Escuchar es una actitud de vida o muerte, puede significar la diferencia entre ganar la vida o perderla. Este domingo de cuaresma contemplamos en el libro del Génesis a un hombre que sabe escuchar: Abraham. También él tuvo que emprender un camino de esfuerzo, silencio y renuncia para aprender a escuchar a Dios y saber distinguir entre la voz del mundo y la voz de Aquel que lo invitaba a una aventura de plenitud y fecundidad de vida. La voz del mundo es ruidosa y confusa, la de Dios tranquila y clara; el mundo habla de cosas secundarias, Dios habla de lo más amado; la primera voz se dirige al oído, la segunda, al corazón. ¡Este domingo hay que escuchar con el corazón! Gracias a que Abraham escucha a Dios, una y otra vez, es que pudo salvarse su hijo Isaac. ¡Cómo se salvarían muchos hijos y muchas familias si escucháramos con el corazón, una y otra vez, a Dios! Es lo que pedimos en la oración colecta de este domingo, que podamos cumplir con el mandato de escuchar a Jesús.

Ésta ha sido la experiencia de Pedro, Santiago y Juan al lado de Jesús, suben juntos a un monte alto, donde son testigos de la transfiguración de su Señor. Y es que acompañar a Jesús nos va permitiendo descubrir la Gloria de Dios en nuestras realidades humanas, acompañar a Jesús sigue dando sentido al esfuerzo, al trabajo, al sacrificio, incluso a la enfermedad y el sufrimiento. Dios no se contiene, ni se reserva nada, este domingo nos da la clave que transforma, o mejor dicho, transfigura verdaderamente el corazón, la vida entera. Nos ha dicho: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”. En este acto diario se juega toda la vida del creyente, vivir esta cuaresma tiene  que ser el camino de quien vuelve a escuchar a Dios y entonces descubriremos que Dios sigue pidiendo que tomemos lo más amado y se lo entreguemos a Él,  sabiendo que Dios lo ha hecho primero: “No nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”. Ha llegado la hora de escuchar.

Pbro. César Carrillo León

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