Jn 20, 19-2

San Juan nos narra la efusión del Espíritu Santo el mismo día de la Resurrección, a diferencia de Lucas que la hace coincidir con una fiesta judía de carácter agrícola, a los cincuenta días de la pascua, que era también memoria de la Alianza. Marcos y Mateo son más sobrios al hablar del Espíritu Santo. San Lucas, en cambio, le dedica todo el libro de los Hechos de los apóstoles al Espíritu Santo, en él nos hablará de la misión del Espíritu del Resucitado a través de su Iglesia. San Juan pone en labios de Jesús el anuncio del Espíritu consolador en el diálogo con sus discípulos en la última cena: “Si me aman, guardaran mis mandamientos; y yo pediré al Padre y les dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce”(Jn 14, 15-17). Y después de su resurrección, infunde su Espíritu sobre los discípulos que se encuentran atemorizados y encerrados por miedo a los judíos: Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”(Jn 20, 22-23). Para los primeros cristianos el Espíritu Santo significó la presencia de Jesús resucitado en medio de ellos. Primeramente su fe se vio animada por la esperanza su inminente regreso, para restablecer el Reino de Israel(Hech 1, 6), pero precisamente en la Ascensión del Señor, que celebramos el domingo pasado, los discípulos eran exhortados a abandonar dicha esperanza y a abrirse a una nueva presencia que los comprometía más a ellos(Hech 1, 7-8): “...ustedes recibirán una fuerza, cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, y de este modo serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. No hay excusa para sentirse huérfanos, desilusionados, para no empezar la misión, Jesucristo está en medio de nosotros. Su presencia espiritual no le pide nada a su presencia física, de hecho representa una oportunidad para interiorizarlo con toda libertad. Su presencia corpórea ya había dado lo que tenía que dar, para que los discípulos pudieran crecer era necesario no distraerlos más con su cercanía sensible, él se los había dicho: “Tengo todavía muchas cosas que decirles, pero ahora no pueden comprenderlo. Cuando venga el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y les explicará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes”(Jn 16, 13-14). Qué mejor manera de explicar por parte de Jesús, que su salida de este mundo no era un fracaso de su misión, sino un avance hacia la plenitud. Al mismo tiempo da cuenta de que así funda una presencia más real y profunda por medio de su Espíritu: “Les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Consolador; pero si me voy, se lo enviaré…”(Jn 16, 7). Sólo el Espíritu es el que puede llenar el vacío dejado por Jesús y llevar a una paz verdadera. Claro que el que no renuncie a sí mismo, sino que se encierre en sus evidencias o sus criterios, no podrá experimentar la luz de la Resurrección.

Es necesario soltarse de uno mismo y soltar los criterios pragmáticos y ambiciosos, ese es el precio de la consolación del Espíritu. La vida en el Espíritu es todo lo contrario a los criterios egoístas del mundo, rechazarlos es la única condición para experimentar la vida de la gracia. Este mundo está lleno de la consolación de Dios: “como las aguas colman la mar, así está lleno el país del Espíritu del Señor”. Entonces, porque el mundo está como herido, como enfermo, estando inundado de la medicina de Dios. Porque las medicinas no hacen efecto si no las tomamos. Andamos queriendo solucionar todo con criterios terrenales. Si seguimos así vamos a secar este mundo, y no me refiero tanto al agua dulce, que también está en peligro, sino a los manantiales de agua espirituales.  Hay bastantes signos de que la inocencia de este mundo, que es toda la bondad que Dios ha puesto en él, está siendo pisoteada por la voracidad del corazón humano: guerras, pobreza, hambre, etc. Aquí en nuestro estado la inocencia de los niños y jóvenes ha sido alcanzada por la corrupción de los mayores. Los adultos se escandalizan de los jóvenes, sin embargo los que se hacen ricos con los desórdenes actuales son los adultos, los que marcan las modas con las que los chicos se echan a perder son los viejos. Que se vuelvan desiertos los bosques y las selvas es preocupante, pero más preocupante es que se reseque el alma de cada ser humano. El profeta Ezequiel tiene una imagen muy elocuente de lo que es un pueblo sin espíritu: “La mano de Yahvé fue sobre mí y, por su espíritu, Yahvé me sacó y me puso en medio de la vega, que estaba llena de huesos. Me hizo pasar por entre ellos en todas las direcciones. Los huesos eran muy numerosos por el suelo de la vega, y estaban completamente secos”.(Ez 37, 1-2).  Ya hace tiempo que hay muchos huesos secos entre nosotros. Y seguimos organizando la convivencia social de tal modo que se atropellan los derechos a la vida, de la familia, de la dignidad personal, que las oportunidades no son iguales para todos. Combatimos la violencia con violencia. La violencia empieza por la falta de respeto a la sabiduría de Dios implícita en la naturaleza y en lo que nos dice en su palabra, y continua en los abusos de poder y en la mentira que rodea nuestra vida o la de los grupos e instituciones. La violencia de sangre está preparada en lo cotidiano. Me han abandonado a mí fuente de aguas limpias y se han ido a buscar en tinajas agrietadas y de aguas fangosas, dice el Señor. “…el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna”.(Jn 4, 14). Son las palabras que dice Jesús a la samaritana y nos dice a cada uno de nosotros. De igual modo nos dice: “Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beberá el que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él”.(Jn 7, 37-38). El Espíritu Santo es el consuelo de Dios para este mundo, lo cual cumple dando testimonio del amor de Dios en el corazón de los creyentes: “…porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado… la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”(Rom 5, 5.8). Porque es el Espíritu el que conoce los secretos del corazón de Dios y los susurra al oído de nuestro corazón: “¿Quién entre los hombres puede saber lo que hay en el corazón del hombre, sino sólo el espíritu que está dentro del hombre? De la misma manera, solamente el Espíritu de Dios sabe lo que hay en Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios para que entendamos las cosas que Dios es su bondad nos ha dado”(1Co 2, 11-12). Para esto es necesario nacer de nuevo: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu”.(Jn 3, 5-6). Un santo sacerdote decía: “Cómo es necesario el Espíritu de Dios. ¿Quién tiene el Espíritu de Dios? Son los que han orado mucho y que lo han pedido largo tiempo. ¿Cómo se puede adquirir el Espíritu de Dios? Estudiando el Santo Evangelio, penetrarse de él, estudiarlo, saberlo de memoria, estudiar cada palabra, cada acción, para captar su sentido y hacerlo pasar a los propios pensamientos y acción. De igual modo dejando que el Espíritu nos santifique por medio de los sacramentos, especialmente la Eucaristía. 

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