Mc. 1, 7-11

Nuevamente el Bautista, que en el adviento nos ayudaba a prepararnos al nacimiento de Jesús, invitándonos a construir un camino justo y verdadero para que Dios pudiera llegar a nuestras vidas, ahora contribuye con la Epifanía, es decir con la misión de dar a conocer al Hijo de Dios que ha nacido y habita en medio de nosotros. La Epifanía simboliza el nacimiento de Dios en el corazón de todos los pueblos. La fe se mueve entre el hablar de Dios que ha hecho carne su Palabra(Jn 1, 14) y la escucha del hombre. Sin la respuesta humana no está completo el misterio de Navidad, son necesarios los dos movimientos: Dios que sale al encuentro del hombre y el hombre que va al encuentro de Dios. Ahora el Bautista nos da testimonio de escucha del Espíritu que le revela al Mesías, ayudando a su pueblo a ir al encuentro del Mesías. Si ahora puede darnos testimonio con toda la fuerza que viene de lo alto: la voz del Padre y la presencia del Espíritu, es porque él lo ha recibido primero. Juan Bautista ha dado pruebas de que quiere el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento para su pueblo, cree que la historia necesita un salto cualitativo, una intervención portentosa de Dios, ser “bañada” no con iniciativas humanas, sino con el proyecto de Dios; la salvación del mundo no está en sí mismo, sino que necesita otro tipo de sabiduría, la gracia de Dios, su Espíritu. Recordemos cómo se arranca de la tradición sacerdotal a la que pertenecía su familia, su padre Zacarías era sacerdote del Templo de Jerusalén. Él dio pruebas de que estaba guiado por el Espíritu de Dios por medio de un testimonio de pobreza y coherencia admirables. La prueba más grande de su inteligencia de las cosas de Dios lo manifestó en que todo lo consideró una pérdida frente a Jesucristo(Flp 3, 7). De nada hubiera servido todo su heroísmo si no se hubiera puesto de rodillas frente al misterio de Cristo. Así como de nada sirve toda grandeza humana si no está sometida al misterio de Dios. Ni siquiera la misma religiosidad, como en el caso del Bautista o de san Pablo, tienen algún sentido al margen del Evangelio. El más grande celo religioso sólo será auténtico si nos conduce al testimonio de Jesucristo. Por ejemplo, el celo de los escribas y fariseos, se reveló orgulloso y soberbio frente a Jesús, al cual con su sabiduría lo acusaron de todo, y no lo reconocieron como Hijo de Dios. En cambio Juan, con más méritos qué presumir pudo zafarse de su propia “perfección” y considerarla simple “bautismo de agua” frente al “bautismo de fuego”. Reconocer la necesidad de una fuerza de lo alto, sigue siendo el llamado del Bautista: los creyentes necesitamos ser evangelizados, recomenzar desde Jesucristo; el mundo necesita ser “bautizado en el espíritu”, es decir abrir todos sus espacios a Dios. La salvación del hambre, de la injusticia, de la violencia, no le llegará sólo a través de sus proyectos políticos o culturales, esto es simple “bautismo de agua”; debe como el Bautista someter su sabiduría a la de Dios. 

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