Hemos iniciado el tiempo de cuaresma a partir del miércoles pasado. El evangelio de este domingo, el evangelista san Lucas nos comparte que Jesús “lleno del Espíritu Santo fue conducido por el mismo Espíritu al desierto donde fue tentado por el demonio”. Lc. 4,2. Tengamos en cuenta que las tentaciones son consecuencia de la decisión de Jesús de vivir en comunión con su Padre y de hacer sólo su voluntad. Es decir, de vivir totalmente su realidad de Hijo amado. Jesús nos acompaña y nos dice cómo se vence al Tentador, rechazando, con la ayuda de Dios, lo que no es voluntad del Padre.

 

La primera tentación ofrecida a Jesús tiene su origen en el hambre: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”. (Lc 4, 3-4). La tentación del tener. Jesús le responde: “No sólo de pan vive el hombre”. Lc. 4,4. La segunda tentación: El diablo muestra a Jesús todos los reinos de la Tierra. Jesús lo rechaza con la misma Palabra de Dios: “Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él darás culto” (Lc. 4,8). La tentación del poder. Por último, el diablo lo llevó a Jerusalén, y le propone un milagro espectacular: que se arroje desde la parte más alta del Templo y deje que los ángeles lo salven. Jesús le responde con la misma Sagrada Escritura: “No tentarás al Señor tu Dios” (Dt. 6,16). Tentación del placer.

 

Para Jesús, el único y principal valor de nuestro ser como personas es la conformidad con la voluntad de Dios:   la obediencia.  Esta es la enseñanza fundamental en el inicio de este tiempo de “combate espiritual”. Jesús desea acompañarnos, escuchando su Palabra, con la oración, la penitencia, y el ejercicio de la caridad.  Esto significa ya no vivir de manera rápida y mecánica, sino permitirle al Espíritu, al igual que Jesús, que sea Él que nos impulse desde lo más íntimo de nuestro ser.

 

Somos invitados a iniciar  esta Cuaresma 2016, teniendo en nuestra mente y en nuestro corazón la Palabra de Dios y  confiando de manera total y absoluta en Dios Padre. El salmo responsorial de este domingo nos invita a ello: “Tú eres mi Dios y en ti confío”.  (Sal. 90). A fin de que “lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios” a la manera de Cristo, no a la manera nuestra.

 

 

Pbro. J. Raúl Hernández Arellanes.

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