En días pasados se efectuó la Jornada Mundial de Oración por la Vocaciones; además, en la Iglesia particular de Chihuahua, tuvo lugar el evento que lleva por nombre Contra Corriente, cuya finalidad se desenvuelve en la misma línea de dicha oración. Sin embargo, una oración, del tipo que sea, no puede limitarse a un evento o a una jornada. No. La oración encuentra su medida en la caridad, “dime cómo rezas y te diré cómo vives, dime cómo vives y te diré cómo rezas, porque mostrándome cómo rezas, aprenderé a descubrir el Dios que vives, y mostrándome cómo vives, aprenderé a creer en el Dios al que rezas; porque nuestra vida habla de la oración y la oración habla de nuestra vida”, afirma el Papa Francisco.

Ante este esfuerzo de oración, que como ya se ha dejado en claro, está en íntima relación con la vida, se puede escuchar el mismo reclamo que sacudió a Job cuando, en medio de su miseria, clamaba a Dios: “¿Todavía perseveras en tu fe? ¡Maldice a Dios y muérete!” (Job 2, 9). ¡Cuántas vocaciones están en peligro de muerte! ¡Cuántas congregaciones religiosas pareciera que no tiene otro destino más que desaparecer! Cuántos matrimonios, cuántos sacerdotes, cuántos jóvenes ya no perseveran en su fe. En efecto, cuando el mundo percibe la muerte como fracaso, el cristiano la considera una ganancia. Sin embargo, el fin del creyente no es la muerte, sino la vida. La busca, la defiende, la promueve.

Por esto, el mismo Jesús insiste en “estar despiertos y rezar” (cfr. Mt 26, 41). El que se encuentra “dormido” es vulnerable, se expone, no es dueño de sí. En cambio, quien se decide en permanecer “despierto” es el que vive. Las vocaciones ofrecen vida a la misma vida; le otorgan sentido. Así, la importancia de no cesar en la oración por quienes aportan dinamicidad al mundo. ¡Velen y oren!... siempre ¡velen y oren!

Alan Barrio, Teología I

Comment