiendo descubierto su misión, volcara su existencia en el servicio a los más
pobres. “Todo es gracia”, todo es parte de un perfecto plan trazado para nosotros y que estamos
llamados, como Bakhita, a descubrir.
En el descubrir la propia misión y en el llevarla a cabo con alegría radica el cumplimiento del
evangelio, este cumplimiento es el que nos lleva a hacer el pago de amor al Amor que nos ha
llamado a ser como Josefina: en una muerte para sí misma y una vida para los demás; a ser como
Jesús: “manso y humilde de corazón”. Así fue la hermana Bakhita, viviendo con alegría aún en la
dificultad, devolviendo favores a quien nunca se los había dado, pagando con amor a Aquel que
la había llamado y como ella misma escribe “nunca la había dejado”.

Ramón Vega

Filosofía II

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GRANDES LUCES EN LA OSCURIDAD

La oscuridad no “es” en sí misma, como se puede llegar a entender después de una reflexión profunda, sino que es la ausencia de luz; es una consecuencia. 

Así podemos, al dar una vuelta al pasado y ver con gran asombro a lo largo del caminar de la Iglesia portadora de la única antorcha que puede iluminarlo todo,  que las tinieblas nunca pudieron, pueden o podrán vencer; que es el mismo Jesucristo en su Iglesia quien ha recorrido más de dos milenios. 

Sin duda alguna podemos decir que esta perseverancia nos causa un gran asombro, porque humanamente no podríamos explicar la razón del sostenimiento de esta barca hecha de una madera tan frágil y poco resistente, nuestra naturaleza, azotada por vientos y tempestades tan violentos de las difíciles pruebas históricas y los grandes golpes de toda índole que la han hecho tambalear; y aún más,  con los muchas veces frágiles timoneros que han querido seguir un rumbo propio, olvidándose que esta barca tiene un propio destino mediante un sublime camino, hacia la verdad y la vida. 

Pese a todo esto, la nuestra es la barca de Pedro; no hay otra. Madera bendita que quedó revestida de gracia, desde su interior, al hacerse de nuestra naturaleza el dador de la vida; vientos  y tempestades que fueron calmados cual brisa y rocío, con la voz del Verbo y timoneros que aun en su debilidad fueron dispuestos por Él.

Ésta es nuestra Iglesia; barca varias veces abandonada, maltratada y humillada, pero que sigue a flote y que no se hunde, porque los poderes del infierno no prevalecerán en ella ya que tiene la capacidad siempre de rectificar el rumbo. 

Cuando más se ha desviado del camino indicado, Dios ha mandado lumbreras, estrellas, luces, llamas del Espíritu que han indicado hacia dónde hay que redirigir el camino, los llamados grandes, magnos, puros, santos. No obstante, no debemos olvidar que son nuestros hermanos y que fueron hombres y mujeres, de carne y hueso; que lloraban y seguramente se sentían tristes en ocasiones. Tal vez algunos de ellos tenían un carácter fuerte o muy compasivo en ocasiones débil, pero eran seres humanos, bautizados, y tenían la misma llamada a la santidad que nosotros. Lo decisivo fue que no se conformaron con creer en Dios, sino que le creyeron a Él en verdad, e hicieron con su vida un testimonio tangible de su presencia misericordiosa entre nosotros. 

Grandes lumbreras aparecieron en el cielo de una época que muchos consideran oscura, como la Edad media, sin embargo, no podría haber pensamiento mas errado en su esencia. Oscuridad es ausencia de luz y estos siglos estuvieron fuerte y constantemente iluminados debido a que cuando más se desviaba la barca, más lumbreras aparecían, y no aisladamente sino en conjunto. Luces que iluminarían no solamente el mundo de la fe de la humanidad, sino que conservarían la luz de la razón.

Muchos han intentado sofocar estas lumbreras en el cielo, pero lo único que han logrado es darle más vida, más extensión a su alcance y más profundidad a su arraigo. Integrantes de la misma Iglesia, de la misma barca, lo intentaron: desde sacerdotes, párrocos, abades, cardenales y sumos pontífices, gobernantes, reyes y reinas. Pese a esto no lograron apagarlas. Triste es que muchas veces no podamos reconocer a quien tiene la luz de Dios en su corazón, sea por envidia, maldad, temor o simplemente porque su presencia nos denuncia nuestro camino errado, urgiéndonos a salir del estado de comodidad y autocomplacencia en que hemos caído. Situación que ocurrió en las vidas de los grandes Santos.

Todo esto no es un cuento, forma parte de las letras doradas de nuestra historia y  me atrevo a decir que con toda seguridad seguirá ocurriendo en nuestros días y en el futuro del mundo, porque Dios nunca olvida a sus hijos y nos sigue socorriendo, aún ante los comentarios de no pocas personas al decir que en esta época faltan santos.

La pregunta que debemos de hacernos como Cristianos es ¿Estamos dispuestos a ser esa antorcha que necesita nuestro tiempo, o sólo esperaremos a que otro más tome la estafeta? porque si algo aprendemos de todas estas líneas, es que Dios manda la gracia para hacer extraordinario lo ordinario, y así cambiar al mundo, pero necesita que nosotros estemos dispuestos a escucharlo.

La oscuridad es ausencia de Luz, y en nuestros días en los cuales se quiere vender el fatalismo de que no hay futuro ni esperanza, demostremos que hay luz en nosotros, porque Cristo brilla y ya ha vencido a las tinieblas, ya ha vencido a la oscuridad. 

Per Aspera ad astra.
R. A. Soto Caballero
Filosofia I



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