Homilía

22 de enero

Juan Bautista, el Precursor, el que tiene la misión o ministerio de abrir el camino para la llegada del Salvador, es arrestado, con la particularidad que el evangelio literalmente da a entender que es entregado, sin embargo, su testimonio continua porque es martirizado; así, con su misma vida, se convierte en un testigo verdadero; y es interesante que justo en el momento en el cual Juan sale del escenario, entonces entra la figura de Jesús, y de Nazaret, donde había crecido, se transfiere a Cafarnaúm desde donde lanza una predicación: «conviértanse porque el Reino de los cielos está cerca». Cafarnaúm se convierte en la ciudad de Jesús, desde donde arranca su ministerio caracterizado por la luz porque quien camina en tinieblas no sabe a donde ir, por el contrario quien está en la luz ve el camino y es capaz de seguirlo. Jesús es la luz que resplandece para iluminar. Su predicación, igual a la del Bautista, es muy precisa: convertirse, teniendo una motivación grande, es decir, el Reino mismo. Sin embargo, también se destaca una divergencia respecto a Juan. Si en el bautista, el énfasis estaba en el cambio de mentalidad (eso significa convertirse) para hacernos consientes de la condición de pecado y sobre todo para hacernos disponibles a la salvación que está por llegar, en Jesús es por el Reino mismo que está ya cerca, en medio de nosotros, con sus misma presencia. Él es la encarnación del Reino de los cielos, en Él se cumple la promesa. Un reino en medio de nosotros capaz de contrastar las tinieblas de la mentalidad de este mundo, un reino caracterizado por una ley nueva, es decir, la ley de la misericordia, del perdón, de la fidelidad, de la pureza, de Cristo mismo. Esta inauguración de la predicación del Reino, tendrá después su continuidad con mas claridad, pues en la trasmisión de la fe que harán los apóstoles, Jesús mismo será el Kerigma, el contenido de la nueva predicación. Él es el hombre que desvela el sentido humano al hombre mismo, es el mismo que ha llegado hasta nosotros, hasta nuestro corazón. Ahora nos toca dejar que nuestro interior siga siendo iluminado por su presencia, que cada sentimiento, que cada decisión, palabra y pensamiento, sea llena de Dios; que los criterios de Vida traídos por Jesús, vayan provocando una cierta dirección de nuestra acción personal, familiar y eclesial. Solo la fuerza del Evangelio nos puede conceder caminar hacia la plenitud de la existencia, pues el camino ha sido abierto por Él pues como dice el mismo evangelista, ha venido al mundo la luz verdadera, la que ilumina a cada hombre. Deseando que la conversión sea la luz que ilumine nuestro caminar, dejémonos guiar por Jesús. Fundamentalmente es dejar que él nos transforme, para con su gracia ser luz para los demás.

Pbro. Lic. Edgar Iván Estrada León 

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