Lc 21, 25-28.34-36

En la liturgia católica iniciamos, este domingo, el año de las celebraciones del misterio de Cristo. Y seremos conducidos a la celebración de los diferentes momentos de la vida de Jesús por el evangelista san Lucas. Lucas le escribe a una comunidad que casi había perdido toda esperanza. La región en la que habitaba esta comunidad había sido el centro del mundo al cual le habían impuesto su cultura; hasta nuestros días tenemos influencia de la cultura griega, sobre todo a través de la filosofía. Pero esta región era ahora una simple colonia del imperio romano, que los había conquistado y había saqueado lo mejor de su cultura. La confianza que habían depositado en sus filósofos, en sus poetas, en sus reyes sabios, ahora tenían que conformarse con liderazgos torpes por la ambición, con tiranos que imponían las condiciones que querían a aquel pueblo desilusionado. Frente a esta situación, Lucas les dirá que Cristo es el verdadero Señor. El único en quien vale la pena creer, el único que puede dar sentido a la vida del hombre. Les anuncia que Jesús es el único que salva y libera. Pero su salvación no se realiza desde el poder ni desde el tener, ni desde una presencia avasalladora. Jesús es el Señor que salva desde la misericordia y la ternura con los pobres y los débiles. La misericordia, la ternura de Dios es el tema fundamental en este tercer evangelio.

En este sentido el capítulo 15 es central, y en él de modo especial la parábola del hijo pródigo o del padre misericordioso. Providencialmente será este evangelio el que nos guíe en este “año de la misericordia”. En cuanto al texto que hemos escuchado es una invitación a la esperanza. Comenzamos hoy el tiempo de adviento, tiempo de preparación a la celebración de la navidad. En los siguientes domingos celebraremos cómo fue la espera de la llegada del Dios niño que nació de la manera más humilde. Se puso totalmente a merced del tratoque el mundo le quiso dar. Podemos decir que esta venida no sólo fue preparada pasivamente por quienes esperaban, sino que ellos mismo provocaron que los tiempos fueran propicios para el nacimiento del hijo de Dios. Pero ahora este texto nos sitúa en la espera nuestra, no la de Isaías, María o Juan el Bautista. Nosotros ya no esperamos el nacimiento en la carne del hijos de Dios, sino que esperamos el juicio final. Aquel que en su primera venida se sometió a nuestro juicio vendrá a juzgar todas las cosas. Y aunque está dicho de una forma muy dramática, en realidad se trata de una muy buena noticia: Dios vendrá a poner en su lugar todas las cosas. El reinado de Cristo, del que hablábamos el domingo pasado, se llevará a cabal cumplimiento. En otras palabras, es hablar de las aspiraciones de amor y de verdad que existen en el corazón del hombre, pero descritas con un lenguaje misterioso que es el único que puede respetar toda la inmensidad del misterio de la salvación.

Pero más allá del truco de estas palabras que quieren revelar pero más esconder, está la actitud de fe que suponen. ¿Quién se atreve a pensar las cosas de manera totalmente diferente a como son ahora, como lo hace Jesús? Y hacerlo con una actitud muy comprometida, esto es que no simplemente eche a andar su imaginación. Gente que vende ilusiones falsas hay por todos lados, lo cual encuentra terreno abonado en la superstición. Nos gustan las soluciones de buena suerte o de buena estrella, y no tanto las que comprometen nuestra libertad y responsabilidad. Jesús comete la osadía de salir hacia las realidades futuras y más definitivas, no por el camino de la adivinación o la magia, sino por el camino de la esperanza cristiana. La fe nos permite encontrar las salidas que tiene el momento presente hacia el futuro, no por evasión, sino por el compromiso que tenemos con el día de hoy. Jesús somete a juicio a este mundo, para revelarnos las realidades definitivas y ayudarnos a sostener los combates de cada día.

 

Pbro Martín Barraza Beltran

Rector del Seminario.

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