Después del largo paréntesis abierto con la cuaresma, y cerrado con Pentecostés, y habiéndonos detenido un poco en el misterio de la Santísima Trinidad, hoy retomamos de nuevo el tiempo ordinario; acompañados por el extraordinario evangelista Lucas, el escritor de la mansedumbre de Dios, precisamente en este año santo de la misericordia.

Nos encontramos con un pasaje muy elocuente por dos razones. ¿Qué es lo que Lucas nos quiere transmitir?

En primer lugar notamos que quien invita a Jesús a ir a su casa es un centurión, un soldado proveniente de la Roma pagana, y por lo tanto, pagano también él. Ante la enfermedad de su criado, este hombre pone su fe en Jesús, no lo conoce, pero aquello que ha escuchado de quienes lo han conocido le bastó para invitarlo a su casa y que hiciera algo por su criado. Una profesión de fe en la persona de Jesús.

En segundo lugar llama la atención que cuando Jesús esta por llegar a la casa, el centurión le manda mensajeros para que no entre. En ningún momento es desprecio por la persona de Jesús, al contrario, es una condescendencia, pues los judíos no podían entrar en las casas de los paganos. Nuevamente el centurión hace una profesión de fe; si antes la había hecho en la persona de Jesús, ahora hace una profesión de fe en su Palabra: “basta una palabra tuya para que mi criado quede curado” (v. 7).

Al final, la curación del criado queda en segundo plano, Lucas apenas nos dice que lo encontraron sano. Señal de que al evangelista no le interesa narrarnos un milagro más de Jesús con un enfermo. No. Le interesa que nosotros podamos aprender cómo se transforma una vida cuando a Jesús se le invita a nuestra casa, y cuando creemos que su Palabra tiene poder. Abramos, pues, nuestro corazón para que en él viva Jesús, y alimentados por su Palabra,como San Pablo nos recuerda en la segunda lectura, podamos experimentar, la salvación que Jesucristo nos ofrece.

¡Bonito domingo!

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