“Ensuciémonos” las manos como Jesús.

El evangelio nos relata el encuentro de Jesús con un leproso, la lepra en el contexto judío era interpretado no solo como una enfermedad física sino también como una impureza merecida por los pecados cometidos y por lo mismo pretendiendo preservar “la pureza y santidad del pueblo de Dios” eran rechazados y marginados a vivir fuera de las comunidades, como lo podemos leer en la primer lectura del libro del Levítico, y quien llegara a tener el más mínimo contacto con ellos de igual manera era marginado y declarado impuro. ¿Y qué hace Jesús? Como siempre viene a sorprendernos,  lo primero que nos manifiesta el evangelio es  que se compadece, Jesús es capaz de ver en lo más profundo la situación de marginación en que se encuentra este hombre y no lo rechaza por miedo a quedar impuro, sino que se detiene para atender su necesidad.

 

Ante este pasaje pudiéramos reflexionar en dos sentidos que a su vez van estrechamente ligados:

 

Primero: Una consecuencia física de la lepra es el dañar el sistema nervioso ocasionando la perdida de la sensibilidad, es decir, los enfermos pueden quemarse o herirse sin llegar a darse cuenta. Y aquí pudiéramos preguntarnos, ¿nuestro corazón no sufrirá de esa enfermedad que nos puede hacer perder la sensibilidad ante la necesidad del otro?, ¿no hemos perdido la capacidad de compadecernos del hermano a tal grado que muchas veces los relegamos, ya sea por su condición física, social o económica, por algún resentimiento o situación que no lo logramos perdonar?.

 

Y en segundo termino y no menos importante: ¿que tanto pudiéramos aprender de este leproso que reconoce en Jesús a alguien a quien puede acercarse? Lo hace con tranquilidad sabiendo que Él puede ayudarlo y se confía totalmente a su voluntad diciéndole: “Si tú quieres, puedes curarme”, que delicada y abnegada propuesta de este hombre que se encuentra en una situación limite de su vida en donde ya no tiene ninguna oportunidad y sin embargo no exige cosa alguna, sino que le suplica respetuosamente, cuanta docilidad no nos enseña al plantarnos delante de Dios en nuestras necesidades y dócilmente confiarnos a su voluntad, la cual siempre tendrá como acción la intensión de tocarnos en lo más profundo de nuestra vida y decirnos: “Sí quiero…” porque el querer de Dios en nuestro favor siempre estará a la puerta, pero ¿nosotros somos capaces de reconocernos necesitados de Él y dejarnos tocar?, porque estas fueron las claves que al leproso le permitieron gozar de las maravillas que Jesús sabe obrar.

 

Acerquémonos confiadamente a nuestro buen Dios que está pronto para tocar nuestra realidad, la vida que estamos viviendo, y transformarla como lo hizo con este leproso; y si nos dejamos tocar por Él al experimentar su compasión, perdón y amor indudablemente que nos hará recobrar la sensibilidad por las necesidades de nuestros hermanos y atrevernos a “ensuciarnos” las manos para ir al encuentro de los más necesitados y marginados de nuestra sociedad con la convicción que nos propone San Pablo, y que luego San Ignacio haría suya, “hacer todo para gloria de Dios…sin buscar mi propio interés, sino el de los demás, para que se salven”, y así, actuando como Jesús, también nosotros alcancemos la salvación en el servicio y amor al prójimo.

 


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