Lc 9, 28-36

 

 

Ocho días después del anuncio de su pasión, Jesús concede esta experiencia de la revelación de su misterio a tres de sus discípulos. Lucas no se detiene en la corrección que Pedro le hace de no tener que humillarse, lo cual le merece el regaño de Jesús: “¡Apártate de mí satanás!”, según Mateo y Marcos. Sin embargo, la narración de la transfiguración en los tres evangelios sinópticos, refleja el escándalo que causó la revelación de Jesús como servidor sufriente. El misterio de la cruz siempre ha sido desconcertante. No se trata de cualquier sufrimiento, sino el de las renuncias por amor. La oración fue el ambiente en el que Jesús mismo asume su misión. La transfiguración es una experiencia muy profunda de intimidad de Jesús con su Padre, a tal grado de identificarse totalmente con su voluntad. En la oración Jesús entra en el misterio del amor. En él se ha manifestado toda la bondad de Dios, su santidad. La oración es una escucha de la voluntad de Dios. Moisés y Elías representan el proyecto que desde siempre Dios había tenido para su pueblo: “ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios”(Jer 32, 38). En ellos está el espíritu del amor de Dios, que es el que va plasmando la imagen y semejanza de Dios en nuestro corazón. En Jesús se cumplen la Ley y los Profetas. Ellos están ahí para dar testimonio de que en Jesús coincide todo el misterio del amor de Dios, que es igual a Dios, que es Dios. La Ley pedía que hubiera al menos dos testigos, para acreditar algún asunto. En este caso se trata de los mayores testigos del pueblo de Israel, es el Espíritu mismo a través de ellos. En el Jordán, “el Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como una paloma”. Ahora, el Espíritu se hace presente por el testimonio de la Escritura. La Ley contiene el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Los profetas exhortan a la fidelidad a la alianza con Yahvé y denuncian toda idolatría. Ambos invitan a la comunión con Dios, hecha posible solamente por el Espíritu. Ellos hablaban de la partida de Jesús de este mundo, es decir de su pasión. Jesucristo entra en comunión total con estas palabras por medio de su obediencia. El Antiguo Testamento unge a Jesús como el Hijo de Dios, sólo él es grato a sus ojos. La Ley y los Profetas son interpretados por su autor: “Este es mi Hijo, mi elegido: escúchenlo”. Dios se complace perfectamente en él. Estas palabras nos recuerdan al profeta Isaías: “He aquí a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien me deleito. He puesto en él mis espíritu…”(Is 42, 1). Todos los cantos del siervo van a presentar al Mesías como quien deberá entregar su vida, en perfecta consonancia con lo que Jesús ha anunciado antes de subir al monte. Lo hará en la humildad y el sufrimiento, sin embargo tendrá éxito(Is 52, 13). Si el autor de la Escritura nos está diciendo que se cumple en Jesús, habrá que escucharlo con actitud orante.

Pbro. Martin Barraza Beltrán

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