“Quería decirles una palabra, y la palabra era alegría. Siempre, donde están los consagrados, siempre hay alegría”. S.S Francisco.

El pasado 7 de Octubre se llevó a cabo la “tradicional” visita por parte del Seminario a las Madres Adoratrices. Menciono tradicional entre comillas, ya que esta visita no es radicalmente anual. Si bien es cierto que el encuentro entre ambas instituciones, junto con todos sus miembros, procura llevarse a cabo una vez al año, es importante mencionar que en el transcurso de este hay presencia y contacto entre ambos; ya sea en forma presencial o espiritual.

Quisiera resaltar dos aspectos que, a consideración personal, invitan a la reflexión.

El primero se refiere a como el P. Martín Barraza, Rector del Seminario, en aquella ocasión, dentro de la homilía, hizo mención al lugar en el que se encuentra ubicada la casa de las Madres. No fue el punto central de su reflexión, sin embargo, hizo eco en mi persona, pues vinieron a mi mente las palabras de Jesús: “No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17, 15-16), así también, de la carta de San Pablo a los Filipenses cuando dice: “…serán hijos de Dios sin reproche en medio de una generación descarriada y pervertida. Ustedes son luz en medio de ellos…” (Fil 2, 15). La casa está ubicada en la zona centro de la ciudad; de ninguna manera se afirma que las personas que habitan en esa zona sean pervertidas o descarriadas tal y como lo menciona San pablo, sino que, en general nuestro estado vive situaciones un tanto incómodas, conocidas y mencionadas hasta el cansancio.

El hecho de que en el centro de nuestra ciudad exista un lugar, el cual de manera silenciosa, camine contra el ritmo y la dinámica social que arrastra con fuerza, es digno de resaltar. Aunque sumergidas en el “corazón”, pareciera que no pertenecen a él; un ambiente distinto en medio de otro que sin saber grita desesperado por encontrar una luz para así poder guiarse. En ningún momento ellas han “abandonado el mundo”, al contrario, más que nadie se han comprometido con él, al grado de entregar su vida y toda su persona para el bien de este. Han querido ser el pilar indispensable que muchos evaden, asumen el rol que se considera innecesario y que es valorado por una minoría, han aceptado y hecho vida la enseñanza de Jesús: “No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). La mejor manera de ofrecer la vida en favor de los demás es viviendo la propia vocación, con esfuerzo continuo y sinceridad. Ellas así han querido ofrecer su vida.

2. Resulta agradable conocer personas, tanto hombres como mujeres, que buscan el servicio y el bien común desde la vivencia de su fe. Debería ser, siempre y para todos, motivo de alegría encontrar seres humanos comprometidos con el mundo, consigo mismos y con la institución que representan. Siempre y cuando, repito, sea para fomentar el bien y la paz.

Gracias a estos encuentros, hemos sido testigos de las gracias que vienen de parte de Dios, pues sabemos que nuestro Seminario en su oración es infaltable, no sólo como institución, sino también a manera personal, tanto seminaristas como sacerdotes. Así también, un rasgo en particular que es casi imposible de ignorar es la escasez de vocaciones para su congregación. Es triste, aunque a la vez motivador, presenciar esta realidad. Encajan perfectamente las palabras dirigidas a Job por parte de su esposa: “¿Todavía perseveras en tu fe? ¡Maldice a Dios y muérete!” (Job 2, 9). Es una fuerte invitación a valorar las “facilidades” que tenemos en el caminar de nuestra formación. Invitación también a que de alguna manera busquemos “la dificultad” y evitemos el confort, pues es bien sabido que aquello que no cuesta termina abaratado o vendido. Que no sea así con la vocación que se nos ha otorgado; que desde hoy sepamos responder de manera responsable al llamado que se nos hace. Tomemos en cuenta de nuevo a San Pablo cuando nos exhorta: “…el que no quiera trabajar, que tampoco coma.” (2 Ts 3, 10); en otras palabras: el que no se responsabilice, trabaje y esfuerce en la consolidación de su persona para responder de la manera más congruente posible a lo que está llamado, no podrá disfrutar de la vivencia de su vocación. No se puede ser feliz en la evasión y en el ocultamiento.

Alan Barrio

Filosofía III

 

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