Hasta este momento de la misión de Jesús, todo había sido duda, admiración, sospecha, confusión: “¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, y con plena autoridad”(Mc 1, 27); “Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás”(Mc 3, 22); “¿Quién será este, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41; 7, 37). Estas y otras preguntas con relación a Jesús circulaban entre el pueblo, en las casas, en las aldeas, sinagogas, caminos y hasta en los palacios: “El rey Herodes oyó hablar de Jesús, cuya fama había corrido por todas partes… Herodes decía: Es Juan. Yo mandé cortarle la cabeza y ahora ha resucitado”(Mc 6, 14-16). Las opiniones eran muy diversas. Los doctores de la ley decían: “¿Cómo puede este hablar así? Es un blasfemo. ¿Quién pude perdonar los pecados sino solo Dios?(Mc 2, 7). También decían: “Lleva dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”(Mc 3, 22). Sus familiares pensaban “que estaba fuera de sí”(Mc 3, 21). Sus paisanos, entre celos y asombro, comentaban: “¿De dónde saca éste todo eso?, ¿qué clase de sabiduría se le ha dado? ¿Y esos milagros que salen de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros sus hermanas?”(Mc 6, 2-3). Pareciera que Jesús siente todos los rumores y calumnias que hay en torno a su persona y quisiera aclararlos. Lo hace confrontando directamente a sus discípulos, que se suponen son los más enterados de su enseñanza y de su persona: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Todo verdadero creyente tiene que responder a esta pregunta, si no quiere recorrer en vano su vida religiosa. Es la pregunta que el evangelista Marcos tiene desde el principio de su evangelio y a la cual trata de responder en todo su escrito. La fe no es la idea que nosotros nos hacemos de ella. La gente de aquel tiempo decía que era Juan el Bautista, Elías o alguno de los profetas. ¿Quién dice la gente que es Jesús, en nuestro tiempo? Unos dicen que es un extraterrestre, o un monje tibetanos, una alineación de astros, un punto armónico del universo, uno saturado de energía positiva, eso si las personas son muy gnósticas o esotéricas. Si son muy prácticas, dirán que fue un revolucionario, un filósofo del altruismo y de la buena vida, un gran líder proactivo, uno que resucitó en el cuerpo social. Si se es religioso, puede ser que diga que es el santo niño de Atocha o el de Praga, que es el Señor de los Guerreros o el de Mapimi, o el Niño Dios, el Crucificado o hasta puede ser que el Salvador del mundo. ¿Qué experiencia de Jesús habrá detrás de cada una de estas palabras? No lo sabemos, pero por el efecto que causan en nuestra vidas , no parece que sea el Jesús del Evangelio, porque el mundo o las sociedades cristianas no caminan conforme al espíritu de las bienaventuranzas predicadas por él. Tal parece que al mundo no le interesa saber quién es Jesús o cuál fue su enseñanza, cada quien puede hacer su propio Mesías, independientemente del que se encarnó o fue crucificado. Como si fuera obligatorio para todos construirnos un Dios para poder sobrevivir, y el Dios que está en el evangelio fuera una opinión o una simple expresión de la experiencia religiosa, finalmente cada quien puede hacer su propia experiencia religiosa. Ciertamente cada quien tiene su fe, pero esta tiene que remitirse al acontecimiento histórico, de carne y hueso, por el cual Dios ha querido salvarnos. Ese acontecimiento se llama Jesús de Nazaret. Y no hay otro nombre dado a los 

hombres por el cual podamos salvarnos. Ahora que vivimos los tiempos del plagio y de la piratería, es decir, en que podemos obtener ciertos beneficios con trampas, exentándonos de ciertas exigencias, que quede claro que cualquier fe “pirata” que construye su propio Dios, su propio Mesías, porque conviene a sus intereses, lo más seguro es que se vea desilusionado: “Señor predicaste en nuestras plazas, y comimos contigo a la mesa. Les aseguro que no los conozco”. Después no andemos cobrando una fe que compramos en la barata del mundo o de nuestra comodidad. Siempre es lo mismo, entendemos las cosas o las personas como nos conviene. Lo peor del caso es que nos engañamos a nosotros mismo creyendo que esa es la verdad y nos aferramos a ella. Es un peligro cuando creemos conocer a Dios y en realidad estamos conociendo nuestras fantasías. Todos tendemos a la seguridad, por eso dejamos entrar a nuestro corazón lo que no nos incomode. Esto es precisamente la idolatría hacer a Dios del tamaño de nuestros deseos, para que no resulte peligroso. La confusión de la gente en relación a Jesús es muy generosa, pero al mismo tiempo es una burla para lo que él es verdaderamente. Realmente están usando a Jesús para proyectar a sus ídolos. Esto sucede también en nuestro tiempo, en nombre de Jesús cada quien alimenta su devoción particular. No está mal que cada quien tenga su “santo de devoción”, lo que sí no está bien es que desairemos la pregunta de Jesús: ¿Quién soy yo para ti? San Marcos nos presenta dos modelos de respuestas a esta pregunta: los que hacen manejable a Cristo, según su necesidad, como ya lo hemos comentado, y los que responden con las palabras exactas: el Mesías. Estos últimos podrán acusar a los primeros de ignorantes, pero frente a la verdad profunda de Jesús están igual de ignorantes los de la recta doctrina y los creyentes por conveniencia. Podemos decir que hay cristianos instruidos, con muchos conocimientos y cristianos prácticos, que se acusan mutuamente. Jesús nos denuncia a todos por no aceptar la sabiduría del amor verdadero: “Apártate de mí Satanás”. Como si hubiera ciertas actitudes religiosas que son diabólicas, porque sólo nos lleva a sentirnos superiores a los demás, pero no producen frutos de justicia, de caridad. Creyentes a la medida de nuestros deseos todos lo podemos ser, pero ser auténticos discípulos de Jesucristo sólo el que acepta la vida que Jesús nos ofrece desde la cruz. La vida verdadera pasa por la renuncia de sí mismo, no hay otro camino por el que pueda llegar la salvación para todos. Si no hay personas que acepten amar desde la muerte de sí mismos, no habrá frutos de vida. En el fondo, Jesús está haciendo el anuncio del amor de Dios al mundo cuyo cumplimiento es su entrega en la cruz, y no está dispuesto a renunciar a su misión. Al contrario, reitera con sus palabras que sólo siguiendo su camino encontraremos la verdadera felicidad.

Pbro. Martin Barraza Beltran

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