30 de noviembre del 2014

“ESTAD ATENTOS Y VIGILAR (MC. 13, 33ª)” VELAR Y VIGILAR EN LA PEREGRINACIÓN DE ESTA VIDA

Las fatigas de un desierto, la vida: caminar bajo el sol, las luchas y trabajos diarios, cargando el propio peso y el del equipaje, el de nuestro pecado y quehaceres de este mundo; estar al pendiente de los peregrinos que nos acompañan; los cuales no hemos elegido  pero a los cuales aceptamos como don y amamos, son nuestra familia, amigos, conocidos y personas que se nos han encomendado como los enfermos, los desvalidos, moribundos, encarcelados, aquellos que nos es difícil amar. 

Cruzar el desierto es algo pesado; cuando cae la noche: de los problemas personales: la enfermedad, el propio pecado, los defectos personales y de los demás que nos acarrean problemas, la muerte de un ser querido, nuestras fuerzas débiles y la impotencia. La anoche en el desierto se vuelve fría, de ausencia. El frio de ausencia es cuando te quema los huesos, nada te consuela, necesitarías de una compañía grande que pudiera hacerte calor. El silencio permanece y el frio aumenta; la duda, el trabajo y las fuerzas pueden menguar para luchar y poder amanecer al día siguiente. 

Por la noche, cuando se siente la ausencia de todo y el frio cala hondo la expresión del peregrino es la misma del profeta: “ojala rasgarás los cielos y vinieras estremeciendo las montañas (Is. 63, 19b)”; se trata del grito de una persona que al no sentir la presencia de alguna compañía en medio del desierto se rasga las vestiduras, aruña su rostro implorando una presencia más grande que la suya; la ausencia en el peregrinar del desierto hace más pesado el viaje, todo se vuelve frágil, y aún el día es noche. El terror más grande en la ausencia de Dios son los pecados: “nos ocultas tu rostro y nos dejas a merced de nuestros pecados”, porque la oscuridad más grande del hombre es hacer el mal y alejarse de Dios en este peregrinar de la vida; no hay mayor espanto que el propio interior el cual nos lleva a encontrarnos con la maldad propia para cambiar. 

Sin embargo, somos hechura de un Padre que nos formó del barro (cf. Is. 64, 7), nos conoce frágiles y nos responde cuando lo imploramos como lo vemos en el Evangelio, nos da un consejo para esperar la presencia del Señor: “velen y estén preparados… “como el Señor cuando sale de viaje encarga al portero que este cuidando (Mc.13, 33-34)”. El Señor ante el frio de la ausencia y el mal humano del pecado no nos deja desprovistos, nos dice que velemos. El velador debe tener bien fijos sus ojos en los cuatro puntos cardinales y debe tener actitudes de firmeza: y los cuatro puntos cardinales en la el desierto de la vida son velados por las virtudes cardinales; como un castillo que tiene cuatro torres con cuatro vigilantes para que ningún enemigo entre para derrotar al pueblo. De la misma manera en este caminar, del desierto de la vida, debemos guardarnos en estas cuatro torres que son: la fortaleza: da firmeza en las dificultades; la prudencia: nos ayuda a elegir el verdadero bien para nuestra vida; la templanza: no nos permite arrastrarnos por la pasión y elegir bienes aparentes, como alimentos que no nutren la vida espiritual; y la justicia: que es darle a Dios lo que le corresponde y al hermano: el amor sobre todas las cosas a Dios y el amor al hermano, tratándolo como nos gustaría que nos trataran (cf. CIgC 1806-1809). 

El señor dice también que no se sabe a qué hora puede llegar: “madrugada, día o noche (Mc. 13 35b)”.   Y así como son tres momentos del día también son tres momentos por los que se pasa en el desierto. Para ayudarnos en estos momentos, el Señor nos ha dado las virtudes teologales. Porque al amanecer en el desierto el camino puede parecer imposible; largo porque el horizonte parece interminable, un camino sin fin; pero la virtud de la fe nos alienta a vencer en este camino de la vida, dándonos la certeza de que no estamos solos como lo dice el Señor: “animo, no tengan miedo yo he vencido al mundo, y esta es el arma que vence al mundo: la fe, la fe en saber que Él esta con nosotros todos los días hasta el fin del mundo como lo experimentamos en el sacramento de la Eucaristía (cf. Jn. 13, 33; Jn. 5, 2; Mt. 28, 19)”. 

Al medio día llega la monotonía porque nos parece que todo es repetitivo, que se camina en el mismo lugar como dando vueltas sobre la misma rueda; esto puede pasar con el año litúrgico que terminamos, como si diéramos vuelta en el mismo lugar en todas las celebraciones de la Misa; pero no, porque esta rueda es como una escalera ascendente, que va subiendo hacia el Reino definitivo, por ello nuestra esperanza impera sobre el tedio porque tenemos un fin y ese fin es la alegría eterna en Jesucristo; si lo vemos de este modo nuestro camino no es absurdo: por eso es que somos las personas más felices pues nuestra alegría no termina en este mundo (cf. 1Cor. 15, 19). 

Lo más peligroso es la noche, y para la noche esta la virtud de la caridad, el amor. Si bien, la noche es lo más peligroso en el desierto, el amor es lo más fuerte de las virtudes. El amor no ceja esfuerzos, ni escatima entrega; aunque la fe se vuelva oscura y la esperanza parezca tornarse sin sentido, el amor engendra la fidelidad y la perseverancia, empuña el arado sin echar la vista a tras; el miedo queda vencido y se está dispuesto a morir por llegar a contemplar al ser más amado que es Dios mismo, quien nos llamó a la vida y a la comunidad de la Iglesia para caminar por este desierto y llegar a un oasis, oasis que es el mismo don del cual nos habla San Pablo en la Segunda Lectura: un don del Padre que es el mismo Hijo y nos lo da por el Espíritu Santo (Cf. 1Cor. 1, 4ss). Se trata, pues, de un oasis que nunca termina; este oasis, el cielo, se podría ver solo como una ilusión, un espejismo, una caricatura pero San Pablo nos lo explica: Ahora vemos como en un espejo… Entonces veremos cara a car. “Ahora conocemos de un modo parcial, pero entonces conoceremos… ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, el amor. Pero la mayor de todas ellas es el amor Cf. 1Cor. 13, 12-13)”.

Al final del caminar del desierto de la vida el Padre que nos creó para vivir en el Hijo fortalecidos por el amor del Espíritu Santo nos preguntará ¿Velaste con fuerza,  templanza, paciencia y justicia? ¿Viviste el día a día con fe, esperanza y amor?


Luis Ramón Mendoza López
IV Teología 
“In hoc signo vinces”

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