Despierta la vida, y de pronto los párpados pesados, combaten contra el peso de un profundo sueño que no cede a retirarse del todo. El cansancio no siempre se esfuma durmiendo, pero no queda de otra. El día comienza y la conciencia toma cuenta de que el mundo duro y frío, del que se huyó algunas horas atrás, ha vuelto, cargado de los mismos pendientes del día anterior, quitando la pausa que se les puso, todo sin pedir permiso. Pero el brillo del día, que le alienta el corazón a empezar la jornada, se embate en confronto con una amargura que el mundo propone disfrazada de indiferencia. Despierta el cristiano en un mundo al que no pertenece. De inmediato mientras se prepara y viste para su quehacer, el cristiano recuerda la terrible noticia, de la que todo cuelga y que lleva el ritmo de los negocios y de las diligencias. La que le engaña al pensar que siempre tiene que estar ocupado. Y esto le fatiga el ánimo y le ensombrece la calma. Es el falso éxito al que habrá de renunciar, no sólo por ser lo más fácil de creer ya que todo en su derredor se lo grita, sino porque contradice la razón misma de la vida: el Amor ha muerto. El pesimismo es un hábito forjado para someter al pueblo a la mediocridad de que nada puede cambiar. Por la mañana el sol ilumina un mundo que se ha forjado con la dictadura del individualismo y la cerrazón. Y ahí, en medio de la desesperanza que le muerde los extremos, al cristiano le resurge la confianza en Aquél a quien ama, y que con su vida ha prohibido al hombre sumirse en la angustia del sinsentido y de la muerte. Mira el laico, justo al salir de casa, la imagen fiel del Crucificado, que no ha querido que el hombre se pierda en sus propios abismos, sino que descendiendo hasta ellos, ha tenido el poder de regresar vivo.

Le toca al cristiano, al fiel, al laico, sumergirse en el mundo de su actividad cotidiana, asumiendo el reto de mirarlo todo con los ojos de la fe, aunque esta se vea amenazada por la superficialidad y el descontento. Debe entonces recordar y tener presente la vida y la acción de otro laico, uno que se atrevió a desafiar los paradigmas ideológicos de su tiempo, y que quiso amar más al hombre de lo que incluso la misma ley permitía. Es la vida de este Laico, el que luego anunciaría que muere por todos, la que habrá de sostener toda decisión que le toca realizar en su jornada y sus encuentros. Su vida y su propuesta le recuerdan el sentido de su ser: se va a estudiar, a trabajar, a negociar, a comprar y a vender, a producir y a industrializar, a platicar y a compartir, a amar y a luchar, escuchando en cada acción el sentido de su ser: estás aquí para construir un Reino. Y esta buena noticia comienza desde la semilla pequeña de la acción cotidiana, que comenzó con el primer martillazo, con la primera tabla cortada, con el primer mueble fabricado por aquél laico Carpintero. Ahí comenzó el Reino, en la etapa más decisiva del Redentor, en el periodo largo de silencio, ese del cual por sagrado, incluso los evangelios callan. Es la vida laica, el trabajo diario, la labor cotidiana, el sudor escondido en el taller, en donde el Mesías aprende a salvar el mundo. Es ahí donde Dios mismo aprende a hacerse hombre, aprende a amarlo y a servirlo, asumiendo la radicalidad de la experiencia humana. El trabajo ordinario, se vuelve entonces el lugar donde Cristo, el Omnipotente, habrá de enseñar al hombre a volverse santo, a hacerse perfecto, a retomar la imagen original de semejanza con el Padre, esa, que fue arrancada por el pecado y que se disfrazó como cosa normal, en las mentiras de la rutina. El Reino comienza en el frágil y delicado trabajo de un Artesano, que quiso hacerse carpintero, para aprender a arreglar todas las cosas, y luego, a todos los hombres.

La propuesta vuelve a sentirse fascinante en un ambiente de trabajo en donde todos están tan preocupados de sí mismos, que viendo no ven, y oyendo no oyen. Son ellos, los hermanos, los que han sido puestos ahí por Providencia, para que también sean salvados, para que la ternura del cristiano les recuerde que el Amor está vivo, que la caricia de Dios se hace notar en la fraternidad de un hermano que trabaja, estudia y convive… para amarlos y servirlos. Ahí comienza el Reino, sabiendo que la fatiga de pronto pesa y la tentación no cederá. Y ahí descubre el cristiano la lucha, el fascinante reto de seguir al Maestro y espantar, desde el amor, a los lobos del rebaño. Mira entonces el cristiano a su Dios hecho carne y trabajo, y se da cuenta que amar es su único sustento, para volver al terminar la jornada, cansado y muy, pero muy contento.

 

Marco Antonio Esparza Quezada

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