Mt. 2, 1-12

Mateo escribió su evangelio pensando en judíos convertidos al cristianismo. Es un evangelista que conoce muy bien la Ley y los Profetas. Esto puede explicar un poco porqué transmite esta narración de los así llamados “reyes magos”, que los demás evangelistas no cuentan. Este episodio está exigido por los escritos del Antiguo Testamento. Seguramente Mateo ve en la visita de  estos reyes, el cumplimiento de los anuncios  del profeta Isaías: “Caminaran los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora” “Te inundará una multitud de dromedarios, procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor”(Is 60, 2.6). También el Salmo 71 nos habla de un rey ante el que se inclinarán todos los reyes: “Los reyes de occidente y de las islas le ofrecerán sus dones. Ante él se postrarán todos los reyes y todas las naciones”. Esta era la manera como se anunciaba la llegada del Mesías: como un rey que establecería la justicia y la paz. Por lo tanto Mateo simplemente nos está diciendo que si unos reyes venidos de oriente han venido a postrarse ante Jesús, entonces este es el verdadero rey. Y precisamente le traen oro, incienso y mirra. También el lugar del nacimiento está previsto por los profetas y se cumple perfectamente en Jesús: “En cuanto a ti, Belén Efrata, que no destacas entre los clanes de Judá, sacaré de ti al que ha de ser soberano de Israel: sus orígenes se remontan a los tiempos antiguos, a los días pasados”(Mi 5, 1). Por cierto que este texto es recordado por los sumos sacerdotes y los escribas del pueblo. Es extraño que conociendo la palabra de Dios no hayan reconocido al Mesías de Dios. No es suficiente saber la letra de la Escritura, es necesario buscar el Espíritu que ha inspirado la palabra de Dios. La fiesta de la Epifanía es todavía la navidad, podríamos decir: la otra navidad. En la navidad del nacimiento de Jesús en un pesebre, se acentúa el aspecto del abajamiento del Señor y del desconocimiento de su nacimiento. Nuestras posadas cristianas captan muy bien este aspecto de ocultamiento, ponen de manifiesto que el Hijo de Dios es un completo desconocido para todos y llega a ser rechazado. Es un buen retrato de la suerte de Dios, en todos los tiempos: es tratado como un extraño, hasta llega a  ser considerado un intruso: “Aquel que es la Palabra estaba en el mundo; y, aunque Dios hizo el mundo por medio de él, los que son del mundo no lo reconocieron. Vino a su propio mundo, pero los suyos no lo recibieron”.(Jn 1, 10-11). Sin embargo, la fiesta de la Epifanía quiere ser la proclamación de ese nacimiento ante el mundo, representado por los “magos” que vienen de oriente a buscar al recién nacido. Como si se tratara de dos navidades que son una sola: la del nacimiento del Hijo de Dios en nuestra carne mortal y la de su nacimiento en el corazón del hombre. De nada hubiera servido su nacimiento físico, si no hubiera sido reconocido por los pastores, por los sabios de oriente, Juan el Bautista y tantos otros. Por el primer nacimiento Jesús es hijo del pueblo judío, por el nacimiento de la fe es hijo del nuevo pueblo de Dios que somos  todos los creyentes. La Epifanía es la fiesta del mundo entero, porque resuena el deseo de Dios de salvar a todos los hombres. Nadie debe sentirse excluido de la fiesta del nacimiento del Hijo de Dios, él ha venido para todos. Hay quien tiene algo que sentir contra Dios porque ha nacido en la raza judía y los demás quedamos fuera. Esto es no entender que las divisiones las hacemos nosotros. Dios nos ve iguales a todos. Quizás quien tiene más tendencia racista es el que tiene problemas con el judío de Nazaret. Escuchemos todo lo que Dios nos dice a través de él, desde su nacimiento. Si los sabios de oriente llegaron hasta él fue porque estaba a la intemperie, no estaba escondido en el templo de Jerusalén, en el palacio de Herodes, ni en su raza, ni en sus tradiciones, estaba ahí simplemente bajo el cielo, sin ninguna barrera. Este es el mensaje que nos da Dios en esta fiesta de la Epifanía: que no está encerrado, asegurado, acaparado, está a disposición de quien quiera encontrarlo. Ciertamente su pueblo lo esperaba para esconderlo, para afianzarse a sí mismo contra los demás pueblos. El pueblo judío tenía sus planes para el Mesías: con él golpearía a sus enemigos, conquistaría el poder. Al nacer, Jesús, no compra el pleito de su pueblo contra las naciones, sino que llega como amigo de todos. Esto es lo que no le perdonarán nunca los judíos a Jesús: el que no los haya afianzado por encima del mundo. Negaron oficialmente su nacimiento, se avergonzaron de él. Sin embargo Dios continuó su fiesta con todos los que lo aceptaron, judíos o no judíos: “Pero a quienes lo recibieron y creyeron en él, les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios, no por la naturaleza ni los deseos humanos, sino porque Dios los ha engendrado”.(Jn 1, 12-13). Aquí comienza la verdadera globalización, Dios nos anuncia que toda la humanidad somos una sola familia. Jesús, con su nacimiento pone las bases para un proyecto de hermanos. Los que eran considerados paganos, infieles o condenados pudieron participar en la fiesta con derechos propios. Toda otra dinámica es excluyente, la dinámica del dinero, de la ideología, del bienestar, de la vanidad, descarta a muchos. Algo de esto nos dice el Papa Francisco en su Exhortación: “La alegría del Evangelio”: “Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del “descarte”. Los excluidos no son “explotados” sino desechos, “sobrantes”(EG. 53). “Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se revierta la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provoca su explosión”(EG 59). Sólo en Jesucristo nos podemos hermanar: “él ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el muro de enemistad que los separaba… Él ha creado en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad, restableciendo la paz… Su venida ha traído la buena noticia de la paz: paz para ustedes los de lejos y paz también para los de cerca; porque gracias a él unos y otros, unidos en un solo Espíritu, tenemos acceso al Padre”(Ef 2, 14-18). “¡Dichoso el que no se escandalice de mi!”(Mt 11, 6), decía Jesús a los discípulos de Juan el Bautista, cuando este le mandó preguntar: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”(Mt. 11, 3). Los sabios venidos de oriente, no se escandalizaron de aquel espectáculo tan pobre, no se desilusionaron, sino que lo adoraron, que es el nivel más alto de la fe: no cuestionar, no defenderse, no reclamar, sino aceptar, obedecer, regocijarse en que Dios haga las cosas como le plazca, y suceda lo que suceda su lugar esté asegurado en nuestro corazón. ¿Científicos, economistas, filósofos, políticos, intelectuales, ateos, politeístas, monoteístas?, quién sabe que serían aquellos hombres, pero se postraron y lo adoraron, reconocieron sus límites, que no eran muy estrechos por cierto, y sin embargo “todo lo consideraron una pérdida con tal de ganar a Cristo Jesús”. Él es nuestra paz.

Pbro. Lic. Luis Martín Barraza Beltrán
Rector del Seminario

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