En la noche del Domingo de Ramos al lunes Santo, del 2014, fue asesinado nuestro hermano Samuel Gustavo Gómez Veleta, seminarista de primero de filosofía. Él se encontraba en la comunidad de san Ignacio, de la parroquia San Jerónimo de Aldama, Chih., celebrando la Semana Santa. Estaba hospedado en un salón comunitario. Cerca de la media noche fue sacado con violencia de su habitación, trasladado a otro lugar donde fue ejecutado y dejado ahí tirado. Al parecer el móvil de este crimen fue robarle su auto. Impactó con fuerza en mucha gente este acontecimiento, por un lado por tratarse de un ser humano con un proyecto de servicio a la comunidad, por el camino de la Palabra de Dios; y por otro lado por lo “absurdo”, lo irracional del hecho: un secuestro-ejecución con todo lujo de violencia, simplemente para apoderarse de un carro. Pareciera algo diabólico. Esto consternó sobre todo a la comunidad de creyentes, pero también a muchos que son sensibles al valor de la vida y luchan por una convivencia pacífica y justa.

Creo que frente a la muerte violenta lo primero que debemos decir es: ¡No mataras!. Se debe hacer resonar el reclamo de Dios ante la muerte de Abel: “Caín, ¿dónde está tu hermano?... La sangre de tu hermano, que has derramado en la tierra, me pide a gritos que yo haga justicia”(Gen. 4, 9-10). Y esto no sólo pensando en los autores materiales de este crimen, sino dicho esto para todos los que algún modo colaboramos con la cultura de la muerte. Hemos construido “madrigueras oscuras” hechas de egoísmo, de pecado, de corrupción, de miseria, en las cuales se agazapan los que maquinan el daño y la muerte de sus hermanos. Porque nos hemos encerrado en nuestra comodidad y no hemos tomado la iniciativa para proponer la vida, el amor, o porque hemos permitido que algunos hermanos se queden marginados de la convivencia social, de las bondades de  la cultura, de la economía, de la justicia, y sobre todo, de la Buena Noticia del amor de Dios.  Esto, sin querer quitar responsabilidad a los autores inmediatos. Me parece que se le hace, también, justicia  a Samuel ubicando su muerte en el contexto de la cultura de  muerte en que vivimos. Si nos fijamos en las circunstancias concretas de su muerte, son banales, torpes. Pero si las contemplamos en el contexto de violencia que se vive, la muerte de cualquiera es posible. La muerte que termina en estas atrocidades se comienza en los criterios de poder que se van apoderando de este mundo: poseer, dominar, usar, son las máximas que cada vez más gobiernan el corazón del hombre. Esto nos hace recordar las palabras de Jesús a las mujeres de Jerusalén: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos… Porque si con el leño verde hacen esto, ¿qué no harán con el seco?”(Lc. 23, 28-31). Traducidas a nuestro tiempo, estas palabras, pudieran significar: Preocúpense por el sistemaambiciosos que se apodera del corazón humano, porque se traducirá en muerte para muchos. 

Por otro lado, en el contexto de la Semana Santa, la muerte de Samy, nos hizo vivir en “carne viva” el Misterio Pascual que celebramos. Lo primero que significa dicho Misterio es: “…tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”(Jn. 3, 16). Nos puso a pensar muy en serio esto, tocó muy fuerte nuestro corazón, porque de alguna manera nos recordó la muerte de Jesús: un inocente que es sacrificado por el capricho humano. La muerte encuentra a Samuel sirviendo comprometidamente al Señor, podemos decir que entregó su vida por Cristo. Al mismo tiempo que Dios nos tocó el corazón con la imagen de su Hijo muy amado Jesucristo para que aprendamos de él, nos confesó como en un grito su amor, pero de una manera que nos estremeció.

Más en el fondo de este acontecimiento, se escucha el clamor de la liturgia del Viernes Santo: Pueblo mío, ¿qué mal te he causado, o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme. Frente a la muerte de Samuel, como a la de cualquiera que es asesinado, se revive el drama de la muerte de Jesús. Cada muerte de estas nos recuerda que el expediente de Cristo sigue abierto, que no hemos resuelto su caso, no le hemos dado la importancia que merece, no le hemos creído. Tan perversa es la acción de los que mataron a Jesús, como la de los que no lo resucitamos haciendo valer su proyecto de vida. Aquellos lo mataron y nosotros le construimos su sepulcro y le adornamos su tumba, dando testimonio con esto de que estamos de acuerdo con ellos (Mt. 23, 29-32).

 

 

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