Lc 10, 25-37

Un maestro de la ley era un celoso guardián de la recta doctrina. Sabía exponer con elocuencia y defender con agudeza la ley del Señor. Si ahora se acerca a Jesús uno de ellos, no es porque le interese aprehender nada, aunque se presenta con la máscara de discípulo. Seguramente habría escuchado algo de Jesús y quería cuestionarlo. Su fuerte era el “rollo”, la discusión. De ellos Jesús pensaba que “burlaban el mandamiento de Dios con preceptos humanos”(Mt 15, 3). Jesucristo le cierra tajantemente ese camino, porque en ellos era casi enfermizo. Hace al maestro de la leyenunciar lo esencial de los mandamientos de Dios y lo invita a ponerlo en práctica. A quien se mueve mucho en el mundo de la ideas, puede llegar a confundir realidad con su imaginación, por eso se le deba ayudar a aterrizar. El Papa Francisco nos dice que la realidad debe preceder a la idea. La propuesta de Jesús no es una doctrina que satisfaga el morbo intelectual, sino que es una experiencia de vida, se trata más bien de un encuentro personal antes que de una decisión ética, nos dice el Papa Benedicto XVI.  El conocimiento debe estar al servicio de la fe y de la acción. No se trata de menospreciar el conocimiento, sino de darle su justo lugar. La parábola de las dos casas está en función de poner de manifiesto la importancia del hacer la voluntad de Dios(Mt 7, 24-27). Jesús parece decir que peor que la ignorancia, es el conocimiento que no es llevado a la vida. ¡Si pusiéramos en práctica lo poco que sabemos, el mundo sería otro!  No se debe caer, tampoco, en el enfrentar la razón y la fe, diciendo que si está una no debe estar la otra, como se ha pretendido a veces, sobre todo por los que endiosan a la razón. La vida no se podrá resolver nunca con la pura ciencia, siempre permanecerán cuestiones abiertas al misterio, que reclaman la fe no como impotencia, sino que hay cosas que simplemente se deben obedecer. No es raro que algunos que van avanzando en sus estudios y se van adentrando en el mundo de la ciencia vayan abandonando la fe. Desde el principio el cristianismo fue amenazado por ser reducido a una doctrina, al alcance de ciertos privilegiados que teníanun buen razonamiento, unos de ellos se llamaban los gnósticos. Para creyentes demasiado intelectualistaso espiritualistas, Jesús diseña una parábola que quedará como criterio de que la fe goza de buena salud, en cualquier tiempo. Es la respuesta de Jesús frente a quien insiste en seguir perdiendo el tiempo en discusiones estériles. La parábola del buen samaritano es consagrar el amor al prójimo como el mejor culto que se puede dar a Dios, superando toda barrera que se pretenda poner: racial, religiosa, moral, cultural, etc. La mejor religión es la que cura las heridas, la que promueve la dignidad del ser humano; la verdadera inteligencia es saber tener compasión de su hermanos: “La religión pura y sin manchadelante de Dios es esta: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones…”(St. 1, 27)  

 

Pbro. Martin Barraza

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