Quinto Domingo de Cuaresma

La piedra en mi mano. Le presentan a Jesús una mujer sorprendida en adulterio. Todos conocen su destino: “La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras”. Ellos ya tienen la piedra en la mano, el ceño fruncido y el dedo índice señalando con exigencia implacable la acusación sobre la mujer. Que escena tan dramática. ¿Cuál será la estrategia de Jesús? ¿Qué palabras dirá? ¿Qué sucederá con esta mujer? ¿Acaso no hay posibilidad de un cambio? ¿Será posible una transformación?

Ellos esperan impacientes sosteniendo las piedras en sus manos… ¿Qué es lo que quieren? ¿Sepultar el pasado? o ¿Sepultar a la persona? ¿A quién quieren matar? ¿El pecado o a la mujer? Jesús sabe muy bien lo que tiene que decir. Él es compasión, es misericordia. Cristo con su perdón liquida el pasado, y entrega un futuro lleno de esperanza. Dios no quiere la destrucción de nadie. “El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Vergüenza en la cara. Adiós mascaras. Y suena la tierra por tantas piedras que caen y ruedan por el suelo. “Tampoco yo te condeno”. El amor trazado en el suelo, en el polvo de la miseria, ese amor que se agacha a la pobreza.

Cuando no tengas a nadie que te comprenda, cuando todos te condenen, cuando te sientas perdido, y no sepas a quién acudir, has de saber que Dios es tu amigo, él está de tu parte. Dios entiende tu debilidad y tu pecado. Es la mejor noticia que puedes escuchar frente a la incomprensión.

Allí donde se acaba la comprensión del humano sigue firme la comprensión, la misericordia y el amor infinito e insondable de Dios. En toda angustia, en toda situación difícil de la vida, en todo fracaso, hay salida. Todo puede convertirse en gracia. El apoyo es el amor de Dios, nadie ni nada podrá apartarnos de su perdón.

Qué fácil es condenar a otros para asegurarse la propia tranquilidad. Suelta tu piedra de la mano, deja de fruncir el ceño, deja de señalar con tu dedo. Deja la comodidad de juzgar con criterios “seguros”. Qué fácil es marginar, qué fácil es descartar. Antes de arrojar piedras descubre que todos necesitan de la misericordia de Dios. Ese amor que has recibido también lo necesita quien está en el suelo, pues ese perdón lo hará levantarse como tú te has levantado. Y todo fue por la bondad de Dios.

Hazte un favor: Suelta la piedra, y toma la actitud de comprensión y de perdonar, esa que recibiste de Jesús tu Señor y Salvador.

Pbro. Ricardo Gómez

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