La liturgia de la misa, cuando ya faltan pocos días para que termine el año litúrgico, nos recuerda esta verdad de fe que la Iglesia confiesa en el Credo: “la segunda venida de Cristo, cuando vendrá glorioso y triunfante, a juzgar a vivos y muertos” (Cf. Símbolo Niceno-Constantinopolitano).

La segunda venida de Cristo es designada frecuentemente en la Sagrada Escritura con el término griego “parusía”, que en el lenguaje profano significaba la entrada solemne de una emperador en una ciudad, donde era saludado como salvador de aquella tierra. El momento de la entrada, que siempre tenía algo de inesperado, era tenido como día de fiesta y, a veces, era el punto de partida para “tiempos nuevos”, para comenzar algo nuevo.

Para nosotros, la llegada de Cristo será la gran fiesta, pues comenzará una nueva forma de existencia, donde cada uno –cuerpo y alma- dará gloria a Dios en una eternidad sin fin.

Nuestro Señor Jesucristo, como Juez de la historia y vencedor de las fuerzas del mal, inaugurará definitivamente el Reino de Dios para todos los que se hayan mantenido fieles en la persecución.

“Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad. Y Él enviará a sus ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra lo más alto del cielo” (Mc 13, 26-27).

Nuestro Señor invita a sus discípulos a la vigilancia, a escrutar los acontecimientos, sabiendo captar en ellos la proximidad de su retorno glorioso y adherirse a su Palabra, que es más estable que el cielo y la tierra, que también “pasarán”. ¿Cuándo? No precisa, para que aprendan sus discípulos (nosotros) a confiar en el designio de amor y salvación del Padre.

Mientras, el discípulo de Jesús tiene que combatir el buen combate de la fe. Cristo ya ha vencido, pero continúa luchando en nosotros para que sea derrotado el mal y se extienda el reino de Dios hasta el día que sólo el Padre conoce.

 

“Cuidado con ilusionarse con ser dueños de nuestro tiempo. El tiempo le pertenece a Dios... Por eso la Iglesia, en este último período del año litúrgico, nos hace reflexionar sobre el final”. Nos decía el Papa Francisco en su homilía del 26 de noviembre de 2013.

Que completemos nuestra peregrinación terrena tendiendo a la patria celestial, para que quienes nos vean puedan comprender cuál es la gozosa esperanza que nos impulsa desde ahora. Que el Pan de la Eucaristía nos sostenga en las pruebas cotidianas, para que podamos ser encontrados fieles y vigilantes en su día glorioso.   

Que nuestra Madre Santísima, la Virgen María, vida, dulzura y esperanza nuestra, vuelva sus ojos misericordiosos a nosotros y después de este destierro nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre.  Amén.

Pbro. Leopoldo Prieto Rivero

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