EL SEMINARIO: CULTIVO DE UNA VOCACIÓN PARA EL SERVICIO

Ordinariamente nos referimos al seminario pensando en los edificios donde viven y se forman los seminaristas, lo cual es cierto. Sin embargo, el seminario, es principalmente una comunidad de discípulos que busca llenarse del Espíritu de Jesucristo, para poder decir con san Pablo: “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí”(Gal. 2, 19-20). El reto es llegar a poseer el Espíritu del Buen Pastor y no solamente asumir una estructura y unas habilidades. Se trata de todo un proceso que conduce a una plena identificación y asimilación con Cristo, encarnado, muerto y resucitado, de quien depende toda la gracia sacerdotal: “Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada”(Jn 15, 5)(NBFSM 49). El peligro del funcionarismo y el clericalismo son los enemigos a vencer durante todo el proceso formativo. Con estas palabras estoy pensando en “los asalariados” o “mercenarios” de que habla Jesús: “El ladrón viene solamente para robar, matar y destruir… el asalariado, cuando ve venir al lobo deja las ovejas y huye”(Jn 10, 10.12). La búsqueda de “sataus” social impide la vivencia de la experiencia fundamental, la única que nos puede hacer hermanos y servidores de los demás: la gratuidad de la vocación. Caer en la cuenta de que por la gracia de Dios somos lo que somos(1Cor 15, 10) nos preserva de adueñarnos de la vocación y del querer administrarla como propiedad privada para beneficio personal. En la mentalidad ordinaria cuando se habla del sacerdocio se piensa en que lo específico, lo que lo distingue de todos los demás oficios es que es una vocación, decimos. Quizás no sea correcto este pensamiento, pero nos sirve para expresar que la vocación sacerdotal procede directamente de Dios y nadie puede utilizarla para provecho propio, lo cual es válido para todos los demás servicio. Pero si todas las demás profesiones son un don de Dios para la comunidad, la vocación sacerdotal se debe distinguir de todas las demás por hacer sentir el servicio amoroso de Dios. De lo más contradictorio que pueda haber es que una vocación consagrada a Dios viva para sí mismo. Esta es la mística que se trata de inculcar por medio de las cuatro dimensiones: espiritual, académica, humano-comunitaria y pastoral, trabajándolas muy estrechamente unidad entre sí. Se insiste en hacer la diferencia por encima de todas las demás vocaciones, pero única y exclusivamente por el alegre y humilde servicio que Dios nos regala realizar. En realidad esto se puede vivir desde cualquier vocación. La única distinción que se debe aceptar es la de ser servidores. Está prohibido querer distinguirse por cualquier otro motivo. En medio de la crisis vocacional que se vive, los llamados al sacerdocio queremos ser testimonio de que la felicidad está en poner nuestra vida, nuestra persona al servicio de los demás, ofreciendo lo único que tenemos: “la insondable riqueza de Jesucristo”(Ef 3, 8). El sentido de la existencia sólo se recupera por el amor que no espera recompensa. Esto será posible en la medida en que no apartemos la mirada de Jesucristo, el que no ha venido a ser servido sino a servir. Conocer, amar, seguir a Jesucristo es lo único que puede formar santos sacerdotes, como se lo pedimos a Dios en la oración.

 

"Les invito a seguir orando por su seminario"