En el evangelio que se nos proclama este domingo aparecen unas palabras que pudieran pasar desapercibidas en medio de la controversia que pretenden plantear los fariseos y el gesto de amor de Jesús para con los niños, pero que creo que es un aspecto muy importante para adentrarnos en esos dos momentos, la dureza de corazón.

“Es por la dureza de sus corazones…”, son las palabras que utiliza nuestro Señor para comenzar a llevar a los fariseos en un reencuentro con la voluntad de Dios en cuanto al proyecto de vida que Él a concebido desde los inicios de la creación para su creatura amada, el ser humano; y son esas palabras las que nos ayudaran a comprender el gesto de abrazar a los niños, ponerlos como ejemplo e invitarnos a ser como ellos para recibir y entrar en el Reino de Dios.

Esta dureza de corazón precisamente que se puede ir propiciando en el ser humano cuando no se sabe amado y experimenta ese amor, cuando se siente rechazado por su entorno y la sociedad, cuando se va encerrando en su propio egoísmo e intereses, cuando comienza a buscar solo su propia satisfacción, cuando comienza a verse solo a sí mismo y pierde de vista que en su entorno también hay otras personas que son parte de nuestro diario vivir y que al igual que él también están en espera de experimentar ese amor que él mismo les puede brindar.

Es precisamente cuando se endurece el corazón del hombre y se vuelve egoísta y ese ego que puede ir creciendo en el interior se olvida de que el ser humano a sido creado en una concepción amorosa de Dios para que no este ni se sienta nunca solo (1er lectura Gn 2, 18) , para que pueda experimentar ese amor que colme su corazón y proporcionarle la ayuda adecuada para que pueda caminar con seguridad y plenitud esta aventura de la vida que se nos ha dado; cuando el corazón  del hombre se endurece se vuelve como el impermeable que no deja que nada lo empape  ni deja que nada entre, pero a la vez su superficie es tan compacta y en ocasiones rígida que tampoco deja que traspire nada a través de el; me explico, cuando permitimos que nuestro corazón se endurezca nos cerramos a toda manifestación de amor, afecto y cariño que la otra persona quisiera procurarnos, y a la vez ya no somos capaces de permitir que de nosotros brote ese amor hacía los demás y nos encerramos en nosotros mismos.

Cuando el corazón del ser humano se endurece se olvida de amar y es cuando entonces la compañía de la esposa o el esposo solo se ve cómo circunstancial y solo como eso, una compañía que se puede desechar cuando deje de darme lo que esperaba y pierde de vista el que no se trata solo de recibir, sino de darse en el amor hacía el otro, un corazón endurecido se olvida de que amar es la capacidad de ir al otro y encontrarme con él para ayudarle a crecer como persona, no solo esperar a que los demás (esposa, hijos, amigos) satisfagan mis deseos, placeres, anhelos, etc; es aquí donde se comienza a concebir el divorcio, es aquí donde el matrimonio se comienza a concebir como mero contrato de convivencia en donde si la clausula de satisfacción personal no funciona entonces lo puedo desechar y pretender “comenzar de nuevo”, es aquí donde la familia se desintegra y la sociedad comienza a dispersarse y a carecer de una experiencia estable de amor que le permita crecer y realizarse íntegramente como persona.

Cuando el ego llega a nuestro corazón y lo endurece no somos capaces de darnos en el amor a nuestros prójimos, llámese esposa, hijos, hermanos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo,  sino solo buscar nuestros propios intereses y no ver más allá de nuestras narices todo comienza a desmoronarse nos comenzamos a quedar vacíos porque no permitimos que nuestro interior (corazón) experimente el amor y obviamente se llenará de resentimiento y soledad.

“El que no es como un niño…” que en su inocencia, confianza y sabiéndose necesitado de sus papás, no podrá recibir el Reino de Dios; el ser humano que no cuida la pureza de su corazón (inocencia) para crecer en la confianza hacia su prójimo y se reconoce necesitado de los hermanos y de su Padre Dios para crecer e irse realizando le será muy difícil dejar entrar ese Reino de Amor que nuestro buen Dios nos ofrece constantemente en su hijo Jesucristo y por lo mismo le será imposible entrar en el Reino Eterno donde será colmado el corazón del hombre por el Amor pleno que es Dios.

No dejemos que nuestro corazón se vuelva impermeable y seamos como niños que se dejan llenar por esa experiencia fascinante del amor de sus padres, dejémonos amar por Dios y para poder vivir en esa alegría del amor a nuestros prójimos.

Pbro. Francisco Esparza

 

 

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