Todo listo, el Seminario está preparado, todos en los camiones saliendo por la carretera Chihuahua-Cuauhtémoc, ha llegado el tiempo de descanso. Apenas se  empieza a alejar el camión  de la ciudad y se puede  descubrir que se queda atrás todo el ruido producido por el movimiento y el activismo citadino; el camino nos dirige hacia Patayo, es el viaje anual de fin de cursos de los seminaristas y los padres formadores. Las extensas praderas doradas expresan la presencia del poderoso sol de verano en el estado grande, luego la tierra comienza a cambiar: de tener una piel trigueña se convierte en una piel con un color que da vida, los campos verdes de los cultivos menonitas nos reciben con frescura y alegría,  se acerca la llegada a nuestra casa de descanso.

Patayo es el lugar de descanso del Seminario Arquidiocesano de Chihuahua, es una hacienda situada en el municipio de Bachiniva, aproximadamente a 200 kms de distancia de la capital. Fue donada hace más de medio siglo, con la intención de que el Seminario tuviera un espacio dónde poder disfrutar de un tiempo libre, que permitiera la oración y el descanso de los futuros pastores. Fue construida por los mismos seminaristas, quienes trabajaban durante todo el verano, desde haciendo hoyos y cortando madera, hasta juntando piedras. Si, Patayo se construyó entre sudoresy oraciones, entre el perfume de la tierra cuando es mojada por el agua para producir el soquete de los próximos adobes hasta el perfume del incienso cuando se hacía una misa solemne en lo que sería la capilla.

Esta casa guarda bastantes historias, tanto de sacerdotes como de seminaristas, de grupos parroquiales de jóvenes, matrimonios y niños que han tenido una experiencia de Dios en dicho lugar. Hoy el Seminario tiene sus vacaciones de 4 días en su casa de descanso, y Patayo cobra vida. La casa recibe a sus hijos y los acoge con silencio y paz. La Hacienda ha visto pasar a tantas personas, ha sido testigo de tantas vocaciones, ha permitido un espacio para el maravilloso encuentro de Dios con el hombre que, por esta razón, Patayo los recibe con amor, pues guarda dentro de sí aquellos recuerdos de jóvenes que en un retiro decidieron entregarle su vida a Dios a través del sacerdocio.

Es el lugar de las alianzas, de los pactos. Ahí se resolvió la duda de muchos y las respuestas de otros más. Ahí  Dios llamó y el hombre respondió; y ahora muchos son sacerdotes para siempre.

Apenas llegan los seminaristas y Patayo se llena de vida, su cielo estrellado brilla mas, sus amaneceres y sus atardeceres nunca fueron tan preciosos, su silencio nunca fue tan pacífico, sus árboles dan la mejor sombra del año, sus senderos y sus montañas llevan al encuentro con Dios, tal como lo hacen las montañas de la Sagrada Escritura.

Estar en Patayo me recuerda mi primer amor, mi carta de amor a Dios cuando le dije que sí, cuando estreché mi corazóny lo puse al costado del corazón de Jesús, cuando me sentí llamado y, con todo el miedo del mundo, le grité al Señor toma mi vida, que te la quiero entregar; gracias Patayo porque me recuerdas que tengo una alianza con Dios que se forjó a través de ti.

Oscar Loya Terrazas, Teología

Mane nobiscum Domine.

 

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