La Verdad de Dios.

Hablar de Dios, de su Misterio, es un balbucear, es un querer ver algo del misterio de Dios. Más que todo, este día es contemplativo, es dejarse envolver por Dios. En el silencio dejarse inundar por la luz que nos transforma.

El amor es el centro de este misterio trinitario, porque más que llenar nuestro cerebro de ideas, es un despertar en nuestros corazones el amor que Dios nos tiene. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado (segunda lectura).


Esa experiencia vital hace posible que la fe recorra todo nuestro ser, una experiencia que nos hace habitar en una amistad. Es nuestro corazón donde el Espíritu hace su morada. La familia trinitaria comparte sus riquezas para que la Sabiduría construya un edificio, para que la vida con sus decisiones sea santa y se construya sobre roca.

Dios mediante la experiencia de su amor transforma todo nuestro ser, para que en vez de dejarnos abatir en las pruebas, entremos en el camino de la paciencia y del amor.

Esta experiencia de amor nos hace pensar en Dios, a hablar de Él, para que todo nuestro obrar, toda actividad cotidiana, sea para gloria de Dios.

El Espíritu de verdad nos guía, nos conduce, para que amemos. Dios es la única persona que merece ser amada de manera absoluta. Quién lo ama así no puede pensar en él como si perteneciera al pasado. Quien ama a Dios, vive en sus palabras, se llena de Dios.

NO es fácil expresar esta experiencia. Este Espíritu de Verdad se va convirtiendo en una fuerza y una luz que nos hace vivir en la verdad. Este Espíritu vive con nosotros y está con nosotros. Lo escuchamos en nuestro interior y resplandece en la vida.

Nuestra experiencia de Dios debe ir pasando de la adhesión verbal, solo de palabras, a una experiencia de vivir arraigados en su Espíritu de Verdad.

Es muy de nuestro mundo vivir tranquilos y cómodos en nuestro bienestar, de hecho, vivimos cómodamente en una tradición religiosa. Por eso es necesario no quedarnos en las apariencias. Mirar a las personas como Dios la mira. Captar sus miedos, sus sufrimientos y aspiraciones. Hacer posible que todas las personas busquen el reino de Dios y su justicia. Es importantísimo que no nos apartemos de Dios, sino que nos dejemos transformar por su fuerza, que seamos capaces de contagiarlo entre nosotros.

Cada uno de nosotros somos un mundo de deseos y frustraciones, ambiciones y miedos, dudas e interrogantes. Con frecuencia no sabemos quiénes somos ni qué queremos. Desconocemos hacia dónde se está moviendo nuestra vida.  ¿Quién nos puede enseñar a vivir de una manera acertada?

Aquí no sirven los planteamientos abstractos. Lo decisivo es el arte de actuar día a día de manera positiva, sana y creadora. Es dejar que Dios el gran maestro de vida, el gran arquitecto, a través de su presencia viva, nos vaya configurando. Es dejar que en el corazón Dios sea alguien vivo. Entablar una relación afectiva, cordial, fraterna, filial que genere en nosotros una nueva manera de ser y de vivir.

La Trinidad nos invita a vivir en ese balbuceo que se traduce en Amor. A vivir acercándose al Misterio adorando y significando nuestra vida en la piedad y oración. Y a comprender este Misterio viviendo con una espontaneidad en el amor, que te hace renunciar a intereses egoístas. Una espontaneidad en el amor que reorienta continuamente la vida hacia la verdad de Dios.

La verdad de Dios genera en nosotros un estilo de vida.

Pbro. Ricardo Gómez Solís

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