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SALGAMOS DE ESTA DEPRESIÓN

“Da más miedo una persona triste que una legión de demonios”, afirma Santa Teresa. Cuando la tristeza finca su morada en el corazón humano, contemplamos el sin-sentido total de la existencia. Se eclipsa el horizonte que genera optimismo y motivación alguna. En efecto, quien está abrumado por una tristeza tan arraigada es capaz de cometer los daños más atroces que la mente humana puede concebir.

¿Cómo describir la sociedad actual?, Se concibe como apática, se queja de todo desde la comodidad de un móvil, desde la mediocre “autoridad” que genera una red social; rechaza irracionalmente y sin oportunidad de diálogo a quien no comparte el pensamiento común; exalta a personajes irrelevantes pero desconoce a los que hacen arte verdadero, a intelectuales con pensamiento propositivo y revolucionario; espera con ansias el fin de semana, pues gran porcentaje no está satisfecho con su trabajo cotidiano; cuerpos ejecutados por todo el estado; robo de vehículos sin tomar en cuenta la hora o si la avenida es transitada o no; abuso y pésimo uso de la autoridad tanto en política como en la Iglesia. Por mencionar solo las realidades que más están a la vista.

Estos rasgos no son generadores, sino generados. Es decir, consecuencia o manifestación de un problema más profundo aún: una depresión social.

 “¿Por qué mataste a aquél señor?”, “¿Por qué abusaste de esa jovencita?”, “¿Por qué te hiciste daño?”, “¿Por qué humillas a quien consideras inferior?”, “¿Por qué le quitas el automóvil?”, “¿Por qué huyes de tu realidad mediante el alcohol?” “¿Por qué te quejas de todo?”… Preguntas directas a quien en alguna ocasión ha llevado a cabo estas u otras acciones. ¿Cuál sería su posible respuesta?: “por venganza, por dinero, por diversión, por estrés”. No se descartan las condiciones que rodean su existencia, sin embargo, la realidad originante, o generadora, es “por tristeza”. Quien se encuentra satisfecho con lo que es, con lo que tiene, incluso con lo que carece, procura, más que evitar el mal, hacer el bien. Aquél que tiene un “por qué”, busca un “cómo” (Nietzsche) para llegar a él. Un “cómo” que no ve en el prójimo un medio abastecedor, sino alguien a quién dignificar y proteger, pues sabe que es alguien que comparte sus mismas luchas e ilusiones. Aunque su “cómo” puede variar, de fondo su “por qué” es el mismo: vivir con dignidad.

Han pasado tantos años en que generaciones dan oportunidad para que las estructuras existenciales se forjen con esta visión pesimista y reducida acerca del hombre mismo y del mundo. ¡Y qué decir de la concepción de la divinidad!

Ante este panorama es preciso un mensaje, en primer lugar, atrayente para la cultura actual; un mensaje de esperanza y que traiga consigo un horizonte no idealizado, sino palpable y con sentido; una Buena Nueva… y más que una noticia, una Persona plena y atractiva, que contemplando su profunda experiencia de Dios y de amor al prójimo, sobre todo a los más vulnerables, sea motivo de esfuerzo por alcanzar ese nivel de existencia humana. Es necesario mostrar el horizonte que tiene rostro: Jesús de Nazaret, el “por qué” de la existencia humana. La antítesis total de la tristeza.

Alan Barrio

Teología II

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Si me preguntaran ¿Cuántas mamás conoces?

Yo respondería tres... bueno, cuatro. ¿Y tú?

Sí, no te asustes. El ser mamá tiene un significado mayor de lo que conocemos. Va más allá que ser alguien que engendra hijos, que de por sí ya es demasiado valioso. La madre es la mujer ideal. A continuación quiero comparar algunas imágenes que llegan a mi mente al escuchar la palabra «Madre», para ello utilizaré un poema bellísimo del capítulo 31 del libro de los Proverbios dedicado para la mujer ideal, es decir, pienso yo, para todas aquellas que han recibido el don precioso de la maternidad. Me gustaría que te dieras la oportunidad de leerlo y compartirlo con esa persona especial a la que en este 10 de mayo de seguro felicitarás.

La primera de estas imágenes es nuestra madre Tierra. El Papa Francisco la sitúa en la profunda comunión entre los seres humanos y la asombrosa creación (Laudato Si’, 92). La Tierra es madre porque ha permitido reunirnos en ella y amamantarnos de sus bellos frutos; es quien debe enseñarnos siempre a vivir en fraternidad. Ella vale más que nuestro egoísmo, vale más que las piedras preciosas(proverbios 31, 10). La madre es por excelencia formadora para nuestra sociedad, por eso, es la imagen de la mujer ideal.

Luego, siendo bautizados, nacemos del agua y del Espíritu, y recibida la gracia de ser hijos de la Madre Iglesia Católica, ésta nos abraza con amor tomándonos a su cargo (CEC 1249). La Iglesia es madre, mujer ideal, porque nos muestra el camino correcto hacia la santidad que es Cristo mismo. Nosotros somos como hijos perdidos por nuestra debilidad e ignorancia, y por su amor nos regala la fe y abre sus manos y las extiende(proverbios 31,20). No nos condena, sin embargo abre su boca juiciosamente y su lengua enseña con bondad(Proverbios 31, 26).

La tercera imagen a quien también quiero referirme es la Virgen María, quien obedeció la voluntad del Señor, y en ella se encarnó nuestra salvación. Es modelo de la mujer ideal porque estuvo a los pies del Maestro en la Cruz. Ahora también se preocupa por los sufrimientos de sus hijos « ¿qué no estoy aquí que soy tu madre?». María nos recuerda que está con nosotros y siempre, por su favor, nos colmará de bienes. Ella es la bienaventurada, respeta al Señor y merece alabanza(proverbios 31,30).

Por último, pero no menos importante; la imagen de mujer ideal parece no estar tan lejos de nosotros. El origen de nuestra vida, en esta tierra, está grabada en nuestro cuerpo, el cual se formó durante varios meses en el vientre de nuestra madre terrenal. ¿Cómo despreciar a este maravilloso ser? Ella está dotada de un amor sobrenatural que se desborda por el cuidado de sus hijos, y capaz de darlo todo por el bien de ellos. Es importante, hoy y siempre, recobrar la dignidad que tienen nuestras madres en la sociedad. El Papa Francisco ha hablado de su importancia para la humanidad; son las indicadas para eliminar la indiferencia ocasionada por el individualismo que se respira en el mundo actual; son testimonio en los peores momentos, de la ternura y de la entrega; y son también quienes nos enseñaron las primeras oraciones y devociones cuando éramos niños. (Amoris Laetitia, 174) Oremos siempre por ellas, incluso por quienes no han podido dar un testimonio fiel a sus hijos; por las que se han quedado solas en el embarazo y piensan recurrir al aborto; por aquellas a quienes no les correspondía ser la madre, pero ejercen ese papel en el cuidado de los niños. Oremos siempre por ellas.
¡Feliz día de las madres! 

 

Joel Aguirre

Curso Introductorio

 

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Actitudes fundamentales para poder entrar en diálogo religioso

La visión de Dios es algo que precisa estar siempre en discusión, pues es precisamente su misterio e incomprensibilidad lo que no puede dejar a nadie indiferente a lo que prefiera creer. El diálogo interreligioso favorece a la hora de concebir una aproximación de la visión de Dios; abarcada no sólo desde una amplitud teológica y doctrinal, sino desde el actuar del hombre: conforme sea la visión que se tenga de lo Eterno, será la actuación de lo temporal. Es contundente la afirmación que Hans Küng hace, y que a su vez se sustenta en diferentes encuentros, donde abundaban diálogos interreligiosos: «imposible sobrevivir sin una ética mundial. Imposible la paz mundial sin paz religiosa. Imposible la paz religiosa sin diálogo de religiones», aseveraba en su libro “Ética mundial”. Si algo puede tenerse en claro con respecto a las religiones mundiales, es que éstas, se sostienen en doctrinas y fundamentos teológicos e históricos casi inamovibles, lo cierto es que con respecto a la conducta humana y al funcionamiento de las sociedades, todas éstas promueven mantener una actitud constante de movimiento, de «conversión», de inconformidad progresiva, que evite el estancamiento y el acomodo de los intereses a lo temporal. Partiendo de éste punto fundamental que les es común a todas las religiones, puede ahora entenderse la conversión no sólo desde el punto de vista espiritual o moral, sino incluso ideológico, político, social, económico y cultural. La actitud anti-pasiva de las religiones involucra a la persona toda, con todas sus dimensiones, a ser valorada e impulsada a su mejoramiento de vida, de aspiraciones y de metas.

La racionalidad, como máxima que durante el siglo pasado se manifestó como única garantía de validez y de veracidad de todo el hacer humano, también ha sido desmentida por la posmodernidad. Ahora aparece muy claro que la racionalidad humana siempre se encuentra limitada y sometida al tránsito volátil de las modas, las tendencias y los paradigmas culturales o científicos que mueven al mundo en un determinado momento. Para el tiempo presente, la racionalidad ya no se entiende como valor absoluto de calidad, puesto que se ha demostrado que ésta actitud termina por destruirse a sí misma. Cuando el criterio de todo es la racionalidad absoluta, el resto de la realidad se fragmenta en pedazos de historia, de materia, de ideas, de circunstancias que desembocan en relativismo y subjetividad. El criterio de racionalidad sofoca toda apertura y reduce el todo a las reglas específicas de lo lógico y lo medible. Y el resto de realidades se antojan fantasiosas o se relegan a las orillas existenciales, a los bordes de lo subjetivo. El moderno positivismo ha defraudado a los hombres que se han dado cuenta que la realidad es más grande que lo medible y lo comprobable. La experiencia personal no puede ser controlada por la racionalidad que la somete inmediatamente en los límites de la lógica, del lenguaje o de lo empírico. Así, es entendible que el exceso de racionalidad termina por reventar y provocar atroces irracionalidades que sólo son muestra de un abuso de ésta herramienta racional: guerras mundiales, fascismos, intolerancias, fundamentalismos, fanatismos y todos los “ismos” que se quieran agregar.

Valorar al hombre que descubre que la realidad es más grande que lo que sus criterios racionales alcanzan a comprender, no significa que por ello deba renunciarse a la racionalidad y se caiga en el otro extremo del que antes ya se venía huyendo. El irracionalismo también es un exceso a evitar; es preciso entender que el hombre no se limita ni a un campo ni a otro, es ambos, pero es también más. La posmodernidad plantea el reto de una cosmovisión y antropología más profunda y amplia de lo que las miles de ciencias y divisiones del saber alcanzan a comprender. Así junto con el profesor Küng es posible entender que:

«Desde la nueva física y los métodos alternativos de medicina integral hasta la psicología humanista y la nueva conciencia ecológica, cobra fuerza en nuestros días una idea de totalidad que podría contribuir a un equilibrio entre el pensamiento europeo-americano y el asiático. Sin duda necesitamos ese equilibrio entre las tendencias racionales del hombre y las emocionales, es decir, una visión de totalidad (holística) del mundo y del hombre en sus diversas dimensiones» (H. Küng. Proyecto de una ética mundial, pág. 37).

La realidad siendo como es más grande que lo que todos los parámetros de toda la historia han pretendido abarcar. Nos revela el hecho de que el fenómeno humano es el más grande e insoslayable acontecimiento digno de contemplación y asombro. Sin pretender abandonar el deseo de entender al hombre, hemos por lo menos de admitir, que la vía más complaciente para aproximarse a todo ser humano desde su realidad más profunda, sustenta sus raíces en la metodología que las religiones más han cultivado en toda la historia: la contemplación. Así, mirar al hombre es mirarlo sin reducciones, pues en él se conjuntan todas las cosas, es el hombre el absoluto relativo, así lo concebía Ramón Lucas en su presupuesto antropológico a partir del dato Revelado. El hombre, en el cual se conjunta todo y desde el cual todo se entiende, pero a su vez, en el cual todo se relativiza a su finitud.

No podemos por tanto rechazar la dimensión religiosa que hay en todo hombre, es una inquietud que nace de sí mismo. Si él mismo no se comprende del todo, y eleva su comprensión a pensar en “Otro” que, no solo lo hace ser, ni sólo le da el ser a todo y que su vez le comprende, le abarca y le salva de sí mismo, de su incomprensión, de su ignorancia y hasta de su finitud. No es ésta una ficción, ni una proyección, ni una sublimación, ni un trauma psicológico, ni un opio que le aliena, no es la locura ni el terror ante el vacío de lo inabarcable. Es una esperanza fundada, una confianza racional en un «Por qué», en un «Por Quién»; es un conocimiento contemplativo, un saber más grande que la razón misma y que, sin embargo, la incluye; es una condición fundamental para la vida plena, y se le llama fe, y es precisamente el objeto formal de toda religión. Por tanto, no puede despreciarse lo religioso del hombre, porque, como dice Kierkegaard: «pese a lo que se diga, no está dirigido a personas estúpidas, ni a bribones sin afeitar, sino que es lo más difícil de todas las cosas, aunque absolutamente accesible y muy necesaria a todo el mundo» (S. Kierkegaard, El amor y la religión, pág. 141).

La actitud contemplativa hacia «el todo» rescata al hombre de sus propias inconsistencias y limitaciones morales. Pero es preciso insistir que el contemplar no significa sólo observar ni tampoco tolerar. Mirar la dimensión religiosa desde la contemplación, invita a verla en su conjunto, en sus variadas expresiones y credos. Es entonces que se entiende el por qué de cada religión. Hay en el hombre, en todo hombre y en cada hombre una misma necesidad y una misma dimensión de comprenderse sin agotarse, de abarcarse sin absolutizarse, de independizarse sin esclavizarse. Las religiones son responsables de cumplir éstas necesidades y son así liberadas de las sospechas de superstición y fantasía, son entonces rescatadas por lo Incomprensible que acude al auxilio del fenómeno humano. Las religiones, todas ellas y cada una de ellas, son expresiones de lo que el hombre es y busca, de lo que el hombre entiende y es a su vez comprendido, de dónde el hombre viene y a dónde va, de dónde todo su pensar, su investigar, su descubrir, su vivir, su hacer y su esperar cobran sentido. Hay un Otro con el que se entra en relación, un Otro al que se le pueden dar muchos nombres y que, sin embargo, es siempre el Mismo; un Otro que no es un invento ni una proyección. Se trata de un Tú real que está más allá del bien y del mal; que es el Fundamento último e Incondicional de todos los valores; que hace dar cuenta que el sentido de todo no está escondido en lo privado del entendimiento de cada individuo, sino que sustenta el Sentido real de todo, dentro y fuera de cada ser. Y así, tiene tal alcance que hasta puede valerse de la religión para sugerir caminos de vida y de plenitud existencial para todo el hombre y para cada hombre.

Entramos entonces en la dinámica de diálogo en lo que le es común a todo hombre: se crea o no en Dios, es necesario vivir bien, en paz y con dignidad. La religión puede tener aquí gran influencia y grandes caminos de acción, inspirados en la sabiduría de sus doctrinas y la experiencia de sus años con toda la humanidad; todo con el fin de promover el bien común y la paz entre las sociedades. No obstante, así como la racionalidad debe tenerse siempre en cuenta como herramienta y como facultad siempre activa, más no absolutizarla en el hacer humano, lo mismo aplica al hacer y decir de la técnica y de la ciencia, y por supuesto, de la religión también. El hombre es el fin, el sujeto del actuar religioso y no la religión misma; no podrá por tanto convertirse jamás en un simple medio: dinero, trabajos, profesiones, religiones, industrias, técnicas, ciencias, o lo que sea que se ponga después del sujeto humano, esos sí son medios. Este pensamiento es apoyado también por Kierkegaard en la misma obra antes citada. Deben ser usados en la medida en que sirvan al desarrollo del hombre. Si la religión misma inmoviliza la dignidad del hombre, sin un valor más pleno que la propia libertad humana, entonces habrá de rechazarse como ideología, que de fondo es controladora del poder de algún aprovechado.

Mucho criticó el siglo pasado a la religión como favorecedora de la opresión y la alienación a la ficción o escape de la realidad; pero en realidad la autenticidad del testimonio de muchos creyentes, demuestra que ella puede «estimular la liberación del hombre, y ello tanto en lo psicológico-psicoterapéutico como en lo político-social». Entender en realidad la verdadera función de la religión, precisa de la liberación de todos aquellos mitos y prejuicios destinados a la mala fama, creados por aquellos grupos sociales que se dedican a ofender sin proponer, a argumentar sin sustentar y denunciar inconsistencias y contradicciones sin profundizar ni contextualizar. Por tanto se trata de regresar al sentido, por la auténtica comprensión de la religiosidad y de su aplicación práctica, más allá de todo aquello criticable que se encuentra en lo teórico. La religión, entendida en sus auténticas fuentes, siempre ha promovido y fomentado la libertad y el respeto de los derechos humanos. Cuando las religiones proponen algo que va en contra de la auténtica comprensión de lo que el hombre y la mujer son, valdría la pena que éstas se abran al diálogo y revaloren la interpretación que hacen de sus textos sagrados, que les son base y criterio en su modo de proceder.

Así pues con esta claridad es comprensible que aunque las religiones en sus contenidos pudieran parecer contradictorias las unas con las otras, «lo fundamental se orienta siempre en que todas ellas buscan en sus criterios fundamentales, el bien del hombre»(H. Küng Proyecto de una ética mundial, pág. 78). Y por tanto, es ahí visible que la Verdad y el Absoluto que proclaman, es más grande que los contenidos en los que se rigen, pues a final de cuentas, su razón de ser se sustenta en la búsqueda de un mismo fin. Küng distingue que todas las grandes religiones coinciden en cinco grandes preceptos que promueven el bien y la dignidad del hombre como principio básico y fin decisivo del comportamiento humano: 1) no matar; 2) no mentir; 3) no robar; 4) no cometer actos deshonestos: 5) honrar a los padres y amar a los hijos. Así, más allá de las miles de discusiones teológicas y debates doctrinales que se han manifestado a lo largo de la historia de las religiones, la cuestión central es siempre la misma, todo va enfocado al último fin para el cual las religiones tienen derecho a expresar sus convicciones: el bien del hombre. Es verdad que hay que considerar que la pluralidad plantea situaciones y contenidos de información que necesitan ser estudiados y revalorados superando los complejos y cerrazones de los arraigamientos confesionales. Pero el diálogo sobre Dios, sea cual sea su concepción, siempre responde a la búsqueda de la paz y a la promoción de la vida humana. Por ello, lo que hace del hombre, verdadero hombre, será el primer criterio que ha de retomarse, y así, abrir el diálogo y la apertura sin por ello perder la identidad de cada religión. Según Küng, lo esencial será dejar de fomentar la violencia, el odio y todo aquello que desvirtúa la paz y hace miserable al ser humano, y ello más cuando se hace en nombre de la fe. Mirarse en el espejo de otras religiones que también cuentan con sus propias experiencias. Puede ayudar, el orientar el camino de vida que se está siguiendo y evaluar si efectivamente conviene a la integridad de la humanidad.

Finalmente, buscando apertura religiosa en medio de la pluralidad, tiene cabida preguntar, como la hace el propio Küng: «tanta pluralidad, ¿no terminará relativizando la verdad?»; los caminos teológicos plantean retos existenciales diversos, según las convicciones que en cada religión se defienden, ¿caeremos de vuelta en un relativismo tolerante que tienda a la pérdida de la identidad propia de cada credo? La respuesta es no.

Según Küng, es posible construir un camino «teológicamente, pero también existencial, filosófico, ético y personal, que permita al creyente de cualesquiera credo, plantado con firmeza y convicción en su fe asumiéndola como su total verdad, aceptar la verdad de otras religiones sin perder la propia identidad». Así tenemos en claro que no se trata de simplemente aceptar que haya muchas verdades, ni tampoco ser conformista o sincretista; para alcanzar una sana armonía y apreciación de las demás religiones, es preciso que cuando se hace la opción por una religión, se asuma una decisión radical y fundamental de la libre voluntad, responsable y razonable. En conclusión, afirma Küng: «y en la medida en que no se oponen directamente al propio mensaje, otras religiones pueden completar, corregir y dar profundidad a la propia religión». La verdad que hay en cada religión tiene relación directa con el Fin Último que todas ellas proclaman: la verdad de Dios, que se presenta como más plena y más grande que todos los contenidos, conocimientos y reflexiones que en todas las religiones se puedan asumir.

 

Marco Esparza

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La Felicidad está a tu alcance.

 

Nuestra comunidad ha sufrido graves dolores que llegan hasta el fondo de nuestros corazones, nuestra existencia es el don más grande que puede haber en nosotros, lo más bello que nos conforma y nos hace ser lo que realmente somos; tenemos un soplo dentro de nosotros y ese soplo nos lo da Dios mismo, y nos llena a cada suspiro con muchas más ganas de seguir viviendo. La realidad es esta: la vida está llena de maravillas y estamos aquí para ser felices; tú no estás solo amigo mío, en todo momento alguien está junto a ti y ese Alguien te quiere feliz.

Sin embargo, parece que en la actualidad, todos estamos para hacernos caer los unos a los otros sin importar el medio por el cual lo obtengamos. El término bulling ha tomado gran importancia desde hace algunos años, sólo porque entonces recibió el nombre que tiene actualmente. El suicidio ha herido en gran medida nuestra comunidad, teniendo como víctima a una persona que no encuentra un “sentido” conciso al por qué está en este mundo. Cada uno tiene una misión importante para la cual está enviado a cumplir, a disfrutar y a vivir intensamente. La pregunta que muchos se hacen es: “¿La existencia tienen sentido?”, la verdad, tengo que decirte una cosa, hay que hacerse a la idea de que la vida no tiene un sentido, ¡tiene una misión! Esto es lo que tenemos que enseñarnos entre nosotros, apoyarnos como una hermandad, no hacer caer al hermano por que el fin último de toda convivencia social es apoyarnos cuando más necesitamos ayuda; y expresar el amor hacia el prójimo.

Hay ocasiones que rechazamos esta felicidad que se nos ofrece y nos dejamos llevar por lo que sentimos interiormente; pensamos que no hay solución a los problemas que nos atormentan y nos rodean; pareciera que no tenemos razón alguna para ser felices, creo que por esto es más frecuente ver en el día a día más noticias malas que noticias buenas. Creemos que a este mundo se vino a sufrir. Vemos un mundo que es gris y cruel, frio y devastador. Pero te repito, sufrir no es nuestro fin.

         Déjame te cuento que la felicidad está muy al alcance y que la ayuda puede llegar de quien menos lo imaginas, y en un principio sólo hace falta que te dejes amar, y no por cualquiera, sino por Quien desde el principio, mucho antes de nacer ya te amaba (Jr. 1,5), y con mucho amor nos dio la vida. No obstante más que preguntarse: ¿Qué es el amor? Será necesario más bien cuestionarse ¿Quién es el Amor? Y la respuesta indudable a esto es Dios mismo, como diría el apóstol Juan en su carta: “Dios es amor” (1 Jn 4,8).

“El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia ni orgullo ni arrogancia. No es grosero ni egoísta, no se irrita ni es rencoroso; no se alegra de la injusticia sino que su alegría está en la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor. 13, 4 – 7).

De esta manera podemos ver que el suicidio no es opción para librarse de los problemas ni un camino por el cual se debe seguir para acabar pronto con el dolor. Al contrario, más bien el camino que debemos seguir es el de Aquel que solamente quiere nuestra felicidad, nuestra realización, y que a sí mismo se ha nombrado como Camino, Verdad y Vida (cfr Jn 14, 16). En el momento menos esperado puedes encontrarte con Él y siempre estará ahí para ofrecerte su ayuda, Él es quien nos consuela, quien nos sana. Puede sanarte a ti y a mí si vamos a su encuentro, sólo nos hace falta eso, acercarnos, así como el ciego que grita: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” (Mc 10, 46-52), así debemos ir con Él.

            Ten animo, Él solo quiere amarte y verte feliz.

Javier Alberto Portillo Guzmán

Filosofía I

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¿A CASO NO SOMOS TODOS PERSONAS?

Pareciera que el mundo y el estado de vida tan acelerado que se nos presenta hace que nos olvidemos de las cosas mas esenciales de la vida. ¿A caso no somos todos personas? Responder a esta pregunta es un poco difícil, no porque la pregunta lo sea, sino porque al hombre se le ha olvidado lo mas esencial de su existencia que es el “Ser”.

Cuando la persona es capaz de reconocerse para los demás, deja de cerrarse al simple orgullo y cerrazón de corazón, es capaz de abrirse al horizonte de la vida, es capaz de respetar la vida de cada persona. Ser para el otro es reconocer la igualdad que tienen las demás personas.

Reconocernos como personas es lo que hace falta en un mundo que nos presenta a los otros como medios para algo y no como "alguien para", un medio es tomado simplemente para un tiempo y un espacio determinado, en cambio cuando acepto a alguien “para mi vida” es para siempre, no basta con medirnos con el estatus social, ni medirnos por el que tenga más, basta medirnos con la igualdad.

Hace falta reconocer hoy en día el bien de cada persona en la vida, este bien permite al hombre vivir de manera humana, “soy para mí” “soy para el otro” y “soy con los otros” tenemos que caer en la cuenta que nuestra vida esta en relación para los demás, una relación que me tiene que llevar a lo común.

Basta de creernos autosuficientes, basta de no sentirnos necesitados de los demás, basta de usar a la otra persona para mis bienes o fines, basta de ponerle precio a la vida.
Hoy mas que nunca debemos de sentirnos llamados reconocer lo mejor que me presenta cada persona, por eso hay que afirmar lo que dice Carlos Díaz “Hay cosas mas admirables en la persona que de desprecio.

Juan Manuel Girón Olivas

Teología IV

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Que decirle Rey a Cristo no se quede en palabras vacías.

Hoy, como en cada época de la historia humana es preciso anunciar una fe viva, y no de mera ideología; fe que encuentra sentido en la persona de Jesucristo Resucitado: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24,5). Ante la cultura de la muerte que azota nuestro país, es conveniente fijar la mirada en quien se proclama a sí mismo como “el camino, la verdad y la vida”.

Si bien es cierto, la fe cristiana no es una mera ideología, tampoco una serie de actos aislados “bien intencionados”; es el encuentro con una Persona, Jesucristo; la cual otorga sentido y orientación a la existencia humana, no como imposición, sino como invitación a seguirle. Sin embargo, para darle a conocer es preciso utilizar los medios propicios según el contexto social y cultural. Es por esto, que se opta, en vistas a la solemnidad de cristo rey del universo, realizar una “cadena” de comunión, la cual consiste en cambiar la foto de perfil en las diversas redes sociales con el lema: ¡viva cristo rey! Considerando el impacto, ciertamente superficial, que estos medios poseen.

Ante esto, es importante no olvidar ni minimizar que la fe cristiana no se reduce a meras actividades, sino que se debe proclamar desde el encuentro interpersonal. De lo contario, cualquier tempestad la derrumba. Este tipo de estrategias son secundarias, las primarias se realizan de viva voz. 

Alan Barrio

Teología I

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Dónde comenzó el Reino

 

Despierta la vida, y de pronto los párpados pesados, combaten contra el peso de un profundo sueño que no cede a retirarse del todo. El cansancio no siempre se esfuma durmiendo, pero no queda de otra. El día comienza y la conciencia toma cuenta de que el mundo duro y frío, del que se huyó algunas horas atrás, ha vuelto, cargado de los mismos pendientes del día anterior, quitando la pausa que se les puso, todo sin pedir permiso. Pero el brillo del día, que le alienta el corazón a empezar la jornada, se embate en confronto con una amargura que el mundo propone disfrazada de indiferencia. Despierta el cristiano en un mundo al que no pertenece. De inmediato mientras se prepara y viste para su quehacer, el cristiano recuerda la terrible noticia, de la que todo cuelga y que lleva el ritmo de los negocios y de las diligencias. La que le engaña al pensar que siempre tiene que estar ocupado. Y esto le fatiga el ánimo y le ensombrece la calma. Es el falso éxito al que habrá de renunciar, no sólo por ser lo más fácil de creer ya que todo en su derredor se lo grita, sino porque contradice la razón misma de la vida: el Amor ha muerto. El pesimismo es un hábito forjado para someter al pueblo a la mediocridad de que nada puede cambiar. Por la mañana el sol ilumina un mundo que se ha forjado con la dictadura del individualismo y la cerrazón. Y ahí, en medio de la desesperanza que le muerde los extremos, al cristiano le resurge la confianza en Aquél a quien ama, y que con su vida ha prohibido al hombre sumirse en la angustia del sinsentido y de la muerte. Mira el laico, justo al salir de casa, la imagen fiel del Crucificado, que no ha querido que el hombre se pierda en sus propios abismos, sino que descendiendo hasta ellos, ha tenido el poder de regresar vivo.

Le toca al cristiano, al fiel, al laico, sumergirse en el mundo de su actividad cotidiana, asumiendo el reto de mirarlo todo con los ojos de la fe, aunque esta se vea amenazada por la superficialidad y el descontento. Debe entonces recordar y tener presente la vida y la acción de otro laico, uno que se atrevió a desafiar los paradigmas ideológicos de su tiempo, y que quiso amar más al hombre de lo que incluso la misma ley permitía. Es la vida de este Laico, el que luego anunciaría que muere por todos, la que habrá de sostener toda decisión que le toca realizar en su jornada y sus encuentros. Su vida y su propuesta le recuerdan el sentido de su ser: se va a estudiar, a trabajar, a negociar, a comprar y a vender, a producir y a industrializar, a platicar y a compartir, a amar y a luchar, escuchando en cada acción el sentido de su ser: estás aquí para construir un Reino. Y esta buena noticia comienza desde la semilla pequeña de la acción cotidiana, que comenzó con el primer martillazo, con la primera tabla cortada, con el primer mueble fabricado por aquél laico Carpintero. Ahí comenzó el Reino, en la etapa más decisiva del Redentor, en el periodo largo de silencio, ese del cual por sagrado, incluso los evangelios callan. Es la vida laica, el trabajo diario, la labor cotidiana, el sudor escondido en el taller, en donde el Mesías aprende a salvar el mundo. Es ahí donde Dios mismo aprende a hacerse hombre, aprende a amarlo y a servirlo, asumiendo la radicalidad de la experiencia humana. El trabajo ordinario, se vuelve entonces el lugar donde Cristo, el Omnipotente, habrá de enseñar al hombre a volverse santo, a hacerse perfecto, a retomar la imagen original de semejanza con el Padre, esa, que fue arrancada por el pecado y que se disfrazó como cosa normal, en las mentiras de la rutina. El Reino comienza en el frágil y delicado trabajo de un Artesano, que quiso hacerse carpintero, para aprender a arreglar todas las cosas, y luego, a todos los hombres.

La propuesta vuelve a sentirse fascinante en un ambiente de trabajo en donde todos están tan preocupados de sí mismos, que viendo no ven, y oyendo no oyen. Son ellos, los hermanos, los que han sido puestos ahí por Providencia, para que también sean salvados, para que la ternura del cristiano les recuerde que el Amor está vivo, que la caricia de Dios se hace notar en la fraternidad de un hermano que trabaja, estudia y convive… para amarlos y servirlos. Ahí comienza el Reino, sabiendo que la fatiga de pronto pesa y la tentación no cederá. Y ahí descubre el cristiano la lucha, el fascinante reto de seguir al Maestro y espantar, desde el amor, a los lobos del rebaño. Mira entonces el cristiano a su Dios hecho carne y trabajo, y se da cuenta que amar es su único sustento, para volver al terminar la jornada, cansado y muy, pero muy contento.

 

Marco Antonio Esparza Quezada

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LOS DOS FRANCISCOS

El once de febrero del dos mil trece el mundo entero se conmocionó con la noticia de la renuncia, de en aquel entonces, Papa Benedicto XVI. Habían pasado un poco menos de seiscientos años de la última vez que un sucesor de Pedro hubiera dimitido a la sede apostólica.

El doce de marzo del mismo año inició el cónclave que nos dejaría ver el rostro del nuevo Sumo Pontífice. Con esto comenzaron a surgir cientos de preguntas en el corazón de los que conformamos la Iglesia católica, una de las principales ¿quién será nuestro nuevo Papa? De inmediato nacieron algunas encuestas que nos mostraban a los que se veían como favoritos, del colegio cardenalicio, para ocupar la sede vacante.

Fue hasta el día siguiente,trece de marzo, cuando a las siete con cinco minutos, hora de Roma, se dejó ver la tan esperada fumata blanca. El momento de saber quién sería nuestro Pastor se acercaba cada vez más.

Jorge Mario Bergoglio, el cardenal de Buenos Aires, Argentina, bajo el nombre de Francisco; sería quien ocuparía la sede Apostólica. Fue un momento de gran alegría para toda la Iglesia en América Latina dado que se convirtió en el primer Papa nacido en el nuevo continente. El nombre de Francisco causó gran controversia en las primeras horas de su pontificado ¿por qué Francisco? ¿A caso hacía referencia a San Francisco Javier?  Siendo miembro de la Compañía de Jesús, a donde el Cardenal Bergoglio también pertenece, un santo caracterizado por su servicio en las obras de caridad y la evangelización. Para sorpresa de muchos no fue así, el nombre hace más bien referencia a San Francisco de Asís.

San Francisco de Asís es el fundador de una de las órdenes religiosas que más frutos de santidad ha dado a la Iglesia, los franciscanos. La preferencia de Francisco siempre fue la pobreza y junto con ella los necesitados. Su misión comenzó con una revelación ante el Cristo de San Damián donde escuchó una voz que claramente le decía:“Ve, Francisco, repara mi iglesia. Ya lo ves: está hecha una ruina". Y hoy sin duda podemos llegar a decir que lo hizo de excelente manera, siempre buscando seguir a Jesús en su Evangelio, de una manera que para muchos podría ser radical. Amante de la oración;de la misión de llevar el Evangelio a todos los pueblos; del dialogo como medio para construir la paz y sobre todo de la constante alabanza a la creación de Dios a la que llamó“La hermana nuestra madre tierra”. Cualidades que hoy encontramos también en el sucesor de Pedro.

            Ahora nos damos cuenta que con el nombre de Francisco, el cardenal Bergoglio, daba una vista preliminar de lo que sería su pontificado, ya que, sin duda alguna, refleja en más de una actitud que comparte una personalidad similar con el pobre de Asís.

A los pocos días de su elección fue evidente que este sería un Papa diferente y radical, alejándose de protocolos, que a su parecer, eran innecesarios; como el no usar los tan famosos zapatos rojos papales; vivir en Casa Santa Martay no en el Palacio Apostólico; dar homilías que pronunciaba sin algún texto escrito con anterioridad, reflejando su gran sencillez pero dándonos a conocer el corazón de un hombre entregado a Dios y a su pueblo;un hombre sensible ante las necesidades humanas, un Pastor con “olor a oveja”.Ambos llegaron para darle aire nuevo y más fresco a la Iglesia. Siempre estando en el centro de su vida Jesucristo y su Evangelio. Hablando como se espera de cualquiera de los que conformamos el Cuerpo místico de Cristo.

            Dios en nuestro tiempo nos regala un nuevo Francisco, uno que también está enamorado de Jesús, de su enseñanza, de su gran misión; con un corazón apasionado por gritar a los cuatro vientos ¡que está vivo! Un hombre que quiere despertar al mundo, dando a conocer el amor de un Dios cercano que es amigo, que acompaña en cada momento de la vida, que, ¡para nada es un Dios ausente!   Como ya una vez lo hizo siglos atrás con el buen San Francisco de Asís.

            No hay que olvidar las palabras con las que inicio este pontificado: “oren por mí que lo necesito”

 

Fernando Portillo

Filosofía lll

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El Medio Oriente: Mostrando el Amor con y por la humanidad.

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La semana pasada hemos contemplado en las redes sociales crueles imágenes que han recorrido al mundo. (Como la “fotografía de la vergüenza”, donde aparece un niño sirio de 3 años de edad sin vida, Aylan Kurdi, muerto en la orilla de una playa turca) Esto ha llevado al hombre a despertar y enfocar la mirada en Medio Oriente. La guerra no es un tema nuevo, no pocos han huido de los países que lo componen. Familias enteras migrando, muchas sólo encuentran muerte, otras tantas no terminan el trayecto. Peregrinan hacía lo que ellos piensan será un lugar mejor, donde poder educar a sus hijos, lejos del horror que contemplan diariamente, superando así las escenas traumáticas de a diario. 

¿Dónde está el mundo? ¿Dónde está la ONU? ¿Dónde está la protección del patrimonio internacional? ¿Dónde están esos organismos, qué hacen?, el papa Francisco ha dicho: “¡La humanidad tiene necesidad de ver gestos de paz y de escuchar palabras de esperanza y de paz!”, ¿dónde estamos los cristianos del mundo frente a esta situación de nuestros hermanos de Medio Oriente?, tendremos que decir que hemos sido indiferentes, hemos cerrado los ojos y los oídos al clamor de estos inocentes que han sufrido el horror más grande que puede vivir la humanidad: la guerra, este odio que traspasa las fronteras. 

Ante los conflictos en Siria, el papa Francisco exclamó: “Queremos un mundo de paz, queremos ser hombres y mujeres de paz, queremos que en nuestra sociedad, desgarrada por divisiones y conflictos, estalle la paz; ¡nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra!” Como resultado de la jornada de oración y ayuno por la paz en Medio Oriente, se consiguió parar un ataque bélico contra Siria que estaba anunciado ya por parte de EE.UU. Dios escucha las peticiones de los hombres y puede actuar en el mundo, pero para que esto suceda es necesario abrir el corazón, compadecerse de los que sufren y clamar a la misericordia divina de un Dios de amor. 

Están en juego principios fundamentales; el valor de la vida, la dignidad humana, la libertad religiosa y la coexistencia pacífica y armoniosa entre los individuos y los pueblos. Este fenómeno continúa, las violaciones contra los derechos humanos y del derecho internacional humanitario por el llamado Estado Islámico (ISIS). El drama de la migración en las últimas semanas, con el que Europa se ha visto obligada a intervenir, es una prueba irrefutable de esta tragedia. ¿Es acaso necesaria una imagen desgarradora la que se tenga que exponer para sensibilizar a los pueblos, y que así se abran las puertas a los migrantes? Oremos por nuestros hermanos, por aquellos que sufren la guerra y el horror, por los que mueren al emigrar. 

¡Nunca más la guerra! Es el grito apremiante que, desde nuestros corazones y de los corazones de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, se eleva al Príncipe de la paz. 

Jorge Reyes

 Teología II

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Porque existo, defiendo la vida

La postura que, en general, asume el hombre ante la realidad tiene que ver con un “justificar” sus actos con el argumento del “ser libre”. Resultan escasos los vínculos que se forman entre ser humano y los distintos criterios de moralidad que predominan, pues ante las decisiones, el único que determina lo decidido es el mismo hombre. Se es testigo de un “divorcio” entre hombre y criterios morales, ya que cualquiera de éstos se toma como un atentado a su preciada libertad. Sin embargo, ésta defensa radical de dicho valor, y el afán del ser humano por ver en sí mismo el medio y finalidad de la existencia, le ha conducido a un estado de egoísmo e individualismo. Esta mentalidad se ha impregnado de tal manera en la cultura contemporánea que exige reflexiones serias y objetivas sobre la misma.

Son diversos los modos en que se manifiesta la mentalidad mencionada y la posición respecto a la existencia, cada uno de ellos otorga numerables aspectos dignos de ser debatidos. Uno de estos modos es el aborto, directo o provocado, siendo conscientes que los puede haber indirectos  o espontáneos.

El problema del aborto a adquirido fuerza, da de qué hablar puesto que existe interés de la misma sociedad respecto a él, sea a favor o en contra. La ciencia, los derechos humanos, la constitución, la Iglesia, han presentado su postura ante dicho problema, quedando aún un sendero profundo e incierto por recorrer. Resulta ingenuo creer o pretender que en escasos párrafos aparecerá el veredicto final respecto a la aprobación o no del aborto, sin embargo, es un problema de tal magnitud ante el cual se debe mostrar gran responsabilidad y minuciosa vigilancia.

El que aborta de manera intencional, movido por intereses egoístas, atenta contra la vida, no sólo contra la del ser humano al cual le es arrebatada, sino contra la vida en su sentido universal, contra la existencia misma. No se trata de seguir un criterio eclesial, social o personal (para aquellos a los que les causa conflicto), es más bien reconocer el orden que la naturaleza posee, incluyendo la del ser humano. El mayor bien para un ser es precisamente existir, y su mayor mal es la no-existencia. Por lo tanto, la existencia es el primer y fundamental valor. Los que se ocupan en imponer ciertos valores por encima de la existencia se contradicen, pues ¿de qué manera los defienden? Sólo en cuanto existen pueden hacerlo; existo, luego actúo. ¿Atentan contra el valor que les da la oportunidad de defender sus ideales? ¿Quieren eliminar la fuente de la cual surgen los valores que defienden? ¿Cómo el hombre poseerá libertad o dignidad si él mismo se aferra en colocar obstáculos a su existencia? Vaya contradicción.

Ni la “victoria” ni la “derrota” están implicadas en la legalización o no del aborto, se trata más bien de un cambio de mentalidad, de una nueva postura ante la vida, de rescatar y luchar realmente por los valores fundamentales, siendo el primero de ellos el de la existencia, sin “disfrazarlos” con la intención de ocultar beneficios particulares o por seguir tal o cual tendencia a la cual se tiene afinidad. Con mentalidad abierta, mas no por ello permisiva, con pensamiento arraigado, mas no por ello cerrado. Sin dar espectáculos, pues el apasionamiento desmedido por defender la postura asimilada impide el diálogo y cierra las puertas al progreso. Que la pasión, mejor aún, gire en torno a la Verdad y al bien común.

Alan Barrio.

Filosofía III

 

Fuentes de apoyo:

-       Amor y Responsabilidad. Karol Wojtyla

-       Cruzando el umbral de la esperanza. Juan Pablo II

-       Introducción a la Ética. Raúl Gutiérrez Sáenz

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Filósofo por Vocación

“Mi vocación es inquietar a los demás, quiero que los demás se angustien y se desesperen como yo. Me duele que los hombres vayan por la vida tan confiados” (Miguel de Unamuno). Con estas palabras, un tanto trágicas, Unamuno lanza una invitación demasiado evidente: es una invitación a pensar y a comprometerse con la propia existencia. A simple vista podrían parecer absurdas estas invitaciones, sobre todo la de “pensar”; sin embargo, por absurdo que parezca, el hombre contemporáneo ha renunciado a reflexionar, se ha acostumbrado a lo inmediato; y cuando llega a reflexionar lo hace con el fin de llegar a un resultado que le facilite aún más la existencia, entrando en un estado de comodidad que con dificultad abandonará. Si no hay reflexión entonces no habrá preguntas, pues se estaría “satisfecho” con lo que está en el entorno y con lo que se es. Por consecuencia surge el estancamiento.  

Se tiene la creencia que reflexionar es opcional, cuando en realidad es algo natural y propio del ser humano. El mismo Aristóteles lo afirma en el Libro I de La Metafísica, cuando dice que “todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber”. Por lo tanto, abandonar la reflexión, es negar la naturaleza que se posee. El hombre, como se ha dicho, busca conocer todo cuanto le sea posible, y eso le produce satisfacción; sin embargo, el conocimiento implica responsabilidad y, aunque resulte agradable, en ocasiones es confrontador.

Comprometerse en la búsqueda de la verdad, aunque sea una tendencia en principio natural, resulta muchas veces angustiante ¿Por qué? Porque sitúa a la persona en la realidad, en las posibilidades reales de trascender, en la experiencia de lo limitado. Todo esto, en primera instancia frustra al hombre, pues éste quiere ser totalmente libre; es a largo plazo cuando por sí sólo, descubre aquello que afirmó Aristóteles acerca del placer en el conocer. Sólo en la verdad y asimilando la realidad en sí misma es donde el ser humano tiene posibilidades de crecer y de desarrollar sus potencialidades.

Haciendo referencia a la fe cristiana, el mismo Jesucristo, en su plan salvífico, se dedicó a cuestionar, invitaba con sus preguntas y enseñanzas a la reflexión. Los pasajes de los Evangelios están llenos de cuestionamientos, ¿a quiénes cuestionaba? A aquellos que se habían olvidado de reflexionar y se situaron en una vida cómoda, adaptándola a los propios fines e intereses. No se trata de cuestionar por el simple hecho de hacerlo, sino como Jesús, teniendo como prioridad la salvación de la persona. El que cuestiona con argumentos válidos incomoda, pues invita a la renuncia de las seguridades creadas. No sólo cuestiona, sino que también confronta, pues vive en la verdad y en la coherencia, y su testimonio resulta ser un espejo en el cual se dejan ver las “deformaciones” del propio ser.

¡Hacen falta hombres que reflexionen, que cuestionen, que confronten; hacen falta filósofos!

 

Alan Barrio

Filosofia III

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Historias para reflexionar... La Novia casi perfecta.

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Historias para reflexionar... La Novia casi perfecta.

Desde niño siempre fui un poco introvertido, pero mis amigos me consideran sociable y amiguero; provengo de una familia católica 100%, unida, fui educado en base a los valores morales y éticos, de hecho hasta muy conservador es el núcleo familiar donde crecí, mis padres siempre me dieron ejemplo de un matrimonio estable y sólido (claro con sus problemas como todo matrimonio), pero a fin de cuentas basado en el amor, en el respeto y sobre todo en Dios; se me inculcó la ilusión el formar a futuro una familia cimentada en tales principios.

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DIOS Y EL FÚTBOL: LA COPA DEL MUNDO

¡Lo que el Señor nos promete es mejor que la Copa de mundo! Así fueron las palabras del Papa Francisco, en la JMJ Rio de Janeiro 2013, dirigidas a más de tres millones de jóvenes provenientes de todo el mundo.
Un sueño posible. El futbolista profesional se prepara toda su vida para una sola meta: alcanzar a levantar la Copa del Mundo, de tal manera que hará de ésta su motivo para salir temprano a correr, llevar una dieta balanceada, intensificar su entrenamiento y llevar una disciplina en sus horarios. En fin, vivirá una serie de sacrificios fuertes y luchas constantes, todo por la Copa.

Jesús  al hablar del Reino mencionaba una característica principal: ¡Sólo los esforzados alcanzarán el Reino! Esto suena parecido a la disciplina del futbol ¿no? Pues, precisamente, el discípulo de Jesús se prepara toda su vida para una sola meta: alcanzar el Reino de Dios, de tal manera que hará de  éste su motivo para levantarse a agradecer a Dios por la vida, alimentarse de la Palabra y sacramento, intensificar su relación con Él y llevar una vida de escucha a la voluntad de Dios. En fin, vivirá una serie de sacrificios fuertes y luchas constantes, todo por el Reino.
Cada entrenamiento, cada hora de dedicación, cada esfuerzo tiene un gran valor porque te permite acercarse a alcanzar el objetivo. A esta manera de vivir y actuar, los cristianos  le llamamos  “santidad”, pues a través de  ésta, alcanzamos el Reino.
Mientras más practiquemos la santidad, estaremos más cerca de la Copa, o en este caso de la Corona de la Gloria. Aquel que se atreva a vivir la santidad, tenga la seguridad de que en un futuro estará disfrutando, celebrando en el Reino de Dios.

Mane nobiscum Domine.
Oscar Loya Terrazas
ilosofía III

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NECESIDAD DE UNA NUEVA REVOLUCIÓN EN LOS JÓVENES

Los vitrales son medios por los cales la luz penetra a los templos. El Señor por su parte ha dicho: ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo (Cf. Mt. 5, 13, 14)”. Los jóvenes son vitrales por los cuales entra la luz al mundo con diferentes colores; con la riqueza  de vida, virtudes  y cualidades  que cada quien tiene; cada quien  es un evangelio actualizado al lenguaje del ambiente en el cual cada quien se desempeña: es  un evangelio actualizado al lenguaje que cada quien habla. 

La revolución consiste en ser nosotros mismos desde el Evangelio, con el Evangelio, y desde el Evangelio; así seremos un cartel, un spot, un video, una publicidad del Evangelio; más aún, seremos un Evangelio viviente, encarnado. Los patriarcas, los jueces, los profetas, los reyes de Israel, Nuestro Señor Jesucristo, los Apósteles, los santos fueron revolucionarios e innovadores de su tiempo. Pero una revolución en el amor porque si la revolución no viene del amor no transforma de raíz al mundo ni al hombre, sino que los destruye.

Hoy hacen falta artistas del amor, que inspirados en Dios, dejen surgir la creatividad; sin creatividad no puede haber  revolución, un artista es aquel  modelador de la materia que Dios le ha dado y poniendo las herramientas de su voluntad  transforma la realidad. El artista es aquel que contempla a los dioses con la cabeza descubierta, habla con ellos y les trasmite el mensaje a los hombres, es un poeta (Cf. Hidegguer, Arte y Poesía).

Hace falta, sin duda, una revolución  artística-creativa donde los jóvenes sean modeladores de los materiales bajo las herramientas de sí mismos y la realidad, pues los creativos revolucionan el mundo, los conservadores cuidan de él, pero se puede caer en el riesgo de ser llamado siervo infiel al no explotar la propia creatividad  (Mt. 25, 26). Se trata de revolucionarios que hablen con el corazón más que con palabras, que arriesgan en tinta de sangre y de tiempo para rejuvenecen la Iglesia con su capacidad creativa. 

En síntesis, esto significa creatividad: las cosas no vuelven a suceder de dos maneras diferentes, pues cada creyente las hace únicas e irrepetibles. Por eso Dios siempre se manifiesta como renovador, siempre nuevo.  A cada persona la ha hecho única e irrepetible, y el ama de una manera única e irrepetible, sin embargo su amor es el mismo. Es así que, cuando volvemos al primer amor Dios no enamora como siempre, pero si como nunca (Ap. 2, 5). 

Esta debe ser la expresión de cristiano artista, la cara intermitente después de bajar de la oración, el susurro de una brisa suave, el poema al corazón orquestado en el desierto pues Dios siempre vuelve nuevas todas las cosas. Dios hace revolución. 

Dicen que de continuo una joven madre llevaba a su hijo a la catedral gótica de la ciudad, mientras el niño contemplaba los vitrales le preguntaba a su mamá que sí que eran esas luces: la madre le decía que eran los santos. En una ocasión les pregunto la maestra de catecismo que si alguien sabía que eran los santos. El niño respondió: son aquellos que permiten que la luz de Dios penetre a través de ellos y la luz de Dios la convierten en diferentes colores los cuales alumbran en medio de la oscuridad del mundo. Los santos hacen revolución en medio de la oscuridad del mundo con la luz del amor de Dios. 

 Luis Ramon Mendoza Lopez
IV Teología 

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