La visión de Dios es algo que precisa estar siempre en discusión, pues es precisamente su misterio e incomprensibilidad lo que no puede dejar a nadie indiferente a lo que prefiera creer. El diálogo interreligioso favorece a la hora de concebir una aproximación de la visión de Dios; abarcada no sólo desde una amplitud teológica y doctrinal, sino desde el actuar del hombre: conforme sea la visión que se tenga de lo Eterno, será la actuación de lo temporal. Es contundente la afirmación que Hans Küng hace, y que a su vez se sustenta en diferentes encuentros, donde abundaban diálogos interreligiosos: «imposible sobrevivir sin una ética mundial. Imposible la paz mundial sin paz religiosa. Imposible la paz religiosa sin diálogo de religiones», aseveraba en su libro “Ética mundial”. Si algo puede tenerse en claro con respecto a las religiones mundiales, es que éstas, se sostienen en doctrinas y fundamentos teológicos e históricos casi inamovibles, lo cierto es que con respecto a la conducta humana y al funcionamiento de las sociedades, todas éstas promueven mantener una actitud constante de movimiento, de «conversión», de inconformidad progresiva, que evite el estancamiento y el acomodo de los intereses a lo temporal. Partiendo de éste punto fundamental que les es común a todas las religiones, puede ahora entenderse la conversión no sólo desde el punto de vista espiritual o moral, sino incluso ideológico, político, social, económico y cultural. La actitud anti-pasiva de las religiones involucra a la persona toda, con todas sus dimensiones, a ser valorada e impulsada a su mejoramiento de vida, de aspiraciones y de metas.

La racionalidad, como máxima que durante el siglo pasado se manifestó como única garantía de validez y de veracidad de todo el hacer humano, también ha sido desmentida por la posmodernidad. Ahora aparece muy claro que la racionalidad humana siempre se encuentra limitada y sometida al tránsito volátil de las modas, las tendencias y los paradigmas culturales o científicos que mueven al mundo en un determinado momento. Para el tiempo presente, la racionalidad ya no se entiende como valor absoluto de calidad, puesto que se ha demostrado que ésta actitud termina por destruirse a sí misma. Cuando el criterio de todo es la racionalidad absoluta, el resto de la realidad se fragmenta en pedazos de historia, de materia, de ideas, de circunstancias que desembocan en relativismo y subjetividad. El criterio de racionalidad sofoca toda apertura y reduce el todo a las reglas específicas de lo lógico y lo medible. Y el resto de realidades se antojan fantasiosas o se relegan a las orillas existenciales, a los bordes de lo subjetivo. El moderno positivismo ha defraudado a los hombres que se han dado cuenta que la realidad es más grande que lo medible y lo comprobable. La experiencia personal no puede ser controlada por la racionalidad que la somete inmediatamente en los límites de la lógica, del lenguaje o de lo empírico. Así, es entendible que el exceso de racionalidad termina por reventar y provocar atroces irracionalidades que sólo son muestra de un abuso de ésta herramienta racional: guerras mundiales, fascismos, intolerancias, fundamentalismos, fanatismos y todos los “ismos” que se quieran agregar.

Valorar al hombre que descubre que la realidad es más grande que lo que sus criterios racionales alcanzan a comprender, no significa que por ello deba renunciarse a la racionalidad y se caiga en el otro extremo del que antes ya se venía huyendo. El irracionalismo también es un exceso a evitar; es preciso entender que el hombre no se limita ni a un campo ni a otro, es ambos, pero es también más. La posmodernidad plantea el reto de una cosmovisión y antropología más profunda y amplia de lo que las miles de ciencias y divisiones del saber alcanzan a comprender. Así junto con el profesor Küng es posible entender que:

«Desde la nueva física y los métodos alternativos de medicina integral hasta la psicología humanista y la nueva conciencia ecológica, cobra fuerza en nuestros días una idea de totalidad que podría contribuir a un equilibrio entre el pensamiento europeo-americano y el asiático. Sin duda necesitamos ese equilibrio entre las tendencias racionales del hombre y las emocionales, es decir, una visión de totalidad (holística) del mundo y del hombre en sus diversas dimensiones» (H. Küng. Proyecto de una ética mundial, pág. 37).

La realidad siendo como es más grande que lo que todos los parámetros de toda la historia han pretendido abarcar. Nos revela el hecho de que el fenómeno humano es el más grande e insoslayable acontecimiento digno de contemplación y asombro. Sin pretender abandonar el deseo de entender al hombre, hemos por lo menos de admitir, que la vía más complaciente para aproximarse a todo ser humano desde su realidad más profunda, sustenta sus raíces en la metodología que las religiones más han cultivado en toda la historia: la contemplación. Así, mirar al hombre es mirarlo sin reducciones, pues en él se conjuntan todas las cosas, es el hombre el absoluto relativo, así lo concebía Ramón Lucas en su presupuesto antropológico a partir del dato Revelado. El hombre, en el cual se conjunta todo y desde el cual todo se entiende, pero a su vez, en el cual todo se relativiza a su finitud.

No podemos por tanto rechazar la dimensión religiosa que hay en todo hombre, es una inquietud que nace de sí mismo. Si él mismo no se comprende del todo, y eleva su comprensión a pensar en “Otro” que, no solo lo hace ser, ni sólo le da el ser a todo y que su vez le comprende, le abarca y le salva de sí mismo, de su incomprensión, de su ignorancia y hasta de su finitud. No es ésta una ficción, ni una proyección, ni una sublimación, ni un trauma psicológico, ni un opio que le aliena, no es la locura ni el terror ante el vacío de lo inabarcable. Es una esperanza fundada, una confianza racional en un «Por qué», en un «Por Quién»; es un conocimiento contemplativo, un saber más grande que la razón misma y que, sin embargo, la incluye; es una condición fundamental para la vida plena, y se le llama fe, y es precisamente el objeto formal de toda religión. Por tanto, no puede despreciarse lo religioso del hombre, porque, como dice Kierkegaard: «pese a lo que se diga, no está dirigido a personas estúpidas, ni a bribones sin afeitar, sino que es lo más difícil de todas las cosas, aunque absolutamente accesible y muy necesaria a todo el mundo» (S. Kierkegaard, El amor y la religión, pág. 141).

La actitud contemplativa hacia «el todo» rescata al hombre de sus propias inconsistencias y limitaciones morales. Pero es preciso insistir que el contemplar no significa sólo observar ni tampoco tolerar. Mirar la dimensión religiosa desde la contemplación, invita a verla en su conjunto, en sus variadas expresiones y credos. Es entonces que se entiende el por qué de cada religión. Hay en el hombre, en todo hombre y en cada hombre una misma necesidad y una misma dimensión de comprenderse sin agotarse, de abarcarse sin absolutizarse, de independizarse sin esclavizarse. Las religiones son responsables de cumplir éstas necesidades y son así liberadas de las sospechas de superstición y fantasía, son entonces rescatadas por lo Incomprensible que acude al auxilio del fenómeno humano. Las religiones, todas ellas y cada una de ellas, son expresiones de lo que el hombre es y busca, de lo que el hombre entiende y es a su vez comprendido, de dónde el hombre viene y a dónde va, de dónde todo su pensar, su investigar, su descubrir, su vivir, su hacer y su esperar cobran sentido. Hay un Otro con el que se entra en relación, un Otro al que se le pueden dar muchos nombres y que, sin embargo, es siempre el Mismo; un Otro que no es un invento ni una proyección. Se trata de un Tú real que está más allá del bien y del mal; que es el Fundamento último e Incondicional de todos los valores; que hace dar cuenta que el sentido de todo no está escondido en lo privado del entendimiento de cada individuo, sino que sustenta el Sentido real de todo, dentro y fuera de cada ser. Y así, tiene tal alcance que hasta puede valerse de la religión para sugerir caminos de vida y de plenitud existencial para todo el hombre y para cada hombre.

Entramos entonces en la dinámica de diálogo en lo que le es común a todo hombre: se crea o no en Dios, es necesario vivir bien, en paz y con dignidad. La religión puede tener aquí gran influencia y grandes caminos de acción, inspirados en la sabiduría de sus doctrinas y la experiencia de sus años con toda la humanidad; todo con el fin de promover el bien común y la paz entre las sociedades. No obstante, así como la racionalidad debe tenerse siempre en cuenta como herramienta y como facultad siempre activa, más no absolutizarla en el hacer humano, lo mismo aplica al hacer y decir de la técnica y de la ciencia, y por supuesto, de la religión también. El hombre es el fin, el sujeto del actuar religioso y no la religión misma; no podrá por tanto convertirse jamás en un simple medio: dinero, trabajos, profesiones, religiones, industrias, técnicas, ciencias, o lo que sea que se ponga después del sujeto humano, esos sí son medios. Este pensamiento es apoyado también por Kierkegaard en la misma obra antes citada. Deben ser usados en la medida en que sirvan al desarrollo del hombre. Si la religión misma inmoviliza la dignidad del hombre, sin un valor más pleno que la propia libertad humana, entonces habrá de rechazarse como ideología, que de fondo es controladora del poder de algún aprovechado.

Mucho criticó el siglo pasado a la religión como favorecedora de la opresión y la alienación a la ficción o escape de la realidad; pero en realidad la autenticidad del testimonio de muchos creyentes, demuestra que ella puede «estimular la liberación del hombre, y ello tanto en lo psicológico-psicoterapéutico como en lo político-social». Entender en realidad la verdadera función de la religión, precisa de la liberación de todos aquellos mitos y prejuicios destinados a la mala fama, creados por aquellos grupos sociales que se dedican a ofender sin proponer, a argumentar sin sustentar y denunciar inconsistencias y contradicciones sin profundizar ni contextualizar. Por tanto se trata de regresar al sentido, por la auténtica comprensión de la religiosidad y de su aplicación práctica, más allá de todo aquello criticable que se encuentra en lo teórico. La religión, entendida en sus auténticas fuentes, siempre ha promovido y fomentado la libertad y el respeto de los derechos humanos. Cuando las religiones proponen algo que va en contra de la auténtica comprensión de lo que el hombre y la mujer son, valdría la pena que éstas se abran al diálogo y revaloren la interpretación que hacen de sus textos sagrados, que les son base y criterio en su modo de proceder.

Así pues con esta claridad es comprensible que aunque las religiones en sus contenidos pudieran parecer contradictorias las unas con las otras, «lo fundamental se orienta siempre en que todas ellas buscan en sus criterios fundamentales, el bien del hombre»(H. Küng Proyecto de una ética mundial, pág. 78). Y por tanto, es ahí visible que la Verdad y el Absoluto que proclaman, es más grande que los contenidos en los que se rigen, pues a final de cuentas, su razón de ser se sustenta en la búsqueda de un mismo fin. Küng distingue que todas las grandes religiones coinciden en cinco grandes preceptos que promueven el bien y la dignidad del hombre como principio básico y fin decisivo del comportamiento humano: 1) no matar; 2) no mentir; 3) no robar; 4) no cometer actos deshonestos: 5) honrar a los padres y amar a los hijos. Así, más allá de las miles de discusiones teológicas y debates doctrinales que se han manifestado a lo largo de la historia de las religiones, la cuestión central es siempre la misma, todo va enfocado al último fin para el cual las religiones tienen derecho a expresar sus convicciones: el bien del hombre. Es verdad que hay que considerar que la pluralidad plantea situaciones y contenidos de información que necesitan ser estudiados y revalorados superando los complejos y cerrazones de los arraigamientos confesionales. Pero el diálogo sobre Dios, sea cual sea su concepción, siempre responde a la búsqueda de la paz y a la promoción de la vida humana. Por ello, lo que hace del hombre, verdadero hombre, será el primer criterio que ha de retomarse, y así, abrir el diálogo y la apertura sin por ello perder la identidad de cada religión. Según Küng, lo esencial será dejar de fomentar la violencia, el odio y todo aquello que desvirtúa la paz y hace miserable al ser humano, y ello más cuando se hace en nombre de la fe. Mirarse en el espejo de otras religiones que también cuentan con sus propias experiencias. Puede ayudar, el orientar el camino de vida que se está siguiendo y evaluar si efectivamente conviene a la integridad de la humanidad.

Finalmente, buscando apertura religiosa en medio de la pluralidad, tiene cabida preguntar, como la hace el propio Küng: «tanta pluralidad, ¿no terminará relativizando la verdad?»; los caminos teológicos plantean retos existenciales diversos, según las convicciones que en cada religión se defienden, ¿caeremos de vuelta en un relativismo tolerante que tienda a la pérdida de la identidad propia de cada credo? La respuesta es no.

Según Küng, es posible construir un camino «teológicamente, pero también existencial, filosófico, ético y personal, que permita al creyente de cualesquiera credo, plantado con firmeza y convicción en su fe asumiéndola como su total verdad, aceptar la verdad de otras religiones sin perder la propia identidad». Así tenemos en claro que no se trata de simplemente aceptar que haya muchas verdades, ni tampoco ser conformista o sincretista; para alcanzar una sana armonía y apreciación de las demás religiones, es preciso que cuando se hace la opción por una religión, se asuma una decisión radical y fundamental de la libre voluntad, responsable y razonable. En conclusión, afirma Küng: «y en la medida en que no se oponen directamente al propio mensaje, otras religiones pueden completar, corregir y dar profundidad a la propia religión». La verdad que hay en cada religión tiene relación directa con el Fin Último que todas ellas proclaman: la verdad de Dios, que se presenta como más plena y más grande que todos los contenidos, conocimientos y reflexiones que en todas las religiones se puedan asumir.

 

Marco Esparza

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