“Mi vocación es inquietar a los demás, quiero que los demás se angustien y se desesperen como yo. Me duele que los hombres vayan por la vida tan confiados” (Miguel de Unamuno). Con estas palabras, un tanto trágicas, Unamuno lanza una invitación demasiado evidente: es una invitación a pensar y a comprometerse con la propia existencia. A simple vista podrían parecer absurdas estas invitaciones, sobre todo la de “pensar”; sin embargo, por absurdo que parezca, el hombre contemporáneo ha renunciado a reflexionar, se ha acostumbrado a lo inmediato; y cuando llega a reflexionar lo hace con el fin de llegar a un resultado que le facilite aún más la existencia, entrando en un estado de comodidad que con dificultad abandonará. Si no hay reflexión entonces no habrá preguntas, pues se estaría “satisfecho” con lo que está en el entorno y con lo que se es. Por consecuencia surge el estancamiento.  

Se tiene la creencia que reflexionar es opcional, cuando en realidad es algo natural y propio del ser humano. El mismo Aristóteles lo afirma en el Libro I de La Metafísica, cuando dice que “todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber”. Por lo tanto, abandonar la reflexión, es negar la naturaleza que se posee. El hombre, como se ha dicho, busca conocer todo cuanto le sea posible, y eso le produce satisfacción; sin embargo, el conocimiento implica responsabilidad y, aunque resulte agradable, en ocasiones es confrontador.

Comprometerse en la búsqueda de la verdad, aunque sea una tendencia en principio natural, resulta muchas veces angustiante ¿Por qué? Porque sitúa a la persona en la realidad, en las posibilidades reales de trascender, en la experiencia de lo limitado. Todo esto, en primera instancia frustra al hombre, pues éste quiere ser totalmente libre; es a largo plazo cuando por sí sólo, descubre aquello que afirmó Aristóteles acerca del placer en el conocer. Sólo en la verdad y asimilando la realidad en sí misma es donde el ser humano tiene posibilidades de crecer y de desarrollar sus potencialidades.

Haciendo referencia a la fe cristiana, el mismo Jesucristo, en su plan salvífico, se dedicó a cuestionar, invitaba con sus preguntas y enseñanzas a la reflexión. Los pasajes de los Evangelios están llenos de cuestionamientos, ¿a quiénes cuestionaba? A aquellos que se habían olvidado de reflexionar y se situaron en una vida cómoda, adaptándola a los propios fines e intereses. No se trata de cuestionar por el simple hecho de hacerlo, sino como Jesús, teniendo como prioridad la salvación de la persona. El que cuestiona con argumentos válidos incomoda, pues invita a la renuncia de las seguridades creadas. No sólo cuestiona, sino que también confronta, pues vive en la verdad y en la coherencia, y su testimonio resulta ser un espejo en el cual se dejan ver las “deformaciones” del propio ser.

¡Hacen falta hombres que reflexionen, que cuestionen, que confronten; hacen falta filósofos!

 

Alan Barrio

Filosofia III

Comment