Mc 4, 26-34

En el Evangelio de Marcos Jesús comienza su misión en medio de muchos obstáculos: Herodes que mata a Juan el Bautista(1, 14); los demonios que le hacen resistencia(1, 24); los escribas y fariseos que le hacen la fama de endemoniado(2, 6-7; 18-22; 23-28), sus familiares que lo consideraban loco (3, 21). Frente a todo esto Jesús hace hoy profesión de su fe: él se guía por una presencia misteriosa que mueve a toda la creación, y que también está presente en la misión que está llevando a cabo. ¿Quién podrá desaminar a quien logra hundir sus raíces en Dios(Sal 1, 1-3)? Es como si a las voces pesimistas porque hay problemas, Jesús les respondiera que él es simplemente un colaborador del verdadero dueño de la obra, y que además la insignificancia, lo discreto de su comienzo es una condición para que llegue a ser grande. En las cosas de Dios la pequeñez no es un fracaso, sino un signo para entrar en el Reino de los cielos. El hecho mismo de que Jesús hable en parábolas es una prueba de su fe. Sólo puede hablar en parábolas el que acepta que la creación es un ejemplo de otra presencia más profunda que hay en ella, como puede ser la de Dios. Todo nos habla del amor de Dios. La claridad y la elocuencia de las parábolas de Jesús nos hacen pensar que él siente con mucha fuerza la presencia de Dios en todo lo que acontece en el mundo. De todos los acontecimientos de la vida Jesús puede sacar una enseñanza que tiene que ver con Dios. Por eso ahora nos puede hablar de algo que mueve a una semilla a producir frutos: “primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas”. Para poder llevar a cabo la misión evangelizadora de Jesús debemos comenzar por ser creyentes como él. No somos los inventores de la misión, hay alguien que está más comprometido que nosotros en la salvación; el éxito no depende de nosotros. Si no empezamos por esta base de percibir al protagonista de la evangelización, no comprenderemos la dinámica del Reino que comienza como un granito de mostaza; vamos a interpretar la insignificancia de sus resultados como signo de fracaso y no como el camino necesario. En esta parábola Jesús nos habla de la primacía de Dios. En esto consiste la fe. Estamos tan acostumbrados al protagonismo humano, que se nos dificulta ver el nivel del don de la existencia humana. Todo lo compramos, lo merecemos, lo conquistamos. Es falsa esta visión de la vida, es poco lo que nosotros hacemos, la mayor parte lo recibimos: “No vale la vida más que la comida y el cuerpo más que la ropa”(Mt 6, 25). ¿Cómo es que tenemos vida, cómo adquirimos el cuerpo? Lo más importante nos ha sido dado. Así que a Jesucristo no le importa la resistencia que enfrenta, esto no es obstáculo para dejar de ver la fuerza de la palabra. Es necesario realizar la misión evangelizadora desde el misterio irrevocable de Dios que lleva adelante su obra.

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