REFLEXIÓN DEL XXX DOMINGO ORINARIO

(DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES)

23 DE OCTUBRE DE 2016

El domingo pasado, nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, nos enseñaba la importancia de la oración perseverante; en este domingo, nos enseña que la oración también tiene que ser humilde. Para poderlo entender mejor, se vale de una parábola en la que dos hombres, uno fariseo y el otro publicano, se dirigieron al templo con un mismo fin. Sin embargo, sólo uno hizo oración, el otro no.

¿Por qué sólo uno (el publicano) hizo oración, y el otro no? Porque, esencialmente, la oración es diálogo con Dios. El fariseo fue al templo, pero no habló con Dios, sino sólo consigo mismo, y por sus palabras reflejaba que se bastaba a sí mismo, realmente no necesitaba de Dios. Se consideró justo, descuidando de esta manera el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo. El publicano, en cambio, habló con humildad a Dios. La humildad, es la base de la oración. La humildad, dice el Catecismo de la Iglesia Católica, es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (n. 2559). 

El Papa Francisco, en la audiencia general del 27 de septiembre de este año, nos decía que no es suficiente preguntarnos cuánto rezamos, sino también cómo rezamos, examinando nuestro corazón, evaluando nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, extirpando toda arrogancia e hipocresía. Y más adelante, el Papa nos dice que esta parábola nos enseña, que se es justo o pecador, en definitiva, por el modo de relacionarse con Dios y por el modo de relacionarse con los hermanos.

Hoy celebramos el Domingo Mundial de las Misiones (Domund), en el que también el Papa Francisco nos recuerda que, “en virtud del mandato misionero, la Iglesia se interesa por los que no conocen el Evangelio, porque quiere que todos lo hombres se salven y experimenten el amor del Señor... Él es el Dios bondadoso, atento, fiel; se acerca a quien pasa necesidad, para estar cerca de todos, especialmente de los pobres; se implica con ternura en la realidad humana del mismo modo que lo haría un padre y una madre con sus hijos (cf. Jer 31, 20).

 El mandato del Evangelio: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 19-20), no está agotado, es más, nos compromete a todos, en los escenarios y desafíos actuales, a sentirnos llamados a una nueva “salida” misionera… Todos somos invitados a aceptar este llamado; salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (Mensaje del Santo Padre Francisco para la Jornada Mundial de mas Misiones 2016).

La vida de nuestra Madre Santísima, la Virgen María, fue un continuo empeño de su parte para que en Ella se cumpliera la voluntad del Señor. A Santa María nos encomendamos, rogándole nos conceda un espíritu humilde, sincero, que busque agradar y amar a Dios, tanto en nuestra oración, como en nuestro modo concreto de cumplir, según nuestra vocación y estado de vida, con el mandato y con nuestra condición de discípulos-misioneros. Así sea.

                                                                                                                       Pbro. Leopoldo Prieto 

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