Jn 15, 9-17

La Pascua de Jesús tiene que ver con la revelación plena del amor: “Dios ha derramado su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha dado”(Rom 5, 5). De alguna manera ya estaba presente en el mundo, pero no dejaba de ser interesado. Los griegos sólo conocían el amor que sacaba alguna ventaja de los demás(belleza, virtud, riqueza). En el antiguo testamente ya se enseñaba el amor a Dios(Dt 6, 5) y al próximo como a sí mismo(Lv 19, 18). En los evangelios sinópticos, Jesús, asemeja estos dos mandamientos y los enuncia uno enseguida de otro(Mc 12, 28-34; Mt 22, 34-40; Lc 10, 25-28). En san Juan no pueden existir uno sin el otro, teniendo su punto de partida en Dios: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido…”(Jn 15, 16). Sin duda que en la Biblia siempre hay una relación entre estos dos mandamientos, pero es san Juan el que trabaja más la unidad del amor y la necesidad de estar en comunión profunda con Dios a través de Jesucristo para “dar frutos”. El texto que meditamos es una prolongación de la parábola de la vid, en la cual nos invita   a permanecer íntimamente unidos a él por la obediencia a sus palabras o lo que es lo mismo el cumplimiento de sus mandamientos. No hay vínculo más fuerte que el que produce la escucha y obediencia a la palabra hacia la persona de Jesús, porque está sellada con el Espíritu Santo. La unión de la carne y sangre se destruye a la larga, igualmente la meramente legal, incluso la amistad si sólo se base en la compatibilidad de caracteres; es necesaria la amistad de Jesucristo actuando en nosotros, del que está dispuesto al sacrificio de sí mismo y no sólo al intercambio de bienes. Jesucristo quiere entregarnos su amor, para que podamos comprender toda su enseñanza, de otra manera no entenderemos nada: porqué hay que amar a los enemigos o perdonar setenta veces siete; no comprenderemos porqué debemos hacernos los últimos o servidores de todos, o porqué el amor de los esposos debe durar toda la vida. Se necesita mucha inteligencia para entender todo el evangelio, de hecho no hay coeficiente intelectual que lo pueda captar. ¿Quién con su corto alcance puede comprender el amor de Jesucristo a los pobres, a los enfermos, a los pecadores? ¿Cómo poder comprender la expresión de que “hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento”? Frente a la gran lección del amor hasta el extremo en la cruz, no queda ningún sabio en pie que puede armar un discurso coherente. Entrar en el misterio de Dios manifestado en Jesucristo necesita de la verdadera inteligencia que no puede obtener nadie con sus solas fuerzas, es necesario ser instruidos en lo profundo del corazón por el Espíritu de Jesucristo. Es lo que sucede en este pasaje, Jesús trata de inculcar su amor en sus discípulos, para que puedan sanar de su odio y temores y puedan experimentar la verdadera alegría que contagia.

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