REFLEXIÓN 

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la frase que dice Nuestro Señor al final del trozo del evangelio que escuchamos en la Liturgia de hoy: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen que encontrará fe sobre la tierra?” Y pienso, ¿qué quiso decir el Señor Jesús con semejantes palabras? E inmediatamente volteo a mirar a mi alrededor, pienso en esta sociedad en la que me ha asignado mi lugar Dios, esta sociedad tan enfocada en el bienestar económico y material, tan deslumbrada por las cosas de la tierra, por los avances tecnológicos, por la comodidad y el consumismo, tan repleta de aparadores que ofrecen toda clase de productos y servicios, abarrotada de ruidos e imágenes, y tan olvidada de la fe, del silencio y de la oración… Creo que estas palabras del Señor se aplican de manera muy significativa a esta sociedad de mi siglo.

La enseñanza del Evangelio de hoy se centra en la importancia de la oración, una oración que no debe conocer el desfallecimiento, que debe “importunar” a Dios a toda hora para ser escuchados y atendidos. Por supuesto, Dios es más bueno y misericordioso que el juez inicuo que aparece en la parábola. En realidad, Dios está siempre pendiente de nosotros sus hijos, cuidándonos. Como dice el Salmo 120: “Jamás se dormirá o descuidará el guardián de Israel”. Esto es cierto, jamás se duerme o descuida Dios de sus hijos. Él está siempre velando sobre nosotros, como vela una madre el sueño de su hijo que tiene fiebre o está enfermo. Dios no se descuida, Dios no es como nosotros, sus descuidados hijos del siglo XXI que tantas veces nos olvidamos de hablarle y sentirle cercano.

La oración insistente de la que habla Jesús consiste entonces, más que en palabras y palabras, en una actitud interior de confianza en Dios que está cuidándonos siempre,  que sabe lo que necesitamos y hace todo lo que está de su parte por darnos lo mejor… Ojo: “hace TODO lo que está de su parte” (siendo que es Todopoderoso, no creo que se quede a medias en esto), lo cual significa que sólo nos resta hacer lo que está de parte nuestra: abandonarnos en su querer, en su misericordia y amor. Siento que esta actitud es la que nos muestra la Primera Lectura de la Misa de hoy: Moisés confía en que Dios está de su lado, Dios es quien da la victoria a su pueblo, pero sabe que a él le toca “levantar las manos al cielo” para interceder. Es decir, la oración consiste en levantar nuestras manos al cielo, hacia Dios nuestro Padre, esperando que Él haga lo que mejor sabe hacer: cuidarnos… ¿Apoco no se parece este gesto al de aquellos niños pequeños que en cuanto ven a su papá o mamá levantan las manos para que los tomen en brazos? Mi mamá dice que cuando un niño hace eso está “embracilado”; ¡pues ojalá todos estuviéramos embracilados con Dios! Amén.

Pbro. Javier Arias 

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