SOLEMNIDAD

 

Son los últimos momentos de Jesús con los suyos. Enseguida los dejará para entrar definitivamente en el misterio del Padre. Ya no los podrá acompañar como lo ha hecho en la Galilea y en la Judea. Y también es cierto, su presencia no podrá ser sustituida por nadie.

Jesús sabe que permanecerá con los suyos con otra presencia, por eso, en los últimos instantes de su presencia física, no se queda en palabras de despedida sentimentales, solo piensa en que llegue a todos los pueblos el anuncio del perdón y la misericordia de Dios. Que todos escuchen su llamada a la conversión. Nadie ha de sentirse perdido. Nadie ha de vivir sin esperanza. Todos han de saber que Dios comprende y ama a sus hijos e hijas sin fin. ¿Quién podrá anunciar esta Buena Noticia?

Según el relato de Lucas, Jesús quiere dejar en la tierra “testigos”. Esto es lo primero: “Ustedes son testigos de esto”. Serán los testigos de Jesús los que comunicarán su experiencia de un Dios bueno y contagiarán su estilo de vida trabajando por un mundo más humano, más fraterno, más misericordioso.

Pero Jesús conoce bien a sus discípulos. Ya ha sufrido la traición de Judas quien lo entregó por unas monedas de plata, la triple negación de Pedro, la incredulidad de Tomás acerca de la noticia de su Resurrección, sí sus discípulos son débiles y cobardes. ¿Dónde encontrarán la fortaleza para ser testigos de alguien que ha sido crucificado por el representante del Imperio y los dirigentes del Templo? Jesús los tranquiliza: “Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió”. No les va a faltar la “fuerza de lo alto”. El Espíritu de Dios los defenderá, les recordará lo vivido con Él y les mostrará cosas nuevas.

Para expresar gráficamente el deseo de Jesús, el evangelista Lucas describe su partida de este mundo de manera sorprendente: Jesús vuelve al Padre levantando sus manos y bendiciendo a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio de Dios y sobre el mundo desciende su bendición.

A los cristianos se nos ha olvidado que somos portadores de la bendición de Jesús. Nuestra primera tarea es ser testigos de la bondad y misericordia de Dios. Mantener viva la esperanza. No rendirnos ante el mal. Este mundo, lleno de situaciones dolorosas, de violencia en tantos rincones de nuestra Patria y particularmente de nuestro Estado, no está perdido. Dios lo mira con ternura y compasión.

También hoy es posible buscar el bien, hacer el bien, difundir el bien. Es posible trabajar por un mundo más humano y un estilo de vida más sano. Podemos ser más solidarios y menos egoístas. Más sencillos y menos esclavos del dinero.

En la Iglesia de Jesús hemos de recordar, unidos al Papa Francisco que, lo primero es promover una “pastoral de la misericordia”, una pastoral de la bondad. Nos hemos de sentir testigos y profetas de ese Jesús que pasó su vida sembrando gestos y palabras de misericordia y bondad. Así despertó en las gentes de Galilea la esperanza en un Dios Salvador. Jesús es una bendición y la gente lo tiene que conocer.

 

Despertemos, dejemos de mirar solo el cielo sin poner los pies en la tierra. Quizá necesitamos también hoy escuchar: “¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ése mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”. Volverá, no lo olvidemos y, mientras esto ocurre, dejémonos guiar e iluminar por el Espíritu Santo Paráclito, para ser sus testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra.

 

Pbro. Rogelio Márquez Nevárez

Comment