La Iglesia nos enseña que el sacramento de la eucaristía hace realmente presente a Cristo en medio de nosotros: “Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros(Rm 8, 34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia(cf L.G. 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, ‘allí donde dos o tres están reunidos en mi nombre’(Mt 18, 20), en los pobres, los enfermos, los presos(Mt 25, 31-46), en los sacramentos de los que él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, sobre todo(está presente) bajo las especies eucarísticas”(SC. 7).(CIC. 1373). En el discurso de la última cena, que nos presenta el texto que meditamos, Jesús asegura su cercanía a sus discípulos, su presencia real en medio de ellos. Frente al vacío que dejará su ausencia física, insiste en los signos de su presencia. El amor será “el sacramento” de su permanencia con nosotros. Es otra manera de decir que la eucaristía lo hace presente, porque ella es en estricto sentido el sacramento del amor. Los sinópticos nos narran con mucho detalle la institución de la eucaristía con el pan y el vino. San Juan insiste en el significado de esta institución para la vida. Jesucristo permanece en nosotros por medio del amor. Quizá haya quien batalle para comprender cómo es posible que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y sangre de Jesús, claro que esto debemos creer por que Jesús lo ha dicho; sin embargo, los signos del amor están más al alcance de todos.

¿Quién no cree en el lenguaje de la caridad? El amor es el anhelo más profundo que hay en el corazón del hombre. Tan hambriento está el ser humano de amor, que se vuelve, también, en la causa de sus mayores desgracias. La palabra amor es escuchada con indiferencia o rechazo por muchos, porque los han engañado en nombre del amor. Así vemos que Jesús ha arriesgado mucho al comprometer su persona, su obra con el amor. Algunos hasta consideran que se trata de una mera ilusión. Sin embargo Jesús habla no de cualquier amor, sino el que ha sido sanado en la escucha de su palabra: “El que me ama cumplirá mi palabra…”  Aparentemente esto es una contradicción, porque “en el corazón no se manda” se dice. Esto es como hablar de un círculo cuadrado. ¿Cómo reconciliar la espontaneidad e infinituddel amor junto a la obligación y limitación de una palabra que ordena. Es cierto que “el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra modesta existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia(Dios es amor, 5).

Esto en lugar de destruir el amor, lo sana para que alcance su verdadera grandeza. Las palabras de Jesucristo nos revelan el verdadero significado del amor: “El amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos”(Jn 15, 13). El amor que nos anuncia Jesucristo no se fabrica, sino que primeramente es un don: “El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros…”(1Jn 4, 10). En el mundo hay mucho “amor” de fabricación humana, falta vivenciar más el amor que se recibe de Dios y que se ha manifestado en Jesucristo. Él ha venido a escribir la verdadera historia del amor, para sanar a todos los que han sido heridos por el egoísmo humano disfrazado con “piel de oveja”. El amor en su máxima expresión es el amor a los pobres, a los enemigos(Mt. 6, 1-4). La opción por los pobres es inherente al mandamiento del amor al prójimo, porque la expresión más elevada del amor es servir al que no podrá pagarme o no tiene mucho de amable. Creo que este es el sentido de la condición que le pone Jesús al hombre rico, que amaba a su modo: “Todavía te falta una cosa: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres”(Lc 18, 22). Este es el escalón máximo del amor, que siempre estaremos debiendo. Por ello deberemos estar orando siempre, meditando la palabra de Dios y haciendo el esfuerzo de la conversión, para poder abonar en algo a esta “deuda eterna”. Nuestro amor es siempre estratégico, no sin interés. Jesús sabe que esto es una sabiduría que nos desborda, reclama un alcance que no tenemos. Nosotros presumimos una astucia siempre “picada” de egoísmo. Por eso nos promete la Sabiduría de lo alto, su Espíritu. Este nos consolará del sentimiento de orfandad causado por la carencia del amor verdadero. De esta manera Jesucristo permanece vivo en medio de nosotros y lo celebramos en cada eucaristía.

 

Pbro. Martin Barraza Beltrán

 

 

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