Mc. 14, 1-15, 47

La intención de Marcos al escribir su evangelio es mostrar que Jesús es el Hijo de Dios. En los primeros ocho capítulos, despierta la expectativa mesiánica por medio de una incansable actividad sanadora y de lucha contra el demonio, por parte de Jesús. Esto comienza a suscitar interrogantes sobre su identidad. “¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, y con plena autoridad! ¡Incluso a los espíritus impuros da órdenes, y lo obedecen!(Mc 1, 27). “¿Quién será este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?”(Mc 4, 41). Jesús impone silencio a quienes quieren proclamarlo como Mesías. A partir del final del capítulo 8, después de interrogar a sus discípulos sobre lo que piensa la gente y qué piensan ellos acerca de él, Jesús comienza anunciar que es el Mesías, pero no como lo espera todo Israel: “Jesús comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre tendría que sufrir mucho, y que sería rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Les dijo que lo iban a matar, pero que resucitaría a los tres días”(Mc 8, 31-32). La pasión de Jesús es el testimonio supremo de que es el Hijo de Dios. O sea que cuando Jesús hablaba de la cruz no se trataba de un simple recurso pedagógico o una imagen elocuente, sino de una realidad que expresaba el inmenso amor que Dios nos tiene. Extrañamente es el capitán romano el que confiesa que el crucificado es el Hijo de Dios: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”(Mc 15, 39). Tanto más admirable en cuanto que lo reconoce en el extremo de su pobreza y fragilidad, ahí donde la sabiduría y la religiosidad humana se escandaliza o acusa de cosa de locos.

Todos salimos reprobados frente a la gran revelación de Dios en Jesucristo. Todos queremos que Dios nos acompañe y nos bendiga, nos libre de los peligros y nos perdone nuestros pecados, que nos llene de éxitos y riquezas, pero pocos estamos dispuestos a recibirlo como él se nos presenta: asumiendo el lado dramático y sombrío de la condición humana, no para consagrar la mediocridad, sino para liberarla y transformarla. Es verdaderamente admirable que un soldado romano diga la verdad sobre Jesús cuando este está destrozado en la cruz. De ahí en más todo el drama de la pasión, es un buen retrato de las posturas que tomamos frente al Hijo de Dios. El traidor(como Judas) que seguramente nunca se integró a la fiesta de amistad con Jesús, siempre se guardó sus verdaderas intenciones; él tenía su proyecto propio para salvar a los pobres, aparentemente era más celoso que su maestro: “¿Porqué se ha desperdiciado este perfume? Podía haberse vendido por el equivalente al salario de trescientos días, para ayudar a los pobres”. San Juan nos aclara que “no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella”.(Jn 12, 6). Quizás no exista nada más miserable que la traición, prometer exteriormente fidelidad, comunión y cuando el amigo menos lo espera darle la puñalada por la espalda. El supuesto amigo que acaba con la fama o con la vida de su amigo. Así como la traición de Judas resultó el golpe mortal para Jesús, así en nuestro tiempo sigue siendo la peor amenaza para la obra de Dios. La obra de Dios no es sólo la religión o la Iglesia, sino la dignidad del ser humano, su realización integral. Son unos traidores los que acaban con la vida de sus hermanos, los que los matan de hambre o los explotan, porque en Cristo todos somos hermanos. No corresponder a la vocación a la vida, a la fraternidad, a la justicia es ser un tramposo traidor.

Todo el que no obedece la voluntad de Dios es un malagradecido, porque todo lo ha recibido de él; él nos ha demostrado su amor dándonos la vida y ayudándonos con las pobrezas de este mundo y nosotros le mordemos la mano cuando nos alimenta. Ni los perros muerden la mano de quien les da de comer. En estricto sentido sólo le hombre puede ser un traidor, porque es el único consciente del bien recibido y del llamado a un proyecto de vida, y lo rechaza. Lo sepamos o no, Dios nos ha hecho entrar en su intimidad, en su amor, en su familia, en su palabra, y el que abusa de la confianza para destrozar el recinto sagrado donde Dios habita, sea este natural o sobrenatural es un mal nacido. Tanto más vil es esta forma de proceder cuanto más frágil e inocente es lo que se atropella. Jesucristo no traía poder, no traía riquezas ni violencia o influencias, no merecía toda la arbitrariedad que le echaron encima, empezando por este “chacal” llamado Judas. Debemos tener cuidado porque es una cizaña que se da fácilmente como toda hierba mala. Jesucristo hizo una obra tan perfecto, fue tan espléndido su amor que nos deja “fuera de lugar”, rápidamente se hace notorio la ingratitud de quienes lo rechazan, porque de parte de Dios es actuar siempre con santidad.

El pecado es siempre una traición a quien nos ha amado hasta el extremo. Con razón la piedad popular se ha metido despiadadamente contra Judas, por medio de la quema de Judas o de su ahorcamiento. Lo malo es que a veces no nos damos cuenta que Judas vive en nuestro corazón. Somos hijos de Dios, amigos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo, actuar fuera de estos privilegios nos hace traidores. Quememos a Judas, mochémosle el pescuezo, pero al que vive dentro de nosotros. Los traidores de Dios tenemos el mundo come está, continuamente “vendemos nuestra primogenitura por un plato de lentejas”, negociamos nuestra conciencia y dignidad. Me detengo en esta nefasta actitud de Judas, porque a través de ella podemos analizar todas las demás, la de los amigos y la de los enemigos. La actuación de Pedro no es menos indignante, porque también había sido sacado del anonimato por Jesús. Fue de los amigos cercanos que llegó a presumir que daría la vida por Jesús y que sin embargo lo niega por tres veces. Ni siquiera se le acusaba a Pedro durante el juicio de Jesús, simplemente se le señalaba como amigo del Galileo, él juró y perjuró que no lo conocía. Quizás sea más grave la culpa de Pedro, porque Jesús había tenido muestras de amistad más especiales hacia él y sin embargo lo rechazó. Lo que salva a Pedro es su arrepentimiento al que no se abrió Judas. Pero ambos se avergonzaron y escandalizaron del Hijo de Dios, ese que el centurión romano supo reconocer.

El Hijo de Dios, tal como él se manifestó sigue siendo desconocido. Si esto hicieron los amigos, qué podemos esperar de los enemigos. El Sanedrín junto con Herodes, el poder religioso, prefieren hacer alianza con sus acérrimos enemigos antes que abrirse a la verdad de Dios que los cuestiona. Algo semejante sucede en nuestro tiempo, preferimos hacer alianza con el mundo vanidoso, arrogante que nos humilla frecuentemente antes que ponernos de rodillas frente a Dios. Ofrecemos sacrificios a los ídolos de la arrogancia y el poder, que después se beben nuestra sangre, así nos gusta. Pero en la opinión pública se oye que Jesús y su evangelio es el peligro. De ahí que suena un tanto cierto el refrán que dice: Tenemos lo que merecemos. A veces pareciera que el enemigo es Dios y seguimos gritando: ¡crucifícale!, ¡crucifícale!   No soportamos la santidad de Dios, que nos quiere educar para que vivamos como verdaderos hijos suyos; preferimos ofrecer sacrificios a los falsos dioses que al Dios vivo y verdadero. Los religiosos se sienten amenazados por que Jesús les ha denunciado su apariencia, su culto vacío, su ambición; también les ha anunciado la infinita misericordia de su Padre. El Dios que hace más fiesta por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos fue un total escándalo. No hubo cosa que más fustigara Jesús que la insensibilidad de las autoridades frente a los pobres y pecadores, y  más aún su hipocrecía. Todo el que es intolerante tiene un falso celo. El Sanedrín obró como clase política perversa bajo el principio de que el fin justifica los medios. Este razonamiento es otro demonio que amenaza a nuestro mundo y que Jesús nos ha venido a demostrar que sólo el amor capaza de morir a sí mismo puede poner a salvo la vida de todos y de cada uno. 

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