El encuentro anual de familias, llevado a cabo el día 9 de noviembre del presente año, fue un motivo para recordar las palabras de Jesús “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Mt 18, 20.


Dio inicio a las 9:00 am con una oración en la capilla del Seminario Sagrado Corazón de Jesús, dirigida por el liturgista Pbro. Juan Martín Morales. El evento terminó a las 3:00 pm compartiendo los sagrados alimentos, donde vivimos un momento agradable con personas que siguen de cerca la formación de un joven que responde al llamado.
Tuvimos la oportunidad de recibir un taller impartido por la “Fundación de la Reconciliación”, donde se abordó el tema del perdón y nos invitaron a tomar actitudes cristianas ante los conflictos de nuestra historia de vida. Siguiendo el ejemplo de Jesús, nuestro caminar hacía la salvación se da a través de decisiones determinantes que implican reconocernos limitados, pero capaces de darle un nuevo sentido de amor al encuentro con los demás. Es una bendición poder encontrar en el otro mi propio rostro, saber amar, valorar todo lo que Dios ha hecho en cada uno de nosotros: “Entonces se le acercó Pedro, y le dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí que yo haya de perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Jesús respondió: No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21).
 

El centro de este encuentro fue la celebración de la Eucaristía presidida por el Pbro. Luis Martín Barraza, rector del Seminario.

Cada año las familias de los seminaristas se reúnen en signo de comunión, con el compromiso de estar cerca de sus hijos que son la cosecha que el Señor les ha confiado. Hay que recordar que la familia es el primer Seminario y la primera promotora de vocaciones. Es Jesús quien siembra el llamado y la familia quien lo cultiva.

Agradecemos a todas las personas que permanecen cercanos a esta vocación e invitamos a las familias de nuestra diócesis a valorar este otro tipo de vida que sin dudarlo da plenitud.

Vivimos en una sociedad donde lo importante es aquello que se ve o que proporciona satisfacciones duraderas. El sacerdote y la vida religiosa se ven como signos extraordinarios de Dios. Creemos que nuestra familia no es apta para tener un miembro llamado a esta vocación. Esta decisión, libre, se ve como una condena a la infelicidad o al encierro. Gracias a Dios muchos son los jóvenes y adultos que mantienen viva esta opción, a los que les agradecemos su testimonio de vida.

¡Gracias por abrirnos camino! El sacerdote no se forma solo, es la Iglesia quien a través de su oración y apoyo incondicional, quienes permiten este don inmerecido que nos brinda Dios.

Helder Hernández Montoya

Filosofía II

 

Comment