“Da más miedo una persona triste que una legión de demonios”, afirma Santa Teresa. Cuando la tristeza finca su morada en el corazón humano, contemplamos el sin-sentido total de la existencia. Se eclipsa el horizonte que genera optimismo y motivación alguna. En efecto, quien está abrumado por una tristeza tan arraigada es capaz de cometer los daños más atroces que la mente humana puede concebir.

¿Cómo describir la sociedad actual?, Se concibe como apática, se queja de todo desde la comodidad de un móvil, desde la mediocre “autoridad” que genera una red social; rechaza irracionalmente y sin oportunidad de diálogo a quien no comparte el pensamiento común; exalta a personajes irrelevantes pero desconoce a los que hacen arte verdadero, a intelectuales con pensamiento propositivo y revolucionario; espera con ansias el fin de semana, pues gran porcentaje no está satisfecho con su trabajo cotidiano; cuerpos ejecutados por todo el estado; robo de vehículos sin tomar en cuenta la hora o si la avenida es transitada o no; abuso y pésimo uso de la autoridad tanto en política como en la Iglesia. Por mencionar solo las realidades que más están a la vista.

Estos rasgos no son generadores, sino generados. Es decir, consecuencia o manifestación de un problema más profundo aún: una depresión social.

 “¿Por qué mataste a aquél señor?”, “¿Por qué abusaste de esa jovencita?”, “¿Por qué te hiciste daño?”, “¿Por qué humillas a quien consideras inferior?”, “¿Por qué le quitas el automóvil?”, “¿Por qué huyes de tu realidad mediante el alcohol?” “¿Por qué te quejas de todo?”… Preguntas directas a quien en alguna ocasión ha llevado a cabo estas u otras acciones. ¿Cuál sería su posible respuesta?: “por venganza, por dinero, por diversión, por estrés”. No se descartan las condiciones que rodean su existencia, sin embargo, la realidad originante, o generadora, es “por tristeza”. Quien se encuentra satisfecho con lo que es, con lo que tiene, incluso con lo que carece, procura, más que evitar el mal, hacer el bien. Aquél que tiene un “por qué”, busca un “cómo” (Nietzsche) para llegar a él. Un “cómo” que no ve en el prójimo un medio abastecedor, sino alguien a quién dignificar y proteger, pues sabe que es alguien que comparte sus mismas luchas e ilusiones. Aunque su “cómo” puede variar, de fondo su “por qué” es el mismo: vivir con dignidad.

Han pasado tantos años en que generaciones dan oportunidad para que las estructuras existenciales se forjen con esta visión pesimista y reducida acerca del hombre mismo y del mundo. ¡Y qué decir de la concepción de la divinidad!

Ante este panorama es preciso un mensaje, en primer lugar, atrayente para la cultura actual; un mensaje de esperanza y que traiga consigo un horizonte no idealizado, sino palpable y con sentido; una Buena Nueva… y más que una noticia, una Persona plena y atractiva, que contemplando su profunda experiencia de Dios y de amor al prójimo, sobre todo a los más vulnerables, sea motivo de esfuerzo por alcanzar ese nivel de existencia humana. Es necesario mostrar el horizonte que tiene rostro: Jesús de Nazaret, el “por qué” de la existencia humana. La antítesis total de la tristeza.

Alan Barrio

Teología II

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