Reflexión sobre Lc 17,11-19

         Nos encontramos con un texto del capitulo 17 del evangelio de san Lucas. En este contexto la narración llega a la última etapa del camino de Jesús hacia Jerusalén. Solo Lucas nos describe el episodio de la sanación de los 10 leprosos. El ambiente donde se desarrolla la escena es que, una persona que padecía una enfermedad, era considerada impura y como consecuencia era apartada de la comunidad, pues las desgracias y las enfermedades, especialmente las que dejan huellas o marcas repugnantes, en aquel tiempo eran creídas como un castigo de Dios. Este era el caso del leproso, obligado o mas bien marginado a vivir fuera del pueblo, sin contacto con nadie. Sólo. Apartado. Cuando se sentía sanada, la persona debía presentarse ante el sacerdote, de cuyas manos recibía un certificado de buena salud que lo reintegraba a la comunidad (cfr. Lv 14).  Además, Lucas agrega un detalle interesante: Jesús camina en medio de una región que podríamos llamar «tierra de nadie» en el sentido de que la religiosidad en aquella región no estaba bien definida, había gente que igual creía ciertas doctrinas que no pertenecían a la tradición de los judíos, y digo que es interesante porque es ya una enseñanza esta actitud de Jesús, pues el hecho de que haga milagros e instruya fuera de un ambiente judío, quiere decir que todos —especialmente quien quizá se siente desprotegido— estamos llamados a tener una experiencia de Dios.

         Un grupo de 10 enfermos, dice Lucas, se detuvieron a lo lejos y gritaban: «¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!». Este grito resume por así decirlo, el grito de tantos hombres que conscientes de sus necesidades llaman a las puertas del misterio buscando ayuda. Los leprosos llaman concretamente a Jesús, quizá porque seguramente han escuchado quien es, de sus milagros, porque esperanzados quizá en el valor liberador de sus enseñanzas, se confían. Ese es el significado que salen a su encuentro. Jesús sigue las normas prescritas por la legislación, por ello les manda presentarse delante de los sacerdotes. Cuando ellos se confían y son obedientes, se realiza el milagro y es justamente en ese preciso momento en el cual las vidas y el destino de aquellos hombres, que han sido sanados, comienzan a ser diferentes. Nueve de ellos, judíos —como especifica Lucas— aceptan con naturalidad y alegría el hecho y por ello prosiguen por el camino, con la intención seguramente de reintegrarse en los diversos aspectos de la vida social, económica y religiosa del pueblo. En el fondo, la sanación para ellos no ofrece nada nuevo, porque regresan a ser lo que antes eran, es decir, judíos, miembros del pueblo de Israel, con lo cual quiere Lucas denotar que para ellos el encuentro con Jesús ha sido simplemente superficial y pasajero.

         He aquí otro detalle de Lucas: aquel que vuelve con Jesús era samaritano, ya marginado sólo por pertenecer a un grupo étnico minoritario, además de la enfermedad. Cuando se siente sanado, no sabe a donde ir, porque ninguna comunidad, ni los samaritanos, ni los judíos le ofrecen garantías es por ello que regresa «alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias». Ponerse a los pies de Jesús es la actitud del discípulo que aprende del maestro. De este modo el samaritano, el que a los ojos de los demás era el heterodoxo, herético, despreciado, marginado, descartado…entra a formar parte de la comunidad de los seguidores de Jesús. Este es quizá un punto para nuestra reflexión a la luz de la Palabra: creyente es el hombre que, habiendo recibido el don de Dios, lo traduce en una nueva forma de ser y existir en el mundo. Al respecto Jesús hace una observación. Los nueve restantes recibieron la salud externa, sin embargo, en su interior continuaron vinculados a viejos esquemas, es decir, que por el hecho de cumplir la ley —lo que el samaritano no podía hacer— ellos creían que recibir una gracia era normal, tanto que no era necesario agradecer. Pensaban en el viejo esquema del merito, o como lo expresa el Papa Francisco, vivían en la actitud de la “meritocracia”, que no permite ser agradecido. El samaritano, por el contrario entra en el campo del don gratuito de Dios y que Cristo le ha ofrecido, por ello el milagro en él no ha sido solo exterior, sino pleno, total, en toda su persona.

         Jesús, sabe apreciar a la persona que no da nada por descontado, a quien se abre a la sorpresa, a quien sabe asombrarse y consecuentemente sabe ser agradecido. La gratitud es la memoria del corazón. No fue una manera de buena educación, sino el reconocimiento que la propia vida, en su totalidad, ha dado un vuelco a raíz del encuentro con Jesús que transforma la persona.

         «Levántate y vete. Tu fe te ha salvado». En este caso la fe de aquel hombre, fue manifiesta en la capacidad de interpretar la sanación recibida espontáneamente como un gesto de Dios. En otras palabras comprendió que su vida no podía ser como antes, porque ahora no era mas un incrédulo sino un creyente. Lo que había comenzado como una sanación física se transformó en salvación definitiva. Solo quien es capaz de descubrir este amor generoso y gratuito de Dios puede regresar siempre a Él, se puede transformar en su discípulo, puede posponer todo (familia, amigos, bienes, incluso a si mismo) con tal de seguirlo.

 

Pbro. Edgar Estrada

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