Este domingo, 1 de noviembre, celebramos la solemnidad de todos los santos, es decir, de aquellos hermanos que habiendo concluido su caminar terrenal ya gozan de la Gloria, de la Vida eterna, esa vida definitiva que nos ha alcanzado el mismo Cristo Jesús, el Señor,  por su Pasión, Muerte y Resurrección.

Afirma tajantemente el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 954: “Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es”.

Durante su ministerio público, Cristo Jesús, mostró cual debía de ser el estilo de vida que ha de identificar a sus discípulos de todos los tiempos, Él a través de su Palabra describe la vida bienaventurada.

Nos dice en Mt 5,3: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Es bienaventurada aquella persona que ha puesto su vida en las manos del Señor, los que se han despojado o desprendido de cualquier supuesta seguridad o atadura y han puesto su confianza en el Señor. De Él viene su fortaleza, la paz, el consuelo, la alegría, el ánimo y toda clase de bendición. Ha puesto al Señor Jesús como centro de su vida.

Es una felicidad que el mundo nunca podrá ofrecer por más que se disfrace en algo atrayente y gustoso.

Nos dirá también en Mt 5, 8: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Será dichoso aquel que destierre de su vida el pecado, todo lo que lo contamina y destruye. El discípulo procura tener un corazón limpio, porqueevita ofender la santidad del Señor, y vive con la esperanza de gozar de su presencia para toda la eternidad.

Rogamos al Señor, nuestro Dios, para que por intercesión de todos los santos, un día también nosotros contemplemos su rostro y cantemos eternamente sus alabanzas. 

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