Mc 9, 2-10

Estamos viviendo el tiempo de cuaresma donde somos invitados constantemente por la palabra de Dios a la conversión, y esta no trata de otra cosa sino del problema fundamental: llegar a ser verdaderos creyentes, discípulos misioneros de Jesús. La conversión no consiste simplemente en incorporar unas cuantas obras buenas por un tiempo, o en aguantarnos de algunos vicios temporales y ya cumplimos, no dejemos de hacer esto pero busquemos lo fundamental. La conversión profunda significa volvernos verdaderos creyentes, pasar de la fe aparente a la verdadera fe. Este es un camino que nunca termina, no se puede reducir a la cuaresma. En el texto que meditamos está en juego el problema de la fe. En la Transfiguración, Jesús quiere regalar una verdadera experiencia de fe a sus discípulos. Abajo del monte han “reprobado una examen sobre Jesús”. Recordemos cómo un poco antes del episodio que meditamos, Jesús ha preguntado ¿qué significa su persona para la genta y para ellos?, ¿qué experiencia están haciendo de él? ¿cuál es la fe que suscita en ellos? Era ya tiempo suficiente para que lo hubieran reconocido como Mesías. Para entonces Jesús ha hecho muchos milagros, les ha predicado con gran sabiduría.

Hay expectación sobre la autoridad y las palabras de Jesús; todos parecían aceptarlo como el Hijo de Dios, era cuestión de ayudarlos a confesar su fe. Es entonces cuando Jesús lanza aquellas preguntas: ¿quién dice la gente que soy yo?, ¿quién dicen ustedes que soy yo? El restos de la gente parece demasiado perdida, unos dicen que es Juan el Bautista, otros que Elías o alguno de los profetas, verdaderamente son dignos de lástima. Seguramente los discípulos sí saben, porque han convivido más tiempo y más de cerca con Jesús. Pero su fe también es aparente, porque tienen su idea caprichosa sobre él. Él les dice que debe amar a todos a costa de sí mismo.
Que va a subir a Jerusalén y por dar testimonio del amor a Dios lo van a matar. Aceptar a Jesús que ama entregando su vida, ha resultado siempre el escándalo de la fe. La fe de la fiesta, la fe folklórica, de las costumbres sociales es más fácil de aceptar. La fe del amor oblativo, desinteresado ha sido siempre problemática. Es lo que ha anunciado Jesús allá abajo, que el amor que él nos tiene reclama el sacrificio. Es como en nuestro tiempo, el “amor egoísta” se pregona por todas partes, el amor desinteresado, a cambio de nada no es tan practicado. Que nos diga que nos ama nos suena bien, nos gusta, pero que se ponga como condición de su amor la entrega no parece tan popular. Que el amor implique entrega, renuncia a sí mismo no nos parece. Ser amados incondicionalmente nos llena de alegría, pero no aceptamos el precio de dicho amor: dar la vida. Lo que sucede es que Jesús  funda un amor, que se convierte en medida de todo amor verdadero: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía y por aceptar el evangelio, la salvará ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? O también, ¿Cuánto podrá pagar el hombre por su vida?(Mt 8, 34-37). Estamos en el corazón mismo de la enseñanza de Jesús, pero también en la parte más incomprendida de su misión. Precisamente en estas palabras y en el anuncio de su pasión se había quedado atorada la fe de los discípulos. Por este motivo se dio un altercado entre Jesús y ellos; Jesús les levantó la voz y les llamó Satanás. Explícitamente el evangelio dice que a Pedro, pero vale para todos: “¡Apártate de mí, Satanás! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres”(Mc 8, 33). Uno podría pensar que le está gritando a gente muy mundana, que se tiene merecido el regaño, pero da la casualidad de que se los dice a sus discípulos. Las cosas se pusieron tensas, los discípulos se sentían entre molestos y avergonzados, ellos estaba seguros de saber lo que es ser Mesías, y que el camino que le proponían a Jesús para cumplir su misión era el correcto, no se daban cuenta de que estaban siendo aliados del maligno. En cambio, Jesús, había comprendido desde las Escrituras que la salvación del mundo pasa por la obediencia ciega a la voluntad de Dios y que eso el mundo no se lo perdonaría. No fue Dios el que lo puso en la cruz, sino el espíritu de este mundo, que es totalmente contrario a los designios del Padre. Cuando están a punto de desertar los discípulos, Jesús los invita a esta experiencia de fe. Toma consigo a los que han representado la rebelión del grupo: Pedro, Santiago y Juan para que sean testigos de su identidad profunda a la luz de la palabra de Dios. No se podrá nunca superar el escándalo de la pobreza y la muerte de Jesús, sino adentrándonos en su palabra y escuchando el testimonio del cielo. Esto nos recuerda a la Eucaristía como el principal lugar de revelación de Jesucristo, ahí está el testimonio de la Ley, los Profetas, los Apóstoles y, sobretodo, del mismo Espíritu, que hace que Jesucristo se presente en la persona del ministro a través de las especies del pan y del vino. En la Eucaristía es donde resuenan las palabras: “¡Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo!” La insistencia en escucharlo es una denuncia a la mala escucha que han tenido los que se han acercado a él. Sólo la verdadera escucha puede sanarnos del escándalo que causan las enseñanzas de Jesús, por ejemplo aquella que dice: “Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal supremo; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie será llevado al fuego del lugar de castigo”(Mt 5, 20-26) O aquella otra donde dice: “… el que los creó en el principio, hombre y mujer los creó. Y dijo: Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su esposa, y los dos serán como una sola persona…”(Mt 19, 4-5). El conocimiento profundo de la persona de Jesús necesita el testimonio de lo alto y la escucha atenta de la palabra de Dios. La Transfiguración es un anticipo de la resurrección, esta consiste en la confirmación del amor de Dios Padre, por medio de su Espíritu, a través de Jesucristo, en el corazón del hombre. En el texto que meditamos resuena el tema de la “resurrección de entre los muertos”: “Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían vista, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de entre los muertos”. La oración y la escucha de la palabra engendran en nosotros la esperanza en la resurrección. A la luz de la intimidad con Dios los discípulos pueden contemplar el resplandor de la divinidad de Jesús. Aquello que se les había ocultado en el anuncio de la cruz, allá abajo, ahora se ve luminoso. Se trata del mismo Jesús, el que anunció su pasión unos días antes y el de la cima del monte Tabor que es contemplado con una fe animada por el testimonio de Dios en el corazón del creyente. Jesús se muestra en comunión con la tradición del Antiguo Testamento, representada por Moisés y Elías. Ellos contenían el proyecto del hijo amado de Dios que Yahvé quiso realizar con el pueblo de Israel, pero que siempre encontró resistencias. La conversación de Jesús con estos personajes significa la aceptación total de la voluntad de Dios, es un anticipo de la oración en el huerto: “Si es posible aparta de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la ruya”. Allá los discípulos serán vencidos por el sueño, pero ahora están llenos de gozo porque la luz pascual los ilumina. Hasta se atreven pedir permanecer más tiempo. El Cristo crucificado y el resucitado son el mismo, no podemos separarlos. El camino a la plenitud de la vida pasa por la obediencia total a la voluntad de Dios. Pero también, es la luz de la resurrección la que nos puede llevar a transfigurar este mundo lleno de muertos, hambrientos, oprimidos, en un mundo de hermanos, de justicia y santidad. Subamos con Jesús al monte de la oración, de la eucaristía, del silencio, para poder superar el escándalo de las cruces de nuestra vida.    

Comment