DOMINGO

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Mt. 2, 1-12

En los planes de Dios nadie queda fuera de la salvación que se ha manifestado en Jesucristo: “…por el evangelio Dios llama a todas las naciones a participar, en Cristo Jesús, de la misma herencia, del mismo cuerpo y de la misma promesa que el pueblo de Israel” (Ef 3, 6). Por ello el Papa Francisco invita a aprovechar cualquier “grieta” en la vida de las personas para hacerles la propuesta del evangelio. Él no imagina una Iglesia sólo para los más puros, sino que la contempla como un “hogar para todos”; no debe ser una “pequeña capilla dedicada a la doctrina, la ortodoxia y una acotada agenda limitada a enseñanzas morales”. “No dejar a nadie fuera”, ha dicho otra vez el Papa Francisco. Que no quede por parte de la Iglesia no haber hecho la propuesta de salvación, sino de quien se descarta a sí mismo. La invitación de Dios es a formar el pueblo de la nueva alianza, pero los criterios no son ya la raza, las tradiciones, un territorio, el templo, sino la fe en Jesucristo (Gal 2, 16): “Cristo es nuestra paz. Él hizo de judíos y de no judíos un solo pueblo, destruyó el muro que los separaba y anuló en su propio cuerpo la enemistad que existía” (Ef. 2,14). Si alguno busca en la religión un refugio para ponerse a salvo de este mundo tan perdido y afianzarse a sí mismo o a su pequeño círculo en una supuesta pureza o santidad, habrá que revisar sus motivaciones. Nada más contrario al espíritu religioso y sobre todo al evangelio que la vida sectaria o amafiada, grupos cerrados donde sólo caben los que son afines desde criterios acordados desde intereses muy particulares. En este episodio de la visita de los así llamados reyes magos, representantes del mundo pagano, al recién nacido, Dios deja claro que nadie se puede adueñar de él, y que nadie en su nombre puede excluir a los demás de la fiesta de la vida y de la salvación. Dios no es propiedad privada de nadie, es completamente libre de realizar su obra con quienes sean dóciles a su voluntad, sean del partido o religión que sean. No tiene por qué rendirle cuentas a ninguno por ser bueno. Esto cuestiona nuestros criterios instintivos de selección del “los mejores” o de hacer limpias sobre “los sobrantes”, “los desechables”, los pobres. Es muy fácil que el espíritu fraterno quede sometido a los bajos instintos de discriminación, y muchas veces en nombre de Dios. No le carguemos a Dios nuestros “ascos”, como si a él le diera náusea lo que es problema nuestro. En ocasiones nosotros hacemos divisiones a partir de criterios muy superficiales, pretendiendo defender a Dios o la pureza de costumbres, y sin embargo atropellamos un principio fundamental: “…todos ustedes son hermanos…” (Mt 23, 8).  Nos olvidamos de la justicia hacia al prójimo y defendemos celosamente algunos ritos, fórmulas o dogmas. Vuelven a resonar las palabras de Jesús: “…cuelan el mosquito, pero se tragan el camello.”(Mt. 23, 24). Si no queremos entrar, dejemos entrar a otros (Mt 23,13).

Pbro. Luis Martin Barraza Beltrán

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