Inmediatamente antes del relato de la entrada de Jesús en Jerusalén y de su Pasión, Marcos nos narra la historia de la curación del ciego Bartimeo. Un mendigo ciego que está sentado al borde del camino y pide limosna.

 La incapacidad desdichada de la humanidad se ve de manera simbólica en la ceguera de Bartimeo. La gracia nos llama a responder con diligencia (San Agustín). El hecho de que Dios elija y prometa con seguridad, ni coacciona nuestra voluntad, ni tampoco se adelanta a una respuesta libre (San Juan Crisóstomo).

El pueblo que estaba en tinieblas está próximo a ver la luz de la Resurrección. Ante el grito de Bartimeo, que pide misericordia con insistencia a pesar de que todos lo quieren callar, Jesús se detiene y lo manda llamar. ¡Animo!, levántate, te llama. Cuando un cristiano cualquiera empieza a vivir bien y practicar buenas obras con fervor, desde los comienzos de su obra sufre las críticas y contradicción de los cristianos fríos; pero si persevera y es constante, los mismos que antes le molestaban llegarán a respetarle. Solamente quien no trabaja en este mundo deja de ser llamado por el Señor.

Es sorprendente la tenacidad del mendigo, quizá nosotros hacemos todo lo contrario: cuando se nos niega una petición, nos retiramos y muy frecuentemente nos queda un resto de amargura. Bartimeo no deja de pedir, lucha por su deseo de poder volver a ver.  En nuestro modo práctico de considerar la oración, (en caso de que la haya), podemos aprender del hijo de Timeo (Bartimeo) que cuando nos dirigimos a Dios de corazón, él siempre nos escucha. Si dirigimos nuestra mirada a Dios, sabiendo que no nos queda otro, más que él, y decimos: «tengo confianza en ti y pongo en tus manos mi alma, mi corazón y toda mi vida», entonces la desesperación nos conduce a la fe. Jesús escucha la necesidad de este hombre, siente que este mendigo realmente anhela la curación y la salvación. Y manda llamarle. Entonces Bartimeo tira su manto, da un salto y va hacia Jesús. Ya no necesita el manto que hasta entonces le ha cubierto. Abandona el papel y la máscara tras los que ha escondido su esencia verdadera. Se presenta ante Jesús tal como es. El ciego al dejar el manto, deja tras de sí una “vieja” vida para asumir una nueva detrás de Jesús. Quien estaba al margen del camino, ahora sigue a Jesús, que es el “camino” A los primeros cristianos los identificaban como los del “camino”. Jesús no lo cura inmediatamente, sino que le pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti? Esta pregunta nos invita a reflexionar: ¿Tengo claro mis necesidades? ¿Qué le hace falta a mí vida? Bartimeo sabe en seguida lo que quiere: Rabino, yo quiero recuperar la vista, “mirar a lo alto, mirar hacia arriba”

De Bartimeo, aprendemos la perseverancia en la búsqueda de Jesús. Es un modelo de discípulo que se encuentra con el Señor, como vidente sigue ahora a Jesús por su camino. Mientras los discípulos han permanecido sin entender, y por ello ciegos, Bartimeo es el único que sigue a Jesús con los ojos abiertos, reconoce en la oscuridad de la muerte, la luz salvadora de Dios. Ha sido capaz de elevar su mirada al cielo. Sólo con esta forma de ver,  puede seguir a Jesús en su calvario sin que de nuevo se le oscurezca la mirada. Quien como Bartimeo, pueda levantar los ojos al cielo con fe, reconocerá en la cruz al Dios que resucita a los muertos.

 

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