Jn 2, 13-25

Jesucristo es el nuevo templo, el verdadero lugar del encuentro con Dios, es el mensaje que nos quiere dar Juan en este texto. Todo el significado que le daban los judíos al templo, se realiza plenamente en Jesucristo. El templo era el lugar de la presencia de Dios desde el cual bendecía y salvaba a su pueblo. Había la expectativa de que Yahvé enviaría un mensajero suyo a purificar su templo para venir a habitar en él: “Voy a enviar a mi mensajero a allanar el camino delante de mí, y en seguida vendrá a su templo el Señor a quien ustedes buscan…¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién se tendrá en pie cuando aparezca? Porque será como fuego de fundidor y lejía de lavandero”(Ml 3, 1-2). Seguramente debieron resonar estas palabras en la memoria de quienes contemplaron a Jesús lleno de santa ira por la “casa de su Padre”. Para muchos Jesús exageraba porque aquel templo, supuestamente, era el lugar donde Dios ya habitaba, y por eso le pedían cuentas de su autoridad. Con aquel gesto Jesús les deja caer la denuncia del profeta. Las cosas no estaban tan bien como parecía, el templo necesitaba ser purificado porque lo habían convertido en un mercado, esto significaba que Dios no habitaba en él.

Pero sobre todo Juan nos indica que Jesús es el mensajero legítimos de Dios, más aún es el mismo Dios, porque se presenta como el Hijo del dueño de la casa: “…y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”, la defensa que hace del lugar santo es con el celo de una amor filial: “El celo de tu casa me devora”(Sal 69, 9). El día del Señor ha llegado, se ha hecho presente en Jesús. Ciertamente el culto que se ofrecía en el templo era una farsa, pero aunque no lo fuera Jesús es el verdadero templo de Dios, en adelante él será  el lugar de la presencia de Dios. En última instancia Jesús no defiende el templo de Jerusalén, sino la adoración en espíritu y en verdad, como le dijo a la samaritana: “Créeme, mujer que llega la hora en que ustedes adorarán al Padre sin tener que venir a este monte ni ir a Jerusalén” (Jn 4, 21-23). Las palabras ambiguas de Jesús con las que invita a destruir el templo para reconstruirlo en tres días, fuerza la explicación de que se refería al templo de su cuerpo. La purificación se convierte, así, en una revelación de Dios en Jesucristo.  No se trata sólo de darle una “limpiadita” a lo viejo, el culto antiguo centrado en tradiciones humanas, que permitía que el corazón del hombre fuera un mercado ya no tiene remedio está podrido en sus raíces, es necesario creer en Jesucristo, será la insistencia de Juan en todo su evangelio. Esta es la propuesta de la palabra de Dios en este domingo tercero de cuaresma y en esta época en que el negocio ha desbordado sus límites y va invadiendo los lugares santos: familia, amistad, justicia, religión, etc.: reconstruir desde el verdadero templo de Dios que es Jesucristo.

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