Jn 20, 19-31

Desde el domingo pasado, durante la octava de Pascua, hemos estado escuchando testimonios de la Resurrección de Jesucristo. Ahora nos presenta san Juan el testimonio del nacimiento de la comunidad de discípulos. De pronto sobre un grupo de hombres rudos, pobres e ignorantes, se da una transformación total, la de ser hombres espirituales, mensajeros de paz y reconciliación. Es como si la humanidad hubiera evolucionado radicalmente en unos cuantos años y hubiera surgido algo totalmente nuevo. El sueño de la hermandad, de la solidaridad y la justicia comenzaron ahí. Pero estos son ideales muy grandes para aquellos espíritus tan pobres como eran los apóstoles, no puede venir de su inteligencia estos sublimes sentimientos. No se les había ocurrido a las mentes más brillantes que habían existido hasta entonces, que siempre pensaban en términos de esclavos y libres, cultos e incultos, ricos y pobres. La paz que se conocía era la de los sepulcros, es decir, el sometimiento de unos por otros. Algo totalmente nuevo comenzó a surgir en el año 33 de nuestra era, se comenzó a agolpar en el corazón de algunos hombres la esperanza de un mundo nuevo. También ellos experimentaron la estrechez del hombre natural, que tiende a ser enemigo de los demás y a querer dominar. Dice el evangelio que los discípulos se encontraban a “puerta cerrada” antes del encuentro con Jesús. Es la condición de todo el que no conoce, de algún modo, al Señor Jesús, se aferra a sí mismo, tiene miedo a perder su lugar de protagonismo egoísta. Piensa que les tiene miedo a los demás, pero en realidad es a sí mismo a quien teme. Sin embargo, sucedió el milagro del “corazón de carne”(Ez 36,26). Ser gente que aspira a la paz que pasa por la justicia, por el respeto de la dignidad de los demás, es un estado muy superior de humanidad. Dudo que lo pueda alcanzar algún ser humano con las solas fuerzas naturales. En la historia reciente algunos han querido copiar el proyecto del hombre hermano, pero han fracasado; siempre hay alguno que pronunciando el discurso de la igualdad se adueña de los demás. Se necesita la mística del gran hermano que lavó los pies a sus amigos y entregó la vida por ellos. De ninguna otra forma llegará la paz. Algo pasó hace aproximadamente dos mil años, que marcó el corazón del hombre con una esperanza nunca antes experimentada. No necesitamos ver el cadáver de Jesús que revive, sería muy poco si a esto se redujera la resurrección, y no hubiera pasado nada en el interior de muchas personas y en sus relaciones. Nos dirá la primera lectura de la liturgia de este día que “todos los creyentes vivían unidos, tenían un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como suyo lo que tenía, sino que lo compartía con todos”(Hech 4, 32). Era tan viva la presencia de Cristo resucitado en los primeros discípulos que superan toda división, como la incredulidad de Tomás. Un gran testimonio de la resurrección son todos los que trabajan por la paz y por hacer de la humanidad una gran familia.

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