14 de Diciembre 2014

Jn 1, 6-8. 19-28

“El que tiene la novia es el novio; pero el amigo del novio,… se alegra mucho con la voz del novio”(Jn 3, 29). La grandeza de Juan el Bautista es que supo ubicarse muy bien frente al proyecto de Dios. Esta oportunidad la tenemos todos: reconocernos desde el plan de Dios, todos somos simples amigos del novio. Todos los problemas comienzan cuando le queremos quitar la novia al novio. La novia es la humanidad, el mundo, la creación, el novio es Dios y punto. Quien quiera ocupar el lugar del único novio es un amante egoísta, que sólo busca el propio interés. Claro que esta imagen está pensada desde una cultura donde un novio era para una novia y viceversa, la fidelidad es lo que está de por medio aquí, en nuestro tiempo parecen más flexibles estos conceptos.  El testimonio del Bautista vale no sólo para su momento histórico, sino para todos los tiempos, en todos los asuntos y para creyentes y no creyentes: el problema es el adulterio hacia Dios, es decir, nos estamos apropiando de los derechos del novio-esposo. Todos los demás adulterios(abusos) nacen de este fundamental. Si le “ponemos los cuernos” a Dios, porque nos adueñamos de lo que él tanto ama, qué no seremos capaces de hacer unos con otros. Lo admirable del Bautista fue haber respetado castamente a la novia que se le había confiado. No se pierde por un solo instante, sabe que está al servicio de las ilusiones de Dios y no de sus propios intereses: “Nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo”. (Jn 3, 27). Está muy comprometido con su pueblo, ha trabajado mucho en la oración y el silencio(desierto) para apurar las promesas de Yahvé en favor de su pueblo, pero sabe que eso no le da ningún derecho a tomar nada que no le pertenezca. Juan es profundamente respetuoso de los derechos de Dios y de los demás. Porque supo administrar las cosas pequeñas, se le confió lo grande(Lc. 16, 10-13). Pudo haber aprovechado la confusión, porque el pueblo no sabía quién era su esposo, ha “rodado” de amante en amante(Os 2, 4-15). Ahora, también, aparecen insinuaciones de si no será él el novio, le agradaba Juan al pueblo, este le “coqueteaba”. Juan responde con toda claridad: no soy el Mesías, no soy Elías, no soy el profeta. Pareciera que es un apocado, un miedoso, sin embargo, el reconocimiento de sus límites serenamente procede de sentirse elegido para una misión: “Yo soy la voz que grita en el desierto…”  Sólo el amor de Dios es capaz de sanar todas las ambiciones humanas y nos permite reconocer nuestra identidad. Cuando Juan denunciaba los pecados de su pueblo con aparente ira, no hablaba desde el resentimiento humano, sino desde la paz que ponía Dios en su corazón. No tenía necesidad de pedirle limosna al mundo, deseaba poco, porque Dios lo consolaba interiormente. No necesitó robarle la novia al Mesías. Para qué arrebatar a quien le daba más de lo que le pedía. Esta disposición debe tener todo aquel que quiera prestar un verdadero servicio al Evangelio.

Pbro. Lic. Luis Martín Barraza Beltrán
Rector del Seminario

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